Los lectores ya pueden votar para los premios Cálamo

M. García

2007-12-26 00:00:00

El Heraldo de Aragón

Zaragoza

Los premios Cálamo, unos galardones literarios que distinguen al mejor libro publicado a lo largo del año y que conceden los propios lectores por votación popular, han iniciado ya su séptima edición. Como viene siendo habitual, el equipo de la librería (plaza de San Francisco, 4), elige 14 títulos editados durante el año en curso y finales del anterior, y los clientes votan a tres de ellos. Según aseguran los libreros, “no queremos pontificar, ni marcar gustos, ni fardar de listos. Solo pretendemos que el premio sea una incitación al debate a la interculturalidad y, por qué no, a la sana irreverencia literaria.

En la lista de este año se encuentran desde fenómenos exitosos como Las benévolas, de Jonathan Littel, a reediciones como Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kis, pasando por “rarezas” como La hija de mi padre, de Mareike Krügel. Tan solo un autor aragonés, Antonio Ansón y su Llamando a las puertas del cielo, está en la lista de los elegidos.

Hasta las primeras semanas de enero de 2008 se procede a la recogida de votos, en una urna instalada para ello en la librería. El resultado de las votaciones se hará público a mediados de enero.

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Antonio Ansón, único aragonés que opta a los premios Cálamo 2007

M. García

El Heraldo de Aragón

Zaragoza

El galardón a libro del año es elegido por votación de los propios lectores clientes de la librería

Los premios Cálamo, unos galardones literarios que distinguen al mejor libro publicado a lo largo del año y que conceden los propios lectores por votación popular, han iniciado ya su séptima edición. Como viene siendo habitual, el equipo de la librería (plaza de San Francisco, 4) elige los títulos editados durante el año en curso y finales del anterior, y los clientes votan a tres de ellos. Según aseguran los libreros, “”no queremos pontificar, ni marcar gustos, ni fardar de listos. Solo pretendemos que el premio sea una incitación al debate, a la interculturalidad y, por qué no, a la sana irreverencia literaria. Nuestra selección no tiene en cuenta género literario ni procedencia idiomática”.

En la lista de este año se encuentran desde fenómenos exitosos como Las benévolas, de Jonathan Littel, a reediciones como Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kis, pasando por “rarezas” como La hija de mi padre, de Mareike Krügel. Tan solo un autor aragonés, Antonio Ansón y su Llamando a las puertas del cielo, está en la lista. Es una novela sobre la transición española, una transición generacional y espacial. Cuenta la historia de una generación que se hizo adolescente en esos pocos años que fueron, como Ansón los caracteriza, “”el libo del tránsito de una generación que llegó tarde para hacer la revolución y temprano para apuntarse a las floreadas camisas de los modernos”.

Durante el mes de diciembre y las primeras semanas de enero de 2008 se procede a la recogida de votos, en una urna instalada para ello en la propia librería. El resultado de las votaciones se hará público a mediados de enero de 2008, y los premios se entregarán el 15 de febrero, en una cena que se celebrará en el restaurante Garden. Además, se concederá el Premio Cálamo Otra Mirada, otorgado por los propios libreros de Cálamo.

Los elegidos

Los libros elegidos por los responsables de Cálamo para la lista de candidatos al premio son los siguientes:

Las benévolas, de Jonathan Littel (RBA)

Salir a robar caballos, de Per Petterson (Bruguera)

Llamando a las puertas del cielo, de Antonio Ansón (Artemisa)

Una tumba para Boris Davidovich, de Danilo Kis (Acantilado)

Antonio B. El Ruso, ciudadano de tercera, de Ramiro Pinilla (Tusquets)

Vida y destino, de Vasili Grossman (Galaxia Gutenberg)

Crematorio, de Rafael Chirbes (Anagrama)

Cementerio de pianos, de José Luis Peixoto (El Aleph)

Méndez, de Francisco González Ledesma (Almuzara)

Manual del perfecto terrorista, de Mathias Enard (Belacqva)

Claus y Lucas, de Agota Kristof (El Aleph)

El cordero carnívoro, de Agustín Gómez Arcos (Cabaret Voltaire)

Help a Él, de Fogwill (Periférica)

La hija de mi padre, de Mareike Krügel (Lengua de Trapo)

El año pasado ganó el galardón la edición que hizo la editorial Media Vaca del Libro de las preguntas, de Pablo Neruda, con ilustraciones de Isidro Ferrer. El premio Cálamo Otra Mirada fue para el Tratado de ateología, del filósofo francés Michel Onfray. Y por último, el premio Extraordinario Cálamo se concedió a Manuel Rivas, autor de Los libros arden mal.

El socio, Joseph Conrad

Emiliano Molina

solodelibros

http://www.solodelibros.com

http://www.solodelibros.es/26/12/2007/el-socio-joseph-conrad/

Cuando comentamos El regreso ya hablamos de la maestría de Joseph Conrad para tratar situaciones más o menos estáticas, pero cargadas de sentimiento y conflicto psicológico. Algo parecido ocurre en El socio, un breve relato que explota ésa y alguna otra de las características más recurrentes del escritor a la hora de crear sus obras. Por ejemplo, la superposición de narraciones, al igual que en El corazón de las tinieblas: en este caso, la historia principal es referida por un escritor que conversa con un viejo marinero en el puerto de Westport, el cual fue testigo de los hechos que conforman el auténtico corazón del cuento.

