García Ramos, Freire y Teixeira participan en la Feria del Libro

Redacción

El Día

Santa Cruz de Tenerife

http://eldia.es/2008-05-28/cultura/10-Garcia-Ramos-Freire-Teixeira-participan-Feria-Libro.htm

El Inglés. Epílogo en Tombuctú, El narrador y otros ensayos, Los oscuros rincones de la gloria y Soria Moria son las obras literarias que se presentarán hoy en el parque García Sanabria de Santa Cruz de Tenerife.

Juan Manuel García Ramos, Espido Freire y María de los Ángeles Teixeira participan hoy en la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, donde presentarán sus últimas novedades bibliográficas.

El viaje de Carlos Asturias Harrow, protagonista de El Inglés. Epílogo en Tombuctú, y El narrador y otros ensayos serán las obras que el escritor y catedrático de Filología Hispánica Juan Manuel García Ramos presentará esta tarde, a las 19:00 horas, en la carpa central de la XX Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, ubicada en el parque García Sanabria. El acto contará con la asistencia de Ramón Trujillo Carreño, presidente de la Academia Canaria de la Lengua.

El primer trabajo, publicado en 2007, presenta a un personaje que en palabras del escritor Luis Mateo Díez es “un espléndido espejo para mirarse y sentirse, sabiendo que su más fácil y, en alguna medida, gratuita condena es su perdición, en su caso relacionada no sólo con ese imperturbable camino de agotar y malbaratar la existencia en los tramos de cada día, sino con la desaparición, una forma de perderse que es borrarse”.

El narrador y otros ensayos, obra más reciente del catedrático, plantea un análisis por los diferentes roles que juega esta figura literaria a través de escritores como Borges, Gérard Genette y María Zambrano, entre otros. La obra, en palabras del autor, busca “contrastar la figura del narrador, como persona dedicada a contar una historia, y del narrador como un mecanismo más de la retórica, como mero ente de ficción, como artificio del relato”.

Por otro lado, María Ángeles Teixeira también presentará su libro Los oscuros rincones de la gloria, acto en el que intervendrá Enrique Jiménez Fuentes. La autora firmará ejemplares de su obra de 17:30 a 19:30 horas.

Por otro lado, la ganadora más joven del Premio Planeta por Melocotones helados, Espido Freire, también participará en la feria, a las 20:00 horas, donde dará a conocer su trabajo Soria Moria y mantendrá un diálogo con el público. Unas horas antes, a las 17:30 horas, la escritora firmará ejemplares de su nueva novela.

El programa de actividades para hoy también contempla una representación de títeres, a las 11:30 horas, con Un cuento viejo vuelto a contar, a cargo de la compañía Cascanueces.

La música estará hoy presente en la feria, a partir de las 18:00 horas, de la mano del Cuarteto Capriccio. Media hora más tarde le tocará el turno a la gastronomía con una degustación de productos canarios para los visitantes de este evento que se clausurará el 1 de junio.

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García Ramos presenta dos obras en la Feria del Libro

Redacción

Diario de Avisos

Santa Cruz de Tenerife

El escritor canario estará en el parque García Sanabria el 28 de mayo

La Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife acogerá el miércoles 28 de mayo al escritor y profesor Juan-Manuel García Ramos quien presentará dos de sus últimos libros, la 2ª edición de El Inglés. Epílogo en Tombuctú, aumentado y retitulado y El narrador y otros ensayos, de reciente publicación. El acto tendrá lugar en la carpa central de la Feria del Libro que se desarrolla en el Parque García Sanabria, a las 19.00 horas.

La primera de las publicaciones, El Inglés, que en esta nueva edición lleva como subtítulo Epílogo en Tombuctú, narra el viaje de su protagonista, Carlos Asturias Harrow, quien, en palabras de Luis Mateo Diez -que prologa esta segunda edición de la obra-, es ”un espléndido espejo para mirarse y sentirse, sabiendo que su más fácil, y en alguna medida gratuita condena, es su perdición, en su caso relacionada no sólo con ese imperturbable camino de agotar y malbaratar la existencia en los tramos de cada día, sino con la desaparición, una forma de perderse que es borrarse: ese trance final tan bello y desolado como simbólico con que la novela culmina”.

Cuentos

Por otra parte sobre el segundo libro el García Ramos explica que “autor, narrador y personaje no son simplemente categorías deslindadas por una poética del relato, son categorías de nuestra propia existencia. Sólo basta mirar dentro de nosotros mismos para descubrirnos como el autor, el narrador y el personaje de nuestra propia historia. Sin tregua alguna, mantenemos un ejercicio de interpretación permanente de la aventura de nuestro paso por el mundo. Somos una novela en perpetua redacción, incluso cuando el sueño nos invade y perdemos el control de nuestras bridas racionales”.

