Francisco León: “No quería una obra ajena a mis libros de poemas”

Iván Cabrera Cartaya

Pleamar (Suplemento cultural de Canarias 7)

Las Palmas de Gran Canaria

-Ante la ocasión de esta entrevista, he vuelto a leer su bello libro y se me impone, para empezar, una pregunta que llevo años haciéndome y que, seguramente, usted también se ha hecho y a la que habremos sumado cientos de palabras en tantas otras ocasiones. Así que, de modo general y para dibujar un contexto, dígame: ¿qué es Grecia?, ¿qué significa Grecia?

-Responder a esto es casi imposible. La verdad es que cuando hice este primer viaje a Grecia y comencé a tratar sus gentes y lugares, se me impuso la brusca impresión de familiaridad, más aún, de consanguinidad. No sentí lo mismo cuando viajé a Turquía el año anterior, ni cuando viví durante un año en Francia, ni cuando visité en Bruselas o Luxemburgo. La experiencia turca fue impactante, pero no me sentí en pie sobre mis orígenes, vivo sobre la tierra de mi origen cultural, como sucedió en Grecia. Y mi vida en Francia no dio nada reseñable, de hecho no escribí prácticamente nada en la bretaña francesa.Todo lo contrario que en Grecia. Mi cabeza estaba a punto de estallar sumido como estaba en una perpetua alucinación. Por eso, hasta cierto punto, tengo miedo de volver: ¿Sucederá lo mismo o no? Fue en Hydra, la más lejana de las Sarónicas, donde comprendí que la patria del poeta no es su lengua, como se nos dice a menudo, sino Grecia y su cultura. Y además supe de golpe que la patria de Francisco León no es España, sino Grecia y su cultura, antigua y moderna. Llámeme exagerado o apátrida, pero estaría más dispuesto a intervenir en una lucha para defender mi soporte moral, ético e imaginario que intervenir en otra más próxima para defender mi soporte económico. Cuando se está en cualquier punto de la Grecia a la que me refiero, uno siente que allí vivieron sus antepasados, una especie de familia mental, y real, el origen de nuestra estirpe psico-cultural, permítame esta expresión, y sinceramente, no siento lo mismo cuando mis pies pisan muchos de los espacios culturales de la península, y no digamos ya del lamentable espacio cultural de las Canarias que me ha tocado vivir, provinciano más que nunca, e incapaz de crear colectivamente una imagen propia. La idea particular de Grecia que tengo me permite, en primer lugar, sobrevivir en cualquier situación gracias a que puedo hacer mía una forma de pensar que hoy no existe: esta Grecia escrita con letras minúsculas, como digo en la novela, personal e íntima me ha entregado unos ojos que ven allí donde los demás no logran ver nada. Son, creo, los ojos de un filopaganismo a lo Pessoa, es decir, laico. Estos ojos que he recibido son los ojos del poeta, los ojos que ven en lo invisible. Y cuando digo esto no me refiero a monsergas new age, ni filosofía deshidratada, ni esoterismos baratos. Me refiero a algo real y palpable. Estamos hablando en el fondo de cultura, y para mí la cultura no es erudición y lujo, sino una forma de vivir la realidad, una herramienta mental para alcanzar la realidad. Tal vez eso represente Grecia para mí.

-En las notas que añade usted al inicio del libro, dice de éste que puede verse como la continuación de su primer tomo de diarios, Ábaco, y que no pretendió con Carta para una señorita griega «escribir una novela, ni un relato de viajes». ¿Qué más puede decirme de esta suma de destinos, esta identidad plural que nos propone?