La trama, por lo demás, es muy sencilla: un buscavidas llamado Cloete consigue hacerse socio de un par de hermanos, George y Harry Dunbar, negociante el primero y capitán de barco el segundo; dado que los beneficios de los Dunbar son escasos, Cloete propone a George que se aventuren con un negocio de medicamentos, pero éste se opone. El rufián, ansioso de dinero, le sugiere un plan para hacerse con un pequeño capital y usarlo como inversión: hundir el barco de su hermano Harry, el Sagamore, y cobrar el seguro. Tras un periodo de dudas, Cloete contrata a un oficial retirado y pendenciero para que se una a la tripulación del navío y lo sabotee para hundirlo; el secuaz cumple su cometido y el barco encalla frente a la bahía de Westport. Sin embargo, durante la operación de rescate de los tripulantes se producirán los hechos que desembocarán en la muerte del capitán Harry Dunbar, aparentemente por suicidio…

No revelaré aquí el final de la historia, que tiene un cierto tinte de misterio. Conrad refleja las pasiones humanas con sencillez y de forma muy clara: tanto, que el efecto sorpresa con el que pretende coronar la pieza se ve menoscabado por la evidente actuación de los personajes. La pretensión del autor por reflejar esas dobleces de toda alma juega a favor y en contra: por una parte, algunos caracteres se descubren muy humanos (George Dunbar, dubitativo y apocado, sincero en su afecto por su hermano, pero incapaz de resistirse a las maquinaciones de Cloete), mientras que otros no dejan nada a la imaginación y actúan siguiendo unos instintos demasiado predecibles (Stafford, el bellaco que recibe el encargo de hundir el Sagamore, es un protagonista plano e insípido). El resultado es un relato con escasa tensión, lastrado por una estructura que corta el ritmo y no favorece la lectura; lo que en historias más largas puede dar buen resultado, en una pieza breve se malogra, dividiendo la narración en fragmentos que, en lugar de suponer un alivio dramático, cercenan el crescendo narrativo al que aspira el autor. Incluso el efecto final, que pretende resultar sorpresivo y revelador, apenas si es lo primero y no tiene nada de lo segundo; el lector, a las pocas páginas, ya se imagina qué puede suceder y cómo acabará sucediendo.

El talento narrativo de Conrad salva un tanto la situación y da lustre a un relato que, por lo demás, poco tiene que ofrecer. Los personajes tienen cierto carisma, pero parece que necesitaran de un espacio mayor para dar rienda suelta a sus pasiones y comportamientos. Mientras que en El regreso la emoción era palpable y los protagonistas muy definidos, en El socio ocurre casi lo contrario: la tensión dramática decae a cada página y los caracteres se desdibujan visiblemente. Una muestra evidente de que la genialidad no trabaja a tiempo completo y que no tiene sentido si no tiene una buena historia entre manos.

Mesa de novedades

Juan Cruz

La Provincia

Las Palmas de Gran Canaria

Al margen, de Talía Luis Casado y Daniel Ortiz Peñate, llegó a mis manos hace unos días y me produjo el mismo estallido eléctrico que trajo consigo la aparición rutilante, extraña, surrealista, honda, de la literatura de Félix Francisco Casanova, fallecido hace ahora 31 años.

Durante algún tiempo Alfonso García-Ramos, acaso el columnista más apasionado que dio Canarias en la segunda mitad del siglo XX, dijo que los insulares no servíamos para la novela; que había un gen que nos llevaba a la poesía y a las artes plásticas, y que ahí nos íbamos a quedar. Según él, los canarios nos cansábamos subiendo las cuestas, considerábamos una proeza ir más allá de los tres folios de un artículo y encontrábamos muy placentera la pereza de los poemas. Alfonso era un provocador, siempre estaba provocando. Él mismo desmintió su propio aserto publicando una novela que reveló su buen pulso novelístico y narrativo. Guad fue una revelación de su talante como creador de ficciones agarradas a la tierra, y en este caso al agua de la tierra, y fue el prolegómeno de una novela extraña y extraordinaria, Tristeza sobre un caballo blanco, que ahora me parece que fue como una premonición poética del padecimiento que le entró como una pesadilla y que él trató con la gallardía de los valientes.

Pero Alfonso dijo eso, y desde que lo dijo la escritura isleña no ha hecho otra cosa que decirle que no, que los isleños no son tan perezosos. Por aquel entonces, cuando lo dijo, que debía ser cuando terminaban los años 60 del siglo XX, Luis Alemany publicó Los puercos de Circe, que otro país u otra sociedad hubieran entronizado como una novela-fetiche de su tiempo y de Santa Cruz; pero aquí no somos muy dados a tener en cuenta los genios literarios hasta que éstos nos abandonan; Luis Alemany, para nuestra suerte, no nos ha abandonado, y ojalá que nos dure siempre, y además ha escrito libros muy inteligentes desde aquel Puercos que con tanta fortuna descubrió los pósteres rotos de la sociedad santacrucera.

