Antonio Ansón y su lugar

Ignacio Escuín Borao

Heraldo de Aragón

Zaragoza

A las ya conocidas expresiones artísticas de Antonio Ansón (fotografía, poesía…) hay que sumar la capacidad para narrar vidas y acercarse a los recuerdos de los personajes como si de un escritor de pequeñas biografías se tratara (la sombra de Schwob se percibe con intensidad). Ansón se descubre como un explorador de la biografía de ficción a través de personajes que podrían habitar en cualquiera de nuestros lugares (el Tres patas, el Piteras, el Modorro…), una radiografía de la sociedad expuesta desde el medio rural, desde la esencia de los propios seres, de sus acciones y de lo que les rodea sin una aparente intromisión de los valores cosmopolitas que sacuden a las modernas civilizaciones.

En este medio rural el lector percibirá algo de Sender, y ese “lugar” que todo hombre ocupa en su espacio y en la sociedad, pero también verá entre las páginas el Macondo que cada individuo guarda en su interior y que tan propicios son los espacios rurales aragoneses para plasmarse en la imaginación. Y verá más, la débil frontera que separa a los muertos de los vivos y les lleva en instantes a convivir, como si nadie dejara el lugar que ocupaba en ese espacio al morir, como si los vivos guardasen lo que correspondía en vida a los muertos a pesar de su ausencia.

Esta narración tan visual plantea evidentemente nexos con la narración cinematográfica, y ese medio rural puede contemplarse como un decorado costumbrista (vuela entonces la imaginación del lector hasta un film de Fellini) donde la acción caótica se hace cómica e irreverente, y se fragmenta a la manera de una serie fotográfica desordenada. La acción entrecortada de idas y venidas refleja la adhesión de referentes cinematográficos modernos (Tarantino entre otros) y literarios (Félix Romeo y su Discothèque, Anagrama, 2001), exactos en la descripción, crueles por su realismo en ocasiones (algo que Ansón ya ha mostrado en su poemario Este mensaje es para ti que tienes mucha soledad como yo, Huerga & Fierro, 2000), verosímiles o no en el caso de esta novela, pero de dotar de verdad y sentido estas situaciones ya se encarga el lector que al sentirse tan cercano al espacio descrito para el desarrollo de la acción se mueve por la misma como un personaje más. Como un as en la manga, guarda el autor cada uno de los giros de la narración y cualquier intento de anticiparse a ella resultará infructuoso por mucha imaginación que el lector posea.

Liberado por su conocimiento de la literatura de toda obligación estilística, Antonio Ansón se muestra feroz por momentos, tierno en otros y muy constante en el ritmo de la narración, un valor que debe ser resaltado puesto que hace de la novela una transición rápida de imágenes que dejan en la retina del lector una invitación para abandonarse a la rememoración de los lugares rurales que habitan en su imaginería. De hecho su final abierto obliga al lector a colocar cada cosa en su sitio y así construir la historia de la forma que prefiera, su interacción resulta fundamental a la hora de valorar el libro que ha tenido entre las manos.

Llamando a las puertas del cielo (Artemisa, 2007) es una novela divertida, trágica por momentos, delirante, apasionada y vital, uno de esos libros que dejan al lector desubicado tras la lectura, en un estado entre la realidad y la ficción.

La estación extraviada, Roberto A. Cabrera

Laura Castro

solodelibros.es

Oviedo

http://www.solodelibros.es/26/09/2007/la-estacion-extraviada-roberto-a-cabrera/

Poca literatura de autores españoles contemporáneos suelo leer, como cualquiera que siga mis reseñas podrá comprobar. Siento que los escritores españoles de hoy día son incapaces de sintonizar conmigo; su literatura, por tema y estilo, me resulta totalmente ajena. No obstante, al hojear La estación extraviada se encendió en mí esa lucecita que da aviso de que el libro que tenemos entre manos puede resultar de nuestro gusto.

Roberto A. Cabrera esboza en La estación extraviada una reflexión sencilla pero certera sobre la consciencia de su propia muerte que el ser humano arrastra desde su nacimiento. Una idea que horroriza y fascina a partes iguales y a la que, durante la infancia, cuando el momento del último suspiro parece terriblemente lejano e incluso irreal, se le suelen dedicar abundantes y morbosos pensamientos.