-La verdad es que nunca pretendí escribir este libro. Durante mi viaje a Grecia, sencillamente, fui escribiendo fragmentos, textos sueltos, y siempre de la única manera que sé: en forma de diarios o en forma de poemas o en forma de pequeños relatos. No albergaba ninguna pretensión novelística. Sólo a la vuelta de mi viaje se me ocurrió reunirlos. Después los agrupé en mi diario y más tarde, en una relectura entre amigos, descubrí que había en todos ellos un indicio de unidad. Trabajé sobre eso y traté de darle una forma narrativa más o menos coherente. Quiero pensar que Carta para una señorita griega es un libro al margen de todos los géneros porque participa de todos ellos, me acerco así, sin pretenderlo, a las ideas modernas sobre los géneros literarios de las que hablara George Steiner, por ejemplo. Pero si pudiera dar un ejemplo real, y salvando las diferencias, y con todos mis respetos, veo este libro como un Amour fou bretoniano. No hay una trama o argumento claros, ni lo necesitaba, por su puesto. El lector que me interesa descubrirá sin necesidad de tramas o narradores el argumento que mueve la energía de esta historia. Digo siempre que hay escritores que escriben argumentos para hacer novelas y otros cuyo único argumento novelístico es la escritura. Pertenezco para bien o para mal al grupo de los que traman una escritura y al de los que escriben una trama. Al final, y es lo más importante para mí, de lo que estaba seguro, es de que deseaba escribir un libro que no fuera un objeto ajeno a mis libros de poemas. Muy al contrario, deseaba un libro que contribuyera a la formación de mi mundo poético.

-Una cita de La Odisea de Homero abre el libro y su protagonista es un viajero que está buscándose, que necesita saber quiénes y, para ello, se mira en los otros, en una mujer griega que es metáfora de su propio país. ¿Se sintió usted como ese extranjero al que, como escribió Edmond Jabés, los otros, los extranjeros le permiten ser quienes, le dan identidad?

-La cita inicial se corresponde con la estancia desesperada de Odisea en una de las tantas islas en las que se ve obligado a permanecer mientras llora por su Ítaca. Para mí, Ítaca posee el valor simbólico de lo originario, aquello que guarda es el secreto de lo que somos o lo que anhelamos ser. Por eso decidí abrir mi libro con esa cita. Por otra parte, la vida en el extranjero, si no se hace como un mero turista despistado, permite al viajero hallarse a sí mismo. Pero esto sólo es una cura individual, no sirve para grupos, sino para solitarios.El protagonista de este relato mío, que en muchos aspectos soy yo mismo, inicia su viaje en solitario porque de manera inconsciente sabe que el viaje lo sanará de una especie de, usemos un término suficientemente vago, neurosis que le impide vivir tal como desea. Pero el viajero es uno cualquiera. El viaje a la curación coincide con el viaje a sus orígenes. Se trata de viajar al centro de su imaginario, al origen de sus mitos. En cierta forma es más un viaje imaginario que un viaje real. La humanidad moderna está enferma de esta misma enfermedad, una especie de neurosis posmoderna por la cual ha perdido toda referencia y no sabe quién es. Creo que la humanidad ya no sabe bien qué significa ser un ser humano. Quizás debería viajar a los mitos; no sé.

-El deseo, el erotismo, el asedio y una mujer que es, a su vez, una tierra prometida para usted parecen encarnarse en Rena Kariotakis desde el primer capítulo. ¿Es así?, ¿qué más me puede decir?

-Deseo, erotismo… son las vías humanas para transformarse en lo amado. El amor conyugal no tiene sentido para mí si no se contempla como camino de perfeccionamiento.Y esto tiene que ver con mi libro. Lo cierto es que este viaje también se produce porque, desde hacía algún tiempo, deseaba visitar a una amiga griega. En mi cabeza, por desgracia para esta amiga, su persona física y personalidad van poco a poco transformándose en su propio país, en su cultura y sus gentes. Hasta tal punto que la «señorita griega» casi llega a desaparecer de la escritura en beneficio de una Grecia totalmente personal, soñable, deseable, en beneficio de un mito. Una tierra en la que el protagonista parece entrar en estado de gracia. En estado de Grecia. La novela está cargada de erotismo, sí, pero en el sentido del que hablé antes, un erotismo que me servía para transformarme en una especie de griego.

-Algunos nombres salen al paso en la narración y son alimento estético y consuelo espiritual en el extravío de un narrador alucinado, delirante y enfermo de acidia, de bilis negra. Le pregunto por las voces curativas, balsámicas de esos muertos inmortales que se llaman Odisseas Elytis, Valle-Inclán o José Ángel Valente.