Por esos mismos tiempos de las Puercos de Alemany Rafael Arozarena acudió a las estanterías con una novela muy propia de él y en Gran canaria como en Tenerife se fueron haciendo nuevas novelas y nuevos poemas y nuevas obras de arte que consolidaron, muy pronto, ya en las 80, una figuración literaria que convierte a las islas en un foco muy atractivo de la narrativa contemporánea en español.

Los críticos literarios, y los hay excelentes entre nosotros, podrán decir qué dio de sí esta mesa de novedades que se produjo desde la provocadora predicción de Alfonso, pero si uno pone en una balanza lo que pasó en estas tres décadas de producción hallará razones para decir que esa pereza está totalmente vencida. ¿Eso qué significa? Alfonso decía que la sociedad que sólo tiene poetas está incapacitada para reflexionar sobre sí misma; Ios pueblos, decía en privado y también en sus Picos de águilas, que era como llamaba sus columnas en La Tarde, necesitan ensayistas y novelistas que pongan de pie, como quería Salvador de Madariaga, su paisaje y su problemaje. La poesía se hace para entrar dentro de las almas, y las novelas se hacen para que uno vea las almas.

Alfonso no tuvo tiempo de ver cómo cambiaban las cosas; ahora la mesa de novedades está llena de narrativa, y Canarias ingresa en el mundo de los libros por sus novelistas y por sus poetas, y no sólo por éstos últimos. ¿Qué nos dicen? Nos hablan de los personajes (como ese El inglés, de Juan Manuel García Ramos, que vuelve a las estanterías de las manos de Artemisa, y que representa la mejor novelística del autor de Bumerán) o del ensimismamiento del escritor extrañado (como el ensayo Aurora y exilio, de José Carlos Cataño, que ha editado La caja literaria al tiempo que aparece su novela De tu boca a Ios cielos, publicada por Anroart), o nos conduce a viajes extraordinarios, surrealistas, llenos de humor (como Al margen, de Talía Luis Casado y Daniel Ortíz Peñate, que acaba de publicar Ediciones Escalera y que esta semana última se presentó en Madrid).

Este último libro, que es el último también en aparecer, llegó a mis manos hace unos días y me produjo el mismo estallido eléctrico que trajo consigo la aparición rutilante, extraña, surrealista, honda, de la literatura de Félix Francisco Casanova, fallecido hace ahora 31 años. Félix había sido llamado a la escritura por una violentísima pasión rabiosamente literaria; cualquier género era su género; inventó viajes interiores y exteriores, fabricó un mundo que dejó en sus lectores de entonces la perplejidad de un descubrimiento. Su muerte tan temprana, cuando apenas había superado los veinte años, nos privó de un personaje que sin duda estaba llamado a ejercer un liderazgo literario (que ejercía entonces, de hecho) que quizá hubiera sido un revulsivo muy generoso para las siguientes generaciones.

Este libro, Al margen, me produjo, además del recuerdo de la pulsión literaria de Félix Francisco, un recuerdo adicional, pues éste escribió también a dúo, precisamente con Cataño. Pero no es esta coincidencia la que me llevó a emparentar a Talía, de Tenerife, y a Daniel, de Gran Canaria, con el gran autor tinerfeño de vida tan corta y tan fecunda; fue más bien su manera de afrontar la literatura, con esa libertad que no conoce otra frontera que la de la calidad de la pasión.

La narrativa se mueve. Alfonso estaría feliz. Y estaría feliz Manuel Padorno, que fue el primer editor (y poeta) que en los años 70 del último siglo empezó a vislumbrar que en efecto esta tierra podría proporcionar algún día una estantería como esta que ahora está creciendo.

Artemisa publica una novela que ha sido equiparada a «El extranjero», de Camus

Gabinete de prensa

Artemisa Ediciones

Madrid

“Yo agradezco siempre la presencia poderosa e inmediata de esos mediadores que me llevan al interior más o menos sombrío o luminoso del mundo imaginario… Tal vez porque uno es deudor, antes que nada, de esos entes de ficción donde el espejo de lo imaginario vierte sus reflejos más intensos y emotivos…” [Luis Mateo Diez, del prólogo]

El Inglés, que en esta nueva edición lleva como subtitulo «Epílogo en Tombuctú» narra el viaje de su protagonista, Carlos Asturias Harrow, quien, en palabras de Mateo Díez, es “Un espléndido espejo para mirarse y sentirse, sabiendo que su más fácil, y en alguna medida gratuita condena, es su perdición, en su caso relacionada no sólo con ese imperturbable camino de agotar y malbaratar la existencia en los tramos de cada día, sino con la desaparición, una forma de perderse que es borrarse: ese trance final tan bello y desolado como simbólico con que la novela culmina”.