«La estación extraviada»: Roberto Cabrera contra el olvido

Redacción

Calle 20. Revista Mensual de Cultura

Madrid-Barcelona-Valencia

“Hay personas que irrumpen en nuestras vidas transformándonos con el toque de su gracia irrepetible”. Fue el caso del tío Julián, quien con su trivial vida («suma de proyectos fallidos, aborto de potencialidades”) dejó rastro en su sobrino, la voz que narra hoy, años después de su muerte, la vida que le queda a Julián por delante. Los pormenores de una existencia insulsa y sin sobresaltos dan pie al alumbramiento de una presencia eterna y definitiva en la gestación de la identidad de su sobrino. La estación extraviada es un ejercicio de memoria contra el tiempo y el olvido. Un registro inútil de nuestro fatal destino: “Y quienes lo conocieron y lo olvidaron habrán aún de morir para que Julián pueda morir su segunda y definitiva muerte. Acaso escribo animado por el deseo de redimir la memoria que ha de perderse”, apunta el narrador en las primeras páginas de este libro tan delicado como inocente. Roberto Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971) aprovecha la figura del tío Julián para desarrollar una historia de vida pormenorizada en un epítome rápido, conciso y certero. No en vano, Cabrera destila la precisión, profundidad y determinación del poeta: «A escasas semanas de su muerte, mi tío había acabado reduciéndose a una figura sin otra mecánica que la de las vísceras, que había que alimentar con el objeto de asear sus deyecciones”, en la última parte. Con la muerte de su tío, aprendió el privilegio de la consciencia del fin, la ventaja de una muerte masticada, el inconveniente de una “salida forzosa por la puerta equivocada, antes de tiempo”.

 

Indagación sobre la infancia

Carlos Rodríguez Morales

La Laguna, Tenerife

Artemisa acaba de editar La estación extraviada, de Roberto A Cabrera (Santa Cruz de Tenerife, 1971 ), una exhumación de recuerdos infantiles propiciada por otra exhumación, la de los restos del tío Julián, cinco años después de su fallecimiento, a la que asiste el narrador. La contemplación de los huesos ya desordenados lleva al sobrino a ordenar y dejar escritas sus vivencias junto al muerto -y así resucitado– protagonista: un hombre raro y desdibujado. Todo el relato, una novela corta, resulta así una larga evocación que fluye de principio a fin, una narración sin pausas en un único párrafo que, también gráficamente, transmite a quien lee la solemnidad del ejercicio que el escritor -un escritor escrito por otro escritor- se autoimpone tras la visita accidental al cementerio.

La redacción en primera persona, la intensidad de los recuerdos y la ternura sobria con la que se arma este discurso convierten la lectura de La estación extraviada en una obra de misericordia, la última: dar sepultura a los muertos. Esta luz postrera ilumina, casi por sorpresa, la vida del escritor, que es aquí fundamentalmente un recordador. A medida que el sobrino repasa la existencia de su tío -un cadáver ya deslavazado- reconstruye no sólo su tránsito anodino y fracasado, méritos que, según se anota, lo convierten en objeto adecuado de las novelas contemporáneas que suelen “recrear, con una minuciosidad casi ofensiva, los pormenores de de hombres de vida insulsa”; a la vez, a partir de un esqueleto de recuerdos, reconstruye sus cimientos vitales.

La figura del tío Julián, así, se revela para el sobrino -y para el lector- determinante en la formación del niño. Y su biografía, aparentemente mediocre y prescindible, adquiere engarzada con la del narrador la potencia y la rotundidad de lo cotidiano, de la suma de los días que es, al fin, lo único que existe. Pero a pesar de los desengaños de la progresiva madurez -la fiesta de Reyes Magos es aquí casi un paradigma-, contra el viento de la muerte, los huesos de Julián resultan ser piedras de un edificio esperanzador: la vida. La pulcritud gramática de Roberto A. Cabrera, la justeza de sus palabras y su sensibilidad literaria hacen de esta apeadero extraviado una estación recomendable, alicientes a los que se une la exquisita edición de Artemisa.

Viaje a Mongolia

Gabinete de prensa

Artemisa Ediciones

Madrid

Carlos Jiménez Arribas (Madrid, 1966) ha publicado poesía (Manual de supervivencia, Darwin en las Galápagos), relato (Planeador), y teoría/historiografía literaria (El poema en prosa en los años setenta en España). Como traductor, ha vertido al castellano dos libros de W. B. Yeats, uno de Robert Browning, y parte de la obra ensayística de R. W. Emerson. Coeditó la antología de poemas en prosa Campo abierto, y ha preparado una selección del mismo género en España e Hispanoamérica que verá la luz próximamente. Es el editor de la poesía completa de Ferrer Lerín, Ciudad propia, publicada por Artemisa Ediciones, y prepara una selección de los ensayos literarios y artísticos de José Martí para esta misma casa.