-Existe una raza de lectores de poesía para los que el verbo leer no significa lo que para el común de los lectores. Para ellos leer en realidad significa alimentarse. Una cosa es deglutir libros y otra bien distinta es alimentarse de ellos. Es decir: no poder vivir sin ellos. Para estos lectores sus vidas serían un mero tránsito a través de la materia del mundo, un trámite, sin este proceso de alimentación espiritual. Para esta raza, leer es, usted lo ha dicho, alucinar, delirar, elevarse sobre la contingencia diaria de este tránsito hacia la nada en que estamos embarcados y soñar abiertamente nuestra propia vida. Cuidado, no digo evadirse. Me entristece mucho comprobar que un lector lee porque necesita, así dice, evadirse de la realidad. Ya he escrito sobre esto en un ensayo que se titula Actualidad de la poesía. En lo que a mí respecta, el sueño del lector en el momento de la lectura es una acción absolutamente espiritual. Traté de hablar de esto en el primer poema de Dos mundos. Soñar nuestra vida es poblarla de razones poderosas para vivirla más allá de las apariencias. Por lo tanto, ¿qué decirle de estos grandes escritores sin ser redundante? Elytis, Valente, Valle y tanto otros: No son escritores que se dedican a las Bellas Artes o que se puedan leer como una forma de evasión. No dan bonitas charlas ni usan bellas palabras para lecturas de salón. Se dedican a una acción absolutamente espiritual.

Aventuras de Pickwick. Charles Dickens

Redacción

Algún día en alguna parte

Web

http://algundiaenalgunaparte.wordpress.com/2009/05/20/aventuras-de-pickwick-charles-dickens/

En 1868, Galdós tradujo al español Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Artemisa acaba de publicar una nueva edición de la novela que recupera su prólogo.  The Posthumous Papers of the Pickwick Club (1836-1837), es un extraordinario y satírico cuadro de costumbres de la sociedad inglesa decimonónica. La novela está estructurada en torno a Mr. Samuel Pickwick, su protagonista, quien funda una sociedad antropológica con el objetivo de realizar investigaciones sobre el hombre en general y sobre el hombre inglés en particular. Cuando esta sociedad decide emprender sus estudios de campo, el propio Pickwick y tres miembros del club comienzan a recorrer los pueblos de los alrededores de Londres, protagonizando escenas diversas de alto contenido cómico y sociológico.

Boz, el otro Charles Dickens. Prólogo de Benito Pérez Galdós. ABCD.es. Número 903. 17.05.09

El más popular de los novelistas ingleses, el que con más belleza y exactitud ha pintado los hermosos cuadros de la vida inglesa, dando vida por el estilo y la narración a innumerables caracteres, es Carlos Dickens.

Imposible nos será trazar su biografía. Todas las noticias que sobre este escritor se han publicado han sido desmentidas por él. A nadie ha facilitado datos para narrar su historia, y cuando algún editor oficioso se los pide, contesta que los quiere para sí. […]

La muerte de un hermano. Lo único que se sabe es que nació en 1812; que tiene diecinueve mil duros de renta, producidos por las fincas que ha comprado con sus obras; que es casado y tiene doce hijos; que fue en sus mocedades pasante de abogado o escribano. La actividad investigadora de los fabricantes de biografías no ha podido averiguar otra cosa. […]

Varias son las versiones que corren acerca del seudónimo de Boz con que firmó sus primeras obras. También sobre este punto ha sido sobrio en declaraciones el famoso novelista. Algunos han dicho que Dickens tenía un hermano llamado Moisés, nombre muy común en Inglaterra y usado allí generalmente en abreviatura, es decir, Mos; que los pequeños camaradas que frecuentaban la casa de Dickens llamaban por corrupción Boz al niño Moisés; que éste murió antes de ser hombre, y que Carlos, vivamente impresionado por la muerte de su hermano, conservó para siempre aquel nombre en la memoria, adoptándolo después para firmar sus primeras obras. No sabemos lo que habrá de cierto en esto. […]

Pero si la vida de un escritor está en sus libros, si esa vida que existe y se manifiesta en las páginas de un libro es más importante y digna de ser conocida que los innumerables accidentes domésticos que en nada distinguen a un hombre de la vulgar multitud, las novelas de Dickens nos revelan las altas condiciones de su espíritu, la inalterable bondad de su carácter, la rectitud y pureza de sus sentimientos, su vida, en fin, esa individualidad biológica que nos interesa y atañe más que los detalles de la historia exterior de un hombre, más que todos los accidentes ocurridos en eso que se llama carrera social o literaria de una persona.

