Juan Malpartida: El tiempo es una intuición

Gabinete de prensa

Artemisa Ediciones

Madrid

Por hacer alusión a la dimensión subjetividad del tiempo, el tiempo está siempre ante nosotros y en nosotros, es una intuición y somos nosotros mismos. Es implacable pero su percepción no es siempre la misma: hay instantes que no pasan y horas que se precipitan. El tiempo forma parte de nuestras expectativas y es nuestro padecimiento. Fíjese que mi obsesión por la temporalidad me ha llevado a titular una reciente antología de mis poemas, A favor del tiempo.

Las novelas cuentan, en realidad todos estamos siempre estamos contando, no sé si se ha dado cuenta. Creo que Ortega y Gasset habló de que todos nos contamos una novela, la de nuestras propias vidas. Reloj de viento, creo, está contando siempre algo, incluso cuando sus personajes reflexionan sobre esto y lo otro. En primer lugar en la vida de Guillermo Ventadour, contada a su sobrino, Javier. Son dos personajes que surgieron en mi primera novela, La tarde a la deriva. La vida de Guillermo coincide con el siglo XX, está inserta en él pero como toda vida verdadera es algo más que historia, es, si usted quiere, sus historias, las múltiples particularidades de una vida que se quiere singular. Su singularidad no es que sea única, que lo es, porque al desplegarse podemos identificarnos con ella, sólo que el tiempo que uno vive en primera persona es siempre único, y yo he tratado de que en mi novela aparezca ese sentimiento del tiempo. Pero no es una novela abstracta: la amistad, el diálogo, el amor y la identidad, la Historia misma con mayúscula, son los temas que en ella me han preocupado.

La primera parte se titula “Piedra de toque” y la segunda “La casa”. No son dos novelas sino dos momentos de una misma obra. La primera parte está sostenida por los diálogos de Guillermo y Javier, en los cuales sobre todo habla Guillermo que, al final de su vida, cuenta, un poco alegóricamente en ocasiones, su vida. La relación de Javier con su tío engarza, creo, con la tradición de la novela de formación. Javier sabe que su tío y sólo él podía contar su vida, porque era su memoria y porque su manera de contar es inherente a lo contado. Pero al desaparecer Guillermo, Javier retoma la voz. Guillermo le entrega antes de morir una vieja llave, de la casa de su infancia. Esa llave es la que abre la casa de la novela. Sólo que Javier no es Guillermo. Javier es un novelista, y en esa segunda parte, quien escribe está, por decirlo así, dentro de la casa de la novela, y  en ella se dramatiza, en el sentido teatral del término, los problemas de la ficción, de la inspiración literaria.

Pues el hecho mismo de que somos seres simbólicos, personas de carne y hueso mediados o asistidos por lo imaginario. ¿No se ha detenido usted a pensar que la mayor parte de lo que vivimos y nos habita es imaginario? Pero imaginario no quiere decir irreal. Es real, pero su realidad es, en muchas ocasiones, ambigua. El amor, los celos, la nada misma son, en principio, realidades imaginarias en nosotros. A su vez, lo que llamamos imaginario tiene por espacio un cuerpo. Un cuerpo y un alma (de nuevo algo imaginario). Las palabras son aire, pero es un aire que respiramos y que nos hace ser lo  que somos. En hay, como elemento estructural, una relación binaria. Siempre hay dos que engendran el tres. Guillermo y Javier dialogan como locos, y en el fondo hay un novelista. Hay dos casas, dos niveles en ambas casas, como hay dos partes en la novela que, no por casualidad, se llaman “Piedra de toque” y “La casa”.

No soy muy partidario de hablar en todo un simbolismo, pero en la vida y en las obras hay más correspondencias de las que sospechamos. La escalera (puesto que las cuatro casas que aparecen en la novela son de dos pisos, hay una escalera siempre) es lo que es, una construcción para subir y bajar de un lugar a otro, pero es cierto que a su vez es otra cosa. Es una escala, algo que une y separa mundos. Para mí la conciencia de la existencia de los mundos dentro del mundo es importante. Desde que desperté a la literatura en mi adolescencia, siempre presentí esa alteración que es una percepción de la otredad. Esto es algo que todos vivimos pero que a veces queremos negar afirmando una identidad reductiva, pétrea. La identidad se convierte en piedra y esta acaba cayéndonos encima. En he querido mostrar no la identidad sino la complejidad del reconocimiento del otro, de sí mismo como otro, y del tiempo como elemento continuo de alteridad.

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Un festín literario

Redacción

Abc de las Artes y las Letras

Madrid

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=9952&num=853&sec=32

Juan Malpartida. Artemisa. Madrid, 2008. 331 páginas, 18 €.
Dos historias se fusionan en esta conseguida novela: la que Guillermo Ventadour -octogenario y gravemente enfermo- le va contando a su sobrino Javier -poeta y editor metido a novelista-, y las dificultades de éste para organizar el tesoro de palabras e imágenes que le deja su tío. Inteligente y atractiva meditación sobre el tiempo, el amor, el arte narrativo, la vida y la muerte.