Explosivo Rubén Darío

Juan Malpartida

ABC (ABC de las Artes y las Letras)

Madrid

Rubén Darío no fue cercano a la confesión, pero es fácil encontrar en su obra retratos, anécdotas, crónicas y confesiones al sesgo. Las memorias de Darío están llenas de viajes y encuentros: una vida que tuvo por pasión a la poesía y a la mujer. El filtro, íntimo, fue alimentado por un incesante whisky con soda. Tanto Pedro Salinas como Octavio Paz afirmaron que fue el poeta del erotismo más que de la pasión por una persona. Al inventarse la poesía modernista (influida por parnasianos y simbolistas), inventó, en parte, a un poeta romántico que no habíamos tenido en español.

Lo que supo heredar

Fue un fundador poderoso, sin el que no pueden entenderse Leopoldo Lugones o Juan Ramón Jiménez. Aunque su estética tuvo debilidades y débitos, lo más importante fue lo que hizo con lo que supo heredar. Criticado en su tiempo por los académicos, o leído con reticencia por aquellos que veían en su poesía un lujoso juego, fue admirado desde sus inicios y hoy día sigue vivo más allá de las fechas de historia literaria y de su propio esteticismo escultural o cursi, que también tuvo una influencia duradera.

No fue un hombre de empresa sino un disipador, y a pesar de sus cargos diplomáticos (que, por otro lado, le pagaban mal y tarde), en 1912 se encuentra nuevamente con pocos recursos. Entonces, y en Buenos Aires, dicta para la revista Caras y Caretas, presintiendo que no le queda mucho, un repaso de su vida bajo el eje articulador de los viajes (muy a lo romántico). Hubo tres mujeres que marcaron claramente su destino: Rafaela Contreras, Rosario Murillo (abandonada, perseguidora implacable y sudario final) y la española Francisca Sánchez. Pero en estos rápidos y por momentos encantadores recuerdos, hay muchos otros testimonios de enamoramientos fuertes y fugaces, y, sobre todo, la huella de la fascinación de Rubén por la poesía.

Darío fue un niño-poeta, dotado de una gran facilidad imaginativa y métrica que le abrió pronto las puertas de unas repúblicas de las que fue embajador. Tímido, meditabundo, fue también explosivo y jaranero. Su alcoholismo no le hizo perder el control de su obra, sólo la limitó en el tiempo, como a su propia vida. Si no fue confesional sí fue anecdótico, y en su repaso de Argentina, España o Francia encontramos instantáneas en las que vemos a Verlaine (“Fauno, rodeado de equívocos acólitos”), Moréas, Wilde, Catulle Mendès (“cabeza de nazareno fatigado’”), al infaltable Gómez Carrillo, José Martí, Alejandro Sawa, Unamuno, Valera, Zorrilla, Castelar, Campoamor, Pardo Bazán, Menéndez Pelayo…

Nada dura

Pendencias, malentendidos, sentido de la amistad, curiosidad, fascinación por lo muy viejo y lo nuevo, facilidad afectiva y fugacidad. Sus recuerdos de la poesía española de finales del siglo XIX son cancillerescos o asistidos por una generosidad que sin duda le caracterizó. En la breve pero valiosa historia de sus libros hay un seguimiento notable de sus préstamos e influencias, de sus modelos, aunque no siempre haya que seguir sus sugerencias.

Tuvo clara conciencia de la renovación lírica que supuso su obra tanto en Hispanoamérica como en España, pero -fondo nihilista- sabía que nada dura salvo la eternidad (vacía de contenidos). Fue afin al orgullo baudeleriano de haber puesto su corazón al desnudo, de haber sido sincero, y un idealista adorador de la materia erotizada, un melancólico enamorado de la fuerza solar de los trópicos, de los viajes y las ensoñaciones aventureras: una rareza para la literatura española.

Vida y obra de Rubén Darío

Juan Malpartida

Versión íntegra de la reseña publicada en ABCD el 11 de agosto

Madrid

Rubén Darío (1867-1916) fue un poeta poco cercano a la confesión, pero es fácil encontrar, además de en su Autobiografía (1912) y en Historia de mis libros -ambos textos recogidos ahora por Artemisa en un solo volumen-, retratos, anécdotas, crónicas y confesiones al sesgo en Los raros, España contemporánea, Peregrinaciones y en la inacabada novela El oro de Mallorca (“fiel relato de mi vida”). Las memorias de Darío están llenas de viajes y encuentros: una vida que tuvo por pasión a la poesía y a la mujer. El filtro, íntimo, fue alimentado por un incesante whisky con soda. Tanto Pedro Salinas como Octavio Paz afirmaron que fue el poeta del erotismo más que de la pasión por una persona. Amó a la mujer en las mujeres, y en todas, a la mujer. Al inventarse la poesía modernista (influida por parnasianos y simbolistas), inventó, en parte, a un poeta romántico que no habíamos tenido en español. Fue un fundador poderoso, sin el que no pueden entenderse Leopoldo Lugones, Juan Ramón Jiménez o Salvador Díaz Mirón. Aunque su estética tuvo debilidades y débitos notables, lo más importante fue lo que hizo con lo que supo heredar. Él mismo lo dice en estas páginas autobiográficas: no hay escuelas, hay poetas. Y él fue uno de los grandes. Aunque fue criticado en su tiempo por los académicos, o leído con reticencia (a lo Antonio Machado) por aquellos que veían en su poesía un lujoso juego, la verdad es que fue admirado desde sus inicios y hoy día sigue vivo (en sus apuestas más radicales) más allá de las fechas de historia literaria y de su propio esteticismo escultural o cursi, que también tuvo una influencia duradera.

