La escritura del regreso: los diarios de Francisco León

Benigno León Felipe

La Opinión de Tenerife (2C)

Santa Cruz de Tenerife

La lectura de un diario despertará siempre la duda razonable de si ha sido concebido inicialmente para ser publicado, o si la decisión de su publicación es adoptada con posterioridad a su escritura. En cualquier caso, desde el momento en que renuncia a su privacidad y se convierte en un texto público, se somete a las leyes de la comunicación y adquiere, por tanto, el rango de género literario.

Los rasgos y elementos constitutivos del diario: fragmentarismo e incoherencia textual, referencias a situaciones vitales concretas, el carácter abreviado y espontáneo de la información, la falta de forma estructurada, no suponen ya ningún impedimento para su consideración literaria. La razón por la que abandona el ámbito privado quizá habría que buscarla en el interés que en el siglo XIX despertaran los libros y diarios de viajes y el valor consecuente que adquirió el documento biográfico. Por otro lado, desde el momento en que se escribe para ser publicado el ”yo” emisor termina por convertirse en personaje de ficción y ser considerado como tal por el lector. A esta situación contribuye la circunstancia de que también desde el siglo XIX la forma de discurso del diario se utilice como un recurso narrativo más del discurso ficcional.

El diario, más que ningún otro género de los mal llamados “íntimos” (autobiografías, memorias, epistolarios, etcétera), posee la gran ventaja de que permite al lector la posibilidad de penetrar en los entresijos de la concepción y planteamientos estéticos que marcan el proceso de creación de su autor.

Este primer diario de Francisco León (lcod, Tenerife, 1970) recoge anotaciones de los años comprendidos entre 1997 y 2004, con la excepción de 2002. Llama la atención su irregularidad pues las correspondientes a los dos primeros años ocupan la mitad del libro. Este hecho es posible que tenga que ver con la escritura de sus otros libros: Cartografía en 1999, Tiempo entero en 2000, la coedición con Alejandro Kravietz de La otra joven poesía española (2003), además de sus trabajos corno traductor y la dirección de las revistas Can Mayor, Vulcane y secretaría de redacción de Piedra y Cielo. La mayor profusión coincide con los años inmediatamente posteriores a su licenciatura y a la codirección de Paradiso.

A pesar de que en un apunte (pág. 77) señale que tratar de definir qué es un diario en un diario le parece un derroche de fuerzas, lo cierto es que en varios lugares expone su idea de diario, o para qué y por qué lo escribe. El primer apunte, muy breve, es una justificación y declaración de intenciones: ‘”Escribir un diario únicamente para hacerme un mundo, o ‘poseer un mundo’. Un cuaderno para no olvidar. Para equilibrar o compensar mi fatal desmemoria. Un cuaderno donde verme”. A esta idea del diario como memoria y espejo se suma la de “retorno”: “Un diario es un regreso; siempre. Uno regresa a él como regresa el lobezno arrepentido a la guarida materna después del devaneo azaroso en el espíritu colectivo de los hombres” (pág. 77). Al mismo tiempo, rechaza lo que considera una falacia impuesta por los críticos a los escritores: la exigencia de estilo, “que el diario no tiene”. Pero concluye que más que buscar un estilo se debe buscar la voz interior que no procede de las letras, sino del alma. En otros lugares (págs. 51 y 54) vuelve a incidir en la conveniencia y trascendencia de un diario, hasta el punto de preguntarse si es posible fiarse de alguien que no escriba un diario.

Pero además de estas referencias metadiarísticas, habituales en el género, son muy frecuentes los comentarios y reflexiones sobre las lecturas que está llevando a cabo. La diversidad de creadores -entre los cuales predominan los poetas, aunque también hay filósofos. narradores, críticos, así como algunos pintores y músicos- es indicativa del abanico de fuentes de las que se nutre y de dónde provienen sus influencias más determinantes, lo que, sin duda, puede despejar algunas incógnitas que se plantee cualquier lector de su poesía. Es este uno de los componentes más significativos de la obra, lo que indica la preocupación constante por perfilar su concepción de la poesía, por establecer las coordenadas estéticas en las que se siente más cómodo.

Se combinan estas reflexiones con simples descripciones paisajísticas de sus espacios vitales, pero con los que acaba identificándose y estableciendo alguna relación: “El silencio reconfortante de los sembrados que toma mi cuerpo y lo adormece. Sanación por la luz y por el cielo verde” (pág. 20). En algunos momentos estas descripciones consisten en meras referencias cotidianas sin aparente trascendencia, pero que tienen el valor de dar al texto una relativa coherencia narrativa espacial. Nos encontramos también con anotaciones que reproducen textos escritos con otros fines, como borradores de conferencias u otras intervenciones públicas, o poéticas o pequeños ensayos, así como referencias muy críticas a la situación cultural de la isla y a algunas polémicas poéticas.

Algunas anotaciones constituyen breves y logrados ensayos de escritura narrativa, como la que se puede leer en la correspondiente al 1 de noviembre de 1999 (pág. 139) en la que reproduce como narrador testigo una escena cotidiana. Excelente es también el comentario que hace de la audición de una pieza musical basada en la Noche oscura del alma, de San Juan de la Cruz, surgida del recuerdo provocado por la lectura de una entrevista a su autor, Cristóbal Halffter. Esta y otras piezas justifican sobradamente la lectura de este libro.

A pesar de que este diario participa de todas las características propias de la escritura diarística, sobre todo la sujeción que supone el condicionar su estructura al discurrir azaroso y aleatorio de la cotidianeidad del autor, consigue que el discurso fluya de tal manera que el lector puede terminar haciendo abstracción de las limitaciones narrativas que impone el género.

La recomendable lectura de este diario, además de descubrirnos un mundo interior, las incidencias de su escritura, la postura ante determinadas propuestas artísticas, las vivencias y atinadas reflexiones de un poeta, nos descubre a un escritor que se mueve con soltura, precisión y talento en el ámbito de la prosa ensayística y narrativa. Creo que esta constituye una de las sorpresas que nos depara este libro, y que deja abiertas las expectativas de su continuación.

Antonio Ansón: «Somos el paisaje que guardan nuestros ojos»

Natalio Blanco

Cambio 16

Madrid

Su prosa tiene duende y mala leche para dar y regalar, un soplo de aire fresco para rememorar un microcosmos que ya es puro humo, pero que ensalza la fuerza de nuestros orígenes

Humor e ironía para describir la crudeza de un mundo, el rural que se