La realidad y sus imponderables

Julio Baquero Cruz

Abc de las Artes y las Letras

Madrid

Reloj de viento es un libro y a la vez varios libros. Sus páginas contienen una meditación sobre el tiempo, el amor, el arte narrativo, la conciencia, la vida y la muerte. Y hay en él, además, dos historias: la que Guillermo Ventadour, octogenario y gravemente enfermo, le va contando a su sobrino Javier al acabar el siglo XX; y las dificultades del propio Javier, poeta y editor metido a novelista, para organizar el tesoro de palabras e imágenes que le deja su tío y para acabar de expresar su confuso ser, atrapado como está en la aporía literaria.

Hay relojes de sol, de arena y de agua, pero no de viento. El viento va y viene, es imprevisible. Así es el tiempo real que vivimos y nos vive. De ese tiempo nos habla Juan Malpartida, conjugando tres perspectivas: la del novelista, la del crítico y la del poeta. Tres maneras indisociablemente unidas bajo las cuales podemos ver los destellos de la escritura desnuda: la raíz del arte. A menudo la prosa se vuelve sinuosa, musical, deja de ser un fenómeno lingüístico, su significado importa menos, y se presenta como algo tan deliciosamente vago que nos preguntamos: ¿Quién habla o qué es lo que habla? ¿De qué habla? Entonces la poesía remonta el vuelo con toda naturalidad, sin dejar de ser prosa.

Dos voces

En la primera parte de la novela («Piedra de toque»), el dispositivo narrativo dialogal entre tío y sobrino es fuente de un dinamismo imparable, y nos engancha a la obra desde el principio. Son dos voces tan cercanas que a veces se confunden. El libro está vivo, muy vivo, y nos lanza hacia delante, pero al mismo tiempo nos invita a detenernos en cada párrafo, pues sentimos que podemos vivir y respirar en ellos, rumiando la profundidad de sus sugerencias, y saboreando su prosa una ilusión en la que todo, incluido el escritor, aparece como fantasma, como presencia de una ausencia. Pero las cosas, la realidad, no pueden ser constantes en la ecuación de la vida que el escritor formula. Si nos desprendemos de la ideología platónico-judeo-cristiana que llevamos como una segunda piel, nos daremos cuenta de que esas concisa, la sonoridad de sus frases. Guillermo Ventadour es un personaje entrañable. Su vida, traumatizada por la guerra del 36, se confunde con la del siglo XX español, y a pesar de ser bastante corriente, salvo en un hecho que no desvelaré, nos parece más rica y llena de experiencia que las vidas de ahora, las que tú y yo, plasmático lector, vivimos. De hecho la vida de Guillermo es sólida, comprensible, y se presta a una narración más o menos lineal, mientras que la de Javier se pierde en el marasmo de los días de Madrid, en su incapacidad para contar la vida sencilla de su tío y para contarse a sí mismo.

Metanovela

La segunda parte de la obra («La casa») rompe el pacto narrativo. Asistimos a una serie de dislocaciones espaciales, los personajes se evaporan, y entramos en un terreno en el que todo parece desvanecerse. Novela dentro de la novela, las últimas cien páginas cuestionan la posibilidad de existir de la obra que se estaba desplegando ante nosotros. Guillermo Ventadour sale de escena, y asistimos a un diálogo virtual entre Javier, que trabaja en una buhardilla, y otro escritor que trabaja en un sótano y tiene una existencia paralela e igualmente problemática desde el punto de vista de la ontología del relato.

Ese segundo escritor es también el autor de las tres primeras páginas de la novela. Desde entonces declara: el libro «no me pertenece por completo, no podría erigirme… en su abismado hacedor, pero he contribuido notablemente a su configuración». Y se despide del lector, pero deja la puerta entreabierta. Cuando reaparece, el escritor del sótano es capaz de acceder, no se sabe cómo, a la investigación que Javier lleva a cabo sobre su tío y a las conversaciones que tiene con sus amigos, pero no puede «ver ni oír nada de lo que escribe en su libro, en ese cuaderno verde». Ambos viven muy cerca, comen en el mismo restaurante, pero nunca se encuentran. En esta metanovela todo es simulacro. Los dos narradores se intuyen y se buscan en vano: «Ambos giramos sobre el vértigo de haber desplazado el ser a las palabras, y por eso él está en la buhardilla, en esa planta sobre el piso bajo, y yo en cambio estoy en el sótano silencioso ». Y hay un quejido que resume todo lo que el autor quiere decirnos: «si la realidad no pudiera humillarme con sus imponderables».

Estamos en las antípodas de Flaubert, cerca de los territorios de cierto Joyce, de cierto Pynchon, o del Lynch de Mulholland Drive. En Reloj de viento las cosas se disuelven, aparecen y desaparecen, y lo que se describe no es más que la ilusión de una ilusión en la que todo, incluido el escritor, aparece como fantasma, como presencia de una ausencia. Pero las cosas, la realidad, no pueden ser constantes en la ecuación de la vida que el escritor formula.

Si nos desprendemos de la ideología platónico-judeo-cristiana que llevamos como una segunda piel, nos daremos cuenta de que esas cosas, esa realidad, no tienen una esencia permanente. Desde este punto de vista, la fantasmal obra de Malpartida es rabiosamente realista. Una gran tradición que va de Cervantes a Borges, pasando por Sterne y nuestro Padre Isla, figura que un día me gustaría reivindicar, avala estos juegos arriesgados que pueden desconcertar al mero lector de novelas. Reloj de viento sigue la estela de esa tradición, leyéndola en clave más agónica que lúdica, y actualizándola en una especie de deconstrucción de la novela desde dentro. Espero que esta obra encuentre los lectores que merece y que la merecen. También espero poder leer pronto la siguiente, pues la puerta vuelve a quedar entreabierta.

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