Aunque ganó dinero, no fue un hombre de empresa sino un disipador, y a pesar de sus cargos diplomáticos (que, por otro lado, le pagaban mal y tarde), en 1912 se encuentra nuevamente con pocos recursos. Entonces, y en Buenos Aires, dicta para la revista Caras y Caretas, a los cuarenta y cinco años, y presintiendo que no le queda mucho de vida, un repaso de su vida bajo el eje articulador de los viajes (muy a lo romántico). Hubo tres mujeres que marcaron claramente su destino: Rafaela Contreras, Rosario Murillo (abandonada, perseguidora implacable y sudario final) y la española Francisca Sánchez, a quien conoció en 1999 en Madrid (“Desdichado Rubén / sólo ella es real en la vorágine”, escribió el poeta argentino Enrique Molina). Pero en estos rápidos y por momentos encantadores recuerdos, hay muchos otros testimonios de enamoramientos fuertes y fugaces, y, sobre todo, la huella de la fascinación de Rubén por la poesía. Darío fue un niño-poeta, dotado de una gran facilidad imaginativa y métrica que le abrieron pronto las puertas de unas repúblicas atrabiliarias de las que fue embajador. Tímido, meditabundo, fue también explosivo y jaranero. Su alcoholismo (“el peligroso encanto de los paraísos artificiales”) no le hizo sin embargo perder el control de su obra, sólo la limitó en el tiempo, como a su propia vida. Si no fue confesional sí fue anecdótico, y en su repaso de Argentina, El Salvador, España o Francia encontramos instantáneas en las que vemos a Verlaine (“Fauno, rodeado de equívocos acólitos”), Moréas, Wilde, Catulle Mendès (“cabeza de nazareno fatigado’”), al infaltable Gómez Carrillo, José Martí, Alejandro Sawa, Unamuno, Valera, Zorrilla, Castelar, Campoamor, Pardo Bazán, Menéndez Pelayo… Pendencias, malentendidos, generosidad por la amistad, curiosidad, fascinación por lo muy viejo y lo nuevo, facilidad afectiva y fugacidad. Sus recuerdos de la poesía española de finales del siglo XIX son cancillerescos o quizás asistidos por una generosidad que sin duda le caracterizó. En la breve pero valiosa historia de sus libros (Azul y Cantos de vida y esperanza: comienzo y madurez) hay un seguimiento notable de sus préstamos e influencias, de sus modelos, aunque no siempre haya que seguir sus sugerencias. Tuvo clara conciencia de la renovación lírica que supuso su obra tanto en Hispanoamérica como en España, pero -fondo nihilista- sabía que nada dura salvo la eternidad (vacía de contenidos). Fue afin al orgullo baudeleriano de haber puesto su corazón al desnudo, de haber sido sincero, y un idealista adorador de la materia erotizada, un melancólico enamorado de la fuerza solar de los trópicos, de los viajes y las ensoñaciones aventureras (una rareza para la literatura española). Buscó en la fe un refugio que nunca lo respaldó del todo, y en el saber, de Marco Aurelio a Bergson, la comprensión amable del enigma de la existencia, que tampoco pudo ser una respuesta ante la negatividad irremediable de “lo fatal”.

La estación de Roberto A. Cabrera

Gabinete de prensa

Artemisa Ediciones

Madrid

Roberto A. Cabrera nació en Santa Cruz de Tenerife, en 1971, es licenciado en Filosofía por la Universidad de La Laguna. En 1994 coordinó el suplemento literario “Las ínsulas extrañas”, en el periódico El Día, donde trabajó como redactor durante un año. Ha obtenido, entre otros premios, el de poesía Pedro García Cabrera (1991) y el Montblanc a la cultura en Canarias (1993), en la modalidad de literatura. En 2002 publicó Disgregario y El sacrificio, y en 2005 Confesión. Dos años después dio a la estampa Fábulas, seguido de Sueños, claridades, enigmas, colección de fragmentos inspirados en piezas del escultor Román Hernández. Poemas suyos han aparecido en revistas españolas y francesas. Colaboró en la edición facsimilar de El Pensador del escritor ilustrado José Clavijo y Fajardo (Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, 2001), publicando en su volumen introductorio un extenso estudio crítico y un índice onomástico de la obra. En 1996 despertó su afición por la fotografía en blanco y negro, que ha explorado de forma autodidáctica. Ha publicado un reportaje fotográfico del escultor Román Hernández en su estudio (Confesiones para la ironía y la razón y ha participado en la Bienal Fotonoviembre (2001). En la actualidad reside en La Palma.