Lo primero que os llama la atención cuando leéis una novela de Dickens es su admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte. […]

strong>Amor a la humanidad. Difícil es dar una idea de la maravillosa aptitud de Carlos Dickens para comprender el corazón humano y retratar al vivo sus grandes borrascas, sus expansiones de ternura y amor. No analiza como Balzac, complaciéndose en descubrir todo lo que de innoble y siniestro puede existir en los sentimientos del hombre; es, por el contrario, observador benévolo, que procede en los trabajos de su investigación por amor a la humanidad, deseoso de la dicha del hombre y haciéndole ver sus virtudes y sus vicios para enaltecer aquéllas y corregir éstos.

Para esto se vale de dos medios igualmente eficaces: o conmueve al lector con la pintura patética de las pasiones, con la sentida exposición de lástimas y desventuras, o le hace reír cultamente, zahiriendo con lo ridículo y lo cómico, que brotan […] en inagotable raudal.

En David Copperfield, en Hard Times (Los malos tiempos), en Oliver Twist, en Nicolás Nickleby, en Pick-wick Club resplandecen las dotes de este eminente escritor que con Manzoni, Victor Hugo, Walter Scott y Balzac representa el mayor grado de perfección a que ha llegado la novela en nuestro siglo. […]

Desde la publicación del Pickwick comenzó su popularidad, grande y creciente desde entonces. Es una obra que respira juventud y vehemencia, no impericia ni falta de mundo. En ella apareció el gran escritor formado ya y dueño de su genio, dominador de su imaginación y de su estilo; al mismo tiempo, ¡qué riqueza de descripción, qué exuberancia de movimiento, de color! ¡Qué brillantes tonos en la pintura de los tipos! Su plan es el mismo de Gil Blas de Santillana y de casi todas las novelas españolas del siglo XVII, es decir, un personaje estable, protagonista de todos los incidentes de la obra, un actor que toma parte en una larga serie de escenas, que no se relacionan unas con otras más que por el héroe que en todas toma parte. Esta clase de planes son admirables cuando se quiere pintar una sociedad, una nacionalidad entera, en una época indeterminada.

El protagonista recorre toda la escala social interviniendo, siempre el mismo, en una serie de acciones subordinadas; la escena cambia a cada momento, cambiando también todos los actores secundarios o accidentales; y van éstos desapareciendo ante el principal, que continúa en todo lo largo de la narración siendo víctima o héroe, mero espectador unas veces, confidente otras. […]

Todas las escenas son animadísimas, de alto cómico, como dirían los franceses, llenas de colorido y vivacidad. Con la acción ordinaria se encuentran enlazadas de trecho en trecho algunas historietas patéticas del género de Edgard Poe, contadas por un personaje o leídas en un viejo manuscrito; pero estas historietas están enteramente segregadas de la narración principal, como el curioso impertinente en el Quijote. […]

Boz, el otro Charles Dickens

Redacción

Abc de las Artes y las Letras

Madrid

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=11951&num=903&sec=32

EN 1868, Galdós tradujo al español Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Dickens. Artemisa acaba de publicar una nueva edición de la novela que recupera su prólogo [Benito Pérez Galdós]:

El más popular de los novelistas ingleses, el que con más belleza y exactitud ha pintado los hermosos cuadros de la vida inglesa, dando vida por el estilo y la narración a innumerables caracteres, es Carlos Dickens.