El personaje central de esta brevísima novela es el tío Julián, un hombre de vida insípida cuya acción más importante fue, precisamente, morirse. El narrador extrae de las nieblas de la infancia la imagen de un tío solterón, maniático y enfermizo que, a falta de otro papel mejor, invocó para la mente infantil el lúgubre espectro de la muerte. Mediante historias macabras de asesinatos, suicidios y entierros por error de personas todavía vivas, el tío Julián materializó en la mente de su sobrino la idea del fin inevitable hacia el que todos caminamos.

La novela comienza con la exhumación del cadáver del propio tío Julián, en un recordatorio de lo que supone el fin de este envoltorio que somos en parte: al abrir una tumba se encuentra a veces un barro negruzco en el que blanquean apenas algunos huesos; otras aparece una versión consumida y momificada del cuerpo que un día se enterró. Nada más queda de lo que un día fue. ¿O sí queda algo más? El narrador cuenta que las enseñanzas de la catequesis de los domingos despertaban numerosas perplejidades sobre las que meditar: si existe un alma inmortal que, en ocasiones, va al cielo, ¿conserva algún vestigio que la haga reconocible para otras almas con las que tuviera trato en vida?, ¿se conservan en el cielo afectos y odios?, ¿cómo se comunican las almas, si es que se pueden reconocer?

Lamentablemente la historia, que se desenvuelve con acierto mientras toca estos temas, y en la que el tío Julián es el Virgilio que descubre al niño los distintos aspectos de la muerte, se vuelca después hacia la narración poco fina del tema manido de los recuerdos del muchacho que al entrar en la pubertad abandona al tío, que fue figura central de su niñez, justo en el momento en que éste enferma de gravedad acercándose así al momento de conocer en primera persona aquello sobre lo que tanto especuló junto a su sobrino.

Esta segunda parte de la historia es por tanto un apéndice poco jugoso en el que el tema de la muerte, que parecía central hasta el momento en la narración, se deja de lado en favor de un recuento de los recuerdos del narrador cuando ya las historias que le contaba su tío habían dejado de interesarle. Sólo años más tarde el narrador recupera de los días de su niñez la figura querida del tío Julián y ese reconocimiento quiere ocupar el lugar central de una narración que se desvió hace tiempo del camino acertado que llevaba. Porque mientras el lector esperaba que la estación extraviada fuera esa a la que todos hemos de llegar, el narrador la muda en la experiencia vital que supuso para él reconocer el sello que imprimió en su existencia la vida enteramente gris de su tío.

A pesar de ese cambio de carril que desvirtúa un tanto una historia que comienza con buen pie, la novela no está mal.

Opera Prima: «Llamando a las puertas del cielo»

Ricardo Senabre

El Mundo (El Cultural)

Madrid

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/21228/Llamando_a_las_puertas_del_cielo