García Ramos pone el ejemplo de la forma que tiene Javier Marías de dirigirse a sus lectores. “Si bien es cierto que esa creación de personas ficticias constituye el principal milagro de la literatura narrativa y dramática, no es menos asombroso cómo la presentación de esas criaturas caligráficas tiene que venir dada por una vía verosímil. Y es ahí donde aparece la figura del narrador bajo sus múltiples encubrimientos, incluido el del autor sin más que se dirige a nosotros directamente, como ya señalamos en el caso de Javier Marías”, indica.

Narrativa

El Premio Canarias explica que la crítica narrativa ha ido tan lejos en la clasificación de categorías y procedimientos que ha llegado a negar, en particular en círculos académicos, la misma esencialidad de lo literario: ese “estremecimiento” que da lo indefinido, en palabras del mismo Gérard Genette, por no ir más lejos, o “esa necesidad que la vida tiene de expresarse”, para decirlo a través de María Zambrano.

De la crítica impresionista señala García Ramos que llevaron a poéticas del relato que se deseaban “científicas” y que han acabado por alejar a lectores y alumnos de la verdadera cuestión literaria. “El narrador de una novela siempre es otra persona distinta al autor. Al escritor de relatos quizá le ocurre lo que a cualquier persona cuando habla a una grabadora o se coloca delante de una cámara: se convierte en otra voz que muchas veces no llega ni a reconocerse”.