Imposible nos será trazar su biografía. Todas las noticias que sobre este escritor se han publicado han sido desmentidas por él. A nadie ha facilitado datos para narrar su historia, y cuando algún editor oficioso se los pide, contesta que los quiere para sí. […]

La muerte de un hermano

Lo único que se sabe es que nació en 1812; que tiene diecinueve mil duros de renta, producidos por las fincas que ha comprado con sus obras: que es casado y tiene doce hijos; que fue en sus mocedades pasante de abogado o escribano. La actividad investigadora de los fabricantes de biografías no ha podido averiguar otra cosa. […]

Varias son las versiones que corren acerca del seudónimo de Boz con que firmó sus primeras obras. También sobre este punto ha sido sobrio en declaraciones el famoso novelista. Algunos han dicho que Dickens tenía un hermano llamado Moisés, nombre muy común en Inglaterra y usado allí generalmente en abreviatura, es decir, Mos: que los pequeños camaradas que frecuentaban la casa de Dickens llamaban por corrupción Boz al niño Moisés; que éste murió antes de ser hombre, y que Carlos, vivamente impresionado por la muerte de su hermano, conservó para siempre aquel nombre en la memoria, adoptándolo después para firmar sus primeras obras. No sabemos lo que habrá de cierto en esto. […]

Pero si la vida de un escritor está en sus libros, si esa vida que existe y se manifiesta en las páginas de un libro es más importante y digna de ser conocida que los innumerables accidentes domésticos que en nada distinguen a un hombre de la vulgar multitud, las novelas de Dickens nos revelan las altas condiciones de su espíritu, la inalterable bondad de su carácter, la rectitud y pureza de sus sentimientos, su vida, en fin, esa individualidad biológica que nos interesa y atañe más que los detalles de la historia exterior de un hombre, más que todos los accidentes ocurridos en eso que se llama carrera social o literaria de una persona.

Lo primero que os llama la atención cuando leéis una novela de Dickens es su admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte. […]

Amor a la humanidad

Difícil es dar una idea de la maravillosa aptitud de Carlos Dickens para comprender el corazón humano y retratar al vivo sus grandes borrascas, sus expansiones de ternura y amor. No analiza como Balzac, complaciéndose en descubrir todo lo que de innoble y siniestro puede existir en los sentimientos del hombre; es, por el contrario, observador benévolo, que procede en los trabajos de su investigación por amor a la humanidad, deseoso de la dicha del hombre y haciéndole ver sus virtudes y sus vicios para enaltecer aquéllas y corregir éstos.

Para esto se vale de dos medios igualmente eficaces: o conmueve al lector con la pintura patética de las pasiones, con la sentida exposición de lástimas y desventuras, o le hace reír cultamente, zahiriendo con lo ridículo y lo cómico, que brotan […] en inagotable raudal.

En David Copperfield, en Hard Times (Los malos tiempos), en Oliver Twist, en Nicolás Nickleby, en Pickwick Club resplandecen las dotes de este eminente escritor que con Manzoni, Victor Hugo, Walter Scott y Balzac representa el mayor grado de perfección a que ha llegado la novela en nuestro siglo. […]

Desde la publicación del Pickwick comenzó su popularidad, grande y creciente desde entonces. Es una obra que respira juventud y vehemencia, no impericia ni falta de mundo. En ella apareció el gran escritor formado ya y dueño de su genio, dominador de su imaginación y de su estilo: al mismo tiempo, !qué riqueza de descripción, qué exuberancia de movimiento, de color! iQué brillantes tonos en la pintura de los tipos! Su plan es el mismo de Gil Blas de Santillana y de casi todas las novelas españolas del siglo XVII, es decir, un personaje estable, protagonista de todos los incidentes de la obra, un actor que toma parte en una larga serie de escenas, que no se relacionan unas con otras más que por el héroe que en todas toma parte. Esta clase de planes son admirables cuando se quiere pintar una sociedad, una nacionalidad entera, en una época indeterminada.

El protagonista recorre toda la escala social interviniendo, siempre el mismo, en una serie de acciones subordinadas: la escena cambia a cada momento, cambiando también todos los actores secundarios o accidentales; y van éstos desapareciendo ante el principal, que continúa en todo lo largo de la narración siendo víctima o héroe, mero espectador unas veces, confidente otras. […]

Todas las escenas son animadísimas, de alto cómico, como dirían los franceses, llenas de colorido y vivacidad. Con la acción ordinaria se encuentran enlazadas de trecho en trecho algunas historietas patéticas del género de Edgard Poe, contadas por un personaje o leídas en un viejo manuscrito: pero estas historietas están enteramente segregadas de la narración principal, como el curioso impertinente en el Quijote. […]