Pocas veces tiene el lector la fortuna de tropezar con una primera novela tan madura como ésta. Pero conviene aclarar que el aragonés Antonio Ansón (1960), novel narrador -si dejamos a un lado algunos relatos breves-, no es un escritor novel. Ha publicado varios libros de poesía y ensayo, y toda esta labor previa ha dejado un poso perceptible. Sobre todo el poemario Este mensaje es para ti que tienes mucha soledad como yo (2000), donde ya aparecen los motivos mortuorios y el contexto fúnebre de esta novela. Porque el narrador de todos los sucesos contenidos en Llamando a las puertas del cielo es un muerto del imaginario pueblo de Valcorza, fallecido tempranamente, que comienza su relato de este modo: “En el cementerio de Valcorza nos han ido enterrando a todos. Uno tras otro. Uno tras otro. Me consta que a Julita le di mucha pena, y que se deshizo en lágrimas cuando se enteró de que me había ahogado en el pozo del Molino. Así es la vida. O la muerte. Qué le vamos a hacer […] El ultimo en morir fue Juan el Francés […] Los demás nos hemos ido pudriendo en la tierra, con nuestro cajón de muerto y nuestro silencio. Y nuestra memoria. Que ya no sirve para nada”. Con este “relato de muertos” que se inscribe en la tradición de Edgar Lee Masters y su Spoon River, Ansón continúa el camino transitado por Rulfo, pero también, más cerca de nosotros, por dos espléndidas novelas de los últimos años: La fatiga del sol, de Luciano G. Egido, y Espejos de humo, de Moisés Pascual Pozas. No señalo estos hitos de un camino para cuestionar la originalidad de Ansón, sino -muy al contrario- para recalcar que se trata de un sumando más que se añade a una línea concreta y que no carece de aportaciones peculiares: singularmente, un sentido del humor -no necesariamente macabro- que coexiste con el relato escueto -nunca lineal- de muertes brutales y violentas: Gregoria Samper se suicida a solas, Sebastián el de los Colchoneros mata de un tiro a su amigo Miguel Zalaya el Tres Patas, Ernesto el Tocateja se mata con su motocicleta, a Timoteo el Modorro un tractor le aplasta la cabeza… Por otra parte, escenas como la del entierro de Constantino el Piteras -cuyo ataúd se atasca en la escalera-, o el de la broma cruel que éste sufre al ser atado a un picaporte, mezclan el humor y la ferocidad en proporciones diversas. Ciertos cambios acompañan la evolución histórica del pueblo, convertido en un microcosmos de una colectividad más amplia: así ocurre en las referencias a canciones de moda y en hechos como las primeras elecciones municipales, la decadencia del viejo bar -sustituido ahora por un pub-, la llegada de un cura joven vestido de seglar, que organiza mínimas actividades culturales y desea trabajar como albañil, o las alusiones a viejas rencillas solventadas mediante matanzas durante la guerra. Pero, aunque pueda parecer lo contrario, ningún cambio afecta esencialmente a los comportamientos, al primitivismo de la vida mostrada, y todo, además, acaba desembocando en la muerte. Todos los personajes acaban reuniéndose en el poblado cementerio de Valcorza. La decisión que toma Eladio al convertirse voluntariamente en el señor Decker y retirarse a una cueva para vivir como un hippy solitario, es sólo un intento desesperado por huir de un mundo que empieza a no ser el suyo, y tampoco lo libra de su inexorable destino.

Ansón escribe bien, con frases cortas que corresponden a la elementalidad de hechos y personajes, con un lenguaje rico donde los aragonesismos, bien dosificados, ayudan a situar las acciones en un determinado territorio: alcorzar ‘atajar’, ternasco ‘cordero recental’, encorrer ‘perseguir’, sargantana ‘lagartija’, para cutio ‘para siempre’, furo ‘bravo, furioso’, enrunar ‘cegar’, calivo ‘rescoldo’, tozada ‘topetazo’, etc. Y con creaciones inesperadas que acreditan la presencia de un prosista original: las muchachas “se vestían con risas y sostenes” (p. 32); “al concierto ensordecedor de las cigarras seguía el de los sapos y las madres llamando a gritos desde las puertas de las casas a sus hijos para cenar” (p. 34); “cuando [Eladio] declama sus rimas se le escapan por la boca devoción y salivazos haciendo más espuma que palabras” (p. 38). Serían deseables nuevos empeños narrativos de este autor.

 

Entrevista a Antonio Ansón: «Mi generación ha llegado tarde a casi todo»

Mariano García

Heraldo de Aragón

Zaragoza

El escritor aragonés Antonio Ansón acaba de publicar un ensayo literario sobre fotografía, El limpiabotas de Daguerre, y una ácida y divertida novela, Llamando a las puertas del cielo.

Usted es un provocador.

¿Yo?

Publica un ensayo sobre fotografía y empieza diciendo que la fotografía no existe…

Es una provocación, pero creo que tiene su sentido: quería decir que el arte le debe más a la fotografía que al revés.

No presenta los libros, no forma parte de grupos, muchos de los que le conocen ni siquiera saben que escribe… A usted no le gusta la pose de escritor.