El cuerpo pesa tanto como el mundo

Eduardo Moga

Turia

Teruel

La obra de Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966) había girado hasta el momento en torno a la poesía: bien como poeta -con el espléndido Manual de supervivencia, publicado en 2002-, como estudioso de la poesía -en particular, del poema en prosa- o como traductor de autores tan significativos como Yeats o Robert Browning. Sus incursiones en la prosa se limitaban al cuaderno Planeador, aparecido en 2003. El autor madrileño entrega ahora una muestra de prosa cuajada, como si la llevara escribiendo toda la vida. Viaje al ojo de un caballo narra su estancia de tres semanas en el Parque Nacional de Hustai, al suroeste de Ulan Bator, capital de Mongolia, para observar al último caballo salvaje del planeta: el equus przewalski poliakov, takhi para los mongoles. El libro de Jiménez Arribas se suma, pues, a la milenaria tradición de los relatos de viajes y, en particular, a la de las crónicas de viajeros occidentales en Oriente, cuyo máximo exponente, Marco Polo, ha conocido en España aptas reverberaciones en la Embajada a Tamerlán, de Ruy González de Clavijo, o en los vagabundeos afroasiáticos de Domènec Badia i Leblich, más conocido por Alí Bey. La lectura de Viaje al ojo de un caballo resulta deliciosa. En primer lugar, por la calidad de su prosa, dúctil, fluida, precisa, sin aristas, vaguedades ni pérdidas de tiempo. Suele estar compuesta por impresiones breves, que no incurren en el sermón meditativo ni en el caracoleo sintáctico. Por utilizar una expresión del propio Jiménez Arribas, «no interviene con excesiva gestualidad». Esta escritura elegante -los buenos poetas suelen ser prosistas elegantes- nunca se impone al lector: no lo oprime con la rotundidad del dato o la opinión. Se desliza, simplemente, con el impulso de la observación sutil, del juicio al desgaire, de la pincelada oblicua. La ironía -que deriva, a veces, en suave comicidad- coadyuva a ello. El final del capítulo correspondiente al 17 de julio, por ejemplo, resulta hilarante: el autor relata su feroz batalla contra las pulgas autóctonas, que le han desollado los tobillos, y detalla cómo se aplica yogur en las picaduras, a modo de pomada, o cómo cambia de ger para eludir sus mandíbulas. En su nueva tienda, sin embargo, se encuentra con otro insecto mongol, un escarabajo afelpado, de una negrura inquietante, que, según le informan, se introduce en los oídos. «Mientras escribo esto con dos trozos de papel higiénico, a modo de tapones, en las orejas, caen uno tras otro desde el techo en la mesilla […]. Se lanzan en paracaídas dispuestos a no perder esta batalla que la infantería del otro ger iba ganando en tantos frentes. Asediado, apago la vela y me encomiendo al dios del DDT». Una historia de atracción y de deseo se entreteje también en el relato, hasta culminar en una escena de amor, cerca ya del final del libro, en la que todo es veladura, y que, sin embargo -como en la escena del carruaje entre Odette y Swann, en el primer volumen de En busca del tiempo perdido-, encuentra en esa ambigüedad toda su potencia erótica. La escritura de Jiménez Arribas practica asimismo la extrapolación: alude a otros lugares y a otros viajes, a otras lecturas e instancias; a otras realidades. Se dispone, pues, reticularmente, como un cristal polisémico, o como o un prieto fractal de intertextualidades, en el que brillan, singularmente, los adjetivos -«sus ojos azules, de un azul analítico»- y agudezas de una exactitud química: «Es una fotografía inversa: una instantánea que lo observado toma del que observa». Esta textura centrífuga no contradice el propósito esencial de Viaje al ojo de un caballo: la descripción del takhi y de su mundo, y, por extensión, del país que lo acoge, Mongolia. Otros libros de viajes son un pretexto para trenzar un arduo tapiz de acontecimientos o cogitaciones. No así el relato de Jiménez Arribas, dedicado con ahínco al examen de lo circundante. Lo que no significa que no asomen a sus páginas otros asuntos o que no se permita reflexiones divagantes. El relato de Jiménez Arribas incorpora perspicaces apuntes sobre el lenguaje y la literatura -los dos libros que le acompañan en el viaje son El arco y la lira, de Octavio Paz, y la obra ensayística de R. W. Emerson, traducida por él-, el medio ambiente y la militancia ecologista, o la crítica sociopolítica. También la elucubración existencial está presente, y es esta meditación, de hecho, la que vuelve trascendente al libro. Viaje al ojo de un caballo arranca de una efeméride vital: su autor cumple 40 años; se halla, pues, con palabras del Dante, que el propio Jiménez Arribas recuerda, nell mezzo dil camin de su vida. Desde esa atalaya, desde la que divisa simultáneamente el principio y el final de su existencia, el cronista afronta el problema que subyace en todos los debates de la posmodernidad: la relación entre el yo y la realidad, o, si se quiere, entre el ser y la nada. Y su apuesta es -y pido perdón por estos neologismos construidos mediante la adición de prefijos, como si fueran piezas de un lego– pre-posmoderna o anti-posmoderna. Por una parte, el yo existe: «cada ser es, de esta manera, único, necesario, perfecto», afirma Jiménez Arribas; y poco después: «haremos bien en desmitificar lo ajeno como un norte o un motor que nos exima de asumirnos, a nosotros y al mundo. Haremos bien en ir olvidando ya esa retórica de que ser uno mismo es limitarse, ese tremendo error de definir al hombre sólo por su deseo del otro». El yo es, pues, una certeza: una cosa, un animal, un artilugio, pero no una ciénaga, un lugar en el que chapotear y perecer: «yo estoy aquí como el primer hombre: para nombrar y conocer; en modo alguno para sumergirme y no volver a la superficie», proclama el autor. En efecto, Jiménez Arribas parece huir de toda delicuescencia íntima, de todo nomadismo espiritual, aunque a veces afloren recuerdos muy vivos de su infancia o aromáticas penumbras de su conciencia. Su yo, indubitado, es un yo exterior: un ser volcado a lo que palpita más allá de sus pupilas. Y ello nos conduce a su segunda certidumbre, más importante aún que la primera: la realidad existe. Manifestaciones de esta convicción jalonan todo el libro, hasta el punto de constituir una suerte de apología del mundo. Consigno una: «si hay un dios, […] no puede ser otro que la realidad». Y a la realidad se la mira, como ya se desprende del título del libro. La realidad es lo que se ve -caballos paciendo, extensiones infinitamente verdes, cielos infinitamente azules, pulgas que pican-, aprehendido con una mirada que no se impone a lo que capta, sino que se deja captar por lo mirado. La realidad es un refugio al que se accede por el ojo, el espacio en el que desaparecen los tormentos subjetivos, el vientre que nos alumbra y en el que digerimos nuestro alimento. Y la realidad y el yo traban una relación simple pero indestructible, como los polos de un imán. Una relación que halla su clímax, en Viaje al ojo de un caballo, en el extraordinario final del capítulo del 14 de julio, un poema en prosa de un lirismo y una penetración superlativos, en el que se acredita la fusión de ambos, la reconciliación de lo uno y lo ajeno, la unidad salvadora del ser: «veo el ojo que me ve y yo veo, veo marmotas, niños, hombres, veo gacelas, ciervos, veo la estepa en el ojo del caballo, el caballo en el ojo de la estepa, y el mundo como era cuando nadie lo veía: me veo en el vientre de mi madre viéndome en el ojo de un caballo».