No es que no me guste, es que no voy de escritor por la vida. Yo no escondo lo que hago, pero me parece un poco pretencioso definirme como “escritor”. Aunque probablemente lo sea.

Ahora, tras dedicarse a la poesía y el ensayo, publica una novela divertida, un retrato ácido de toda su generación.

Necesitaba hacerlo. Mi generación es muy ”literaria”, porque ha llegado tarde a casi todo. Cuando murió Franco éramos muy jóvenes para participar en la Transición, y luego hemos sido muy mayores para la España de la modernidad y de los colorines. El pintor Pepe Cerdá lo expresa con una frase demoledora: “los que mandan tienen 10 años más… o 10 años menos”. Y es verdad: hay muy poca gente de nuestra generación que ocupe cargos con poder. Somos el eslabón perdido.

Y ha ambientado la novela en un pueblo. Eso ya no se lleva.

En este país seguimos siendo muy de pueblo, aunque muchas cosas de la mentalidad rural se estén perdiendo a toda velocidad. Nací en el sesenta, y mi generación fue la última que creció y veraneó en los pueblos, porque nuestros padres no tenían dinero para ir a la playa. La primera mujer que tuve en mis brazos fue en un baile en la plaza; el primer beso que recibí sabía a cigarrillo americano y a carrasca. Eso no lo han vivido todos los que han nacido después.

También ofrece un punto de vista personal, y distinto, sobre la época de la Transición.

De esos años quedan muchas cosas por contar. No se parecían mucho a Cuéntame…. Pasamos del botijo a la parabólica casi sin cambiar de muda. Y los niños que Juan Goytisolo describe en Campos de Níjar, esos niños descalzos y con mucha miseria, se mueven hoy por la ciudad en carísimos vehículos 4×4.

¿Por qué escribe?

Solo lo hago cuando tengo una gran necesidad de hacerlo. Ahora hablo de mi novela y es como si no la hubiese escrito yo. No me costó ningún esfuerzo, la hice en dos sentadas. Fue como si una voz me la fuera dictando al oído y yo solo la transcribiera.

Eso sí que es chulería.

No lo digo con ese ánimo, de verdad. Es que, aunque parezca extraño, pasó así.

Usted es un montañero consumado. Si tuviera que elegir…

La montaña, como la literatura, es placentera y adrenalínica, y te obliga a enfrentarte a ti mismo…

Pero no te tiran piedras.

(Risas). No te las tiran, pero a veces caen. Por eso hay que subir a la montaña bien equipado, con casco. Por eso hay que escribir también con casco.

Venganzas literarias

Rafael Conte

El País (Babelia)

Madrid

http://elpais.com/diario/2007/09/08/babelia/1189207034_850215.html

Uno de los más destacados críticos literarios de la Francia del XIX fue Charles-Augustin Sainte-Beuve. Su independencia, rigor y estilo se reflejan en este Mis venenos. Un volumen que recopila sus críticas a escritores como Victor Hugo.

Si el destino de la crítica es desaparecer detrás de la grandeza de la obra criticada, sólo puede reaparecer cuando se convierte en una obra de creación propiamente dicha. No hay memoria de una crítica en exclusiva, la memoria literaria sólo conserva la de un crítico por haber brillado en otro terreno, como la filosofía (Aristóteles), la creación (Goethe) o la historia (Menéndez Pelayo). Hasta un crítico como nuestro Leopoldo Alas Clarín no sobrevivió por su dureza crítica, sino por su narrativa. Así las cosas, ¿cómo explicar la supervivencia de Charles-Augustin Sainte-Beuve (Boulogne, 1806-París, 1869) a dos siglos de su nacimiento y más de uno y medio de su muerte, de quien ahora aparece por vez primera entre nosotros una de sus obras fundamentales: Mis venenos, avalada por el prólogo de Juan Malpartida?

De hecho, Mis venenos no es un libro de Sainte-Beuve, pues fue publicado a más de los cincuenta años de su muerte (1924), por uno de sus antólogos, Victor Giraud, aunque su texto disperso fuera escrito por él de cabo a rabo, lo que resplandece en su inimitable estilo. Pues al fin y al cabo, la grandeza del Sainte-Beuve crítico se ve mejor en el estilo de sus críticas que en la mesura y calidad de su estimable obra de creación, reflejada en una novela (Voluptuosidad), algunos relatos y abundantes poemas que no le proporcionaron la fama final, que consiguió con una obra crítica considerable, los cinco tomos de Port-Royal, los cuarenta de sus Retratos literarios, Charlas del lunes y Los nuevos lunes, a los que habría que unir otros veinte de su “epistolario” y diversos volúmenes sueltos, sobre Virgilio, Chateaubriand y otros más, hasta alcanzar casi los cien volúmenes en total.

Bien, pues aquí está uno de los más interesantes, escrito por él mismo a trozos, fragmentario, recogido cuidadosamente pero que utiliza sus “venenos” en pequeñas dosis, como vacunas o curativos bien usados en pequeñas dosis adecuadas. Explica pues sus gustos, empezando con sus desacuerdos, sobre todo con el gran triunfador de su tiempo Victor Hugo, con quien rompió tras una estrecha amistad, y de cuya esposa se enamoró perdidamente, pero de cuyos amores apenas quedan rastro, pues sus cartas desaparecieron, aunque queda un libro de poemas publicado póstumamente, El libro de amor donde se cuenta su historia con delicadeza.

Pero ha venido un investigador, Michel Brix, quien en Victor Hugo y Sainte-Beuve. Vida y muerte de una amistad literaria (Kimé. París, 2007) explica las razones literarias que nada tienen que ver con dichas historias de amor. Victor Hugo respetaba a Sainte-Beuve como escritor y como crítico, quien siempre fue independiente, y hasta se peleó con Napoleón III, al final, aunque le había nombrado senador. Ésta es su lección, la de su vuelta al clasicismo tras su romanticismo inicial, a las mujeres o los moralistas a la escritura sencilla y repleta de intimismo y verdad, que constituyen lo mejor de su teoría literaria. Sainte-Beuve sigue vivo a través de la historia y gracias a su inimitable estilo.

Jugarretas del destino

Miguel Sánchez-Ostiz

ABC (ABCD las Artes y las Letras)

Madrid

El socio de Joseph Conrad, novela tan corta como intensa, se basa en un tema sobre el que se teje la trama de la casi totalidad de su obra literaria: la fatalidad o mala suerte, el imprevisible curso de los acontecimientos que burla las previsiones y tuerce el más firme de los proyectos con consecuencias que escapan al dominio de quienes los sostienen. Éste es también el tema de conversación favorito de personajes, como Marlow, cuando se encuentran a cubierto y a salvo, en el salón de un club o en la veranda de la casa de una factoría de Indias (una de las escenificaciones favoritas de Conrad). Y es que el combate ineludible contra la mala suerte y el salir o no airoso de ese combate, así como la manera en la que quienes los protagonizan sucumben o no a esa lucha contra la propia conciencia o contra el medio hostil, fue uno de los temas recurrentes de Conrad.

La mala suerte que acecha detrás de las mejores intenciones y de los sueños de fortuna o empeños de mera supervivencia, y de la que solo saben los que la padecen por su vivir arriesgado y poco convencional. Los que viven a merced de las circunstancias saben de los golpes de fortuna y de la ruina moral que puede ir aparejada. Conrad era uno de ellos. Ésta, la de El socio, como se encarga de decir uno de sus personajes, no es una historia de mar y de marinos al uso, sino una historia de tierra, oscura y delictiva, en torno a uno de las peores fechorías que puede cometer un marino: el hundimiento de su propio barco para cobrar la póliza de la Lloyd. Cosa que en este relato sucede, de manera muy distinta a como fue planeada, por obra y gracia de la criminal alianza de un charlatán de feria y de un marino fracasado, ambos carentes de escrúpulos, que envuelven a un armador que se debate entre su conciencia y su honor de caballero, y su ruina social. Debate este que, ante el falso asombro del narrador (y del lector), les es ajeno a los canallas sin escrúpulos ni principios morales o éticos que no sean los de conseguir al precio que sea el objetivo de la ganancia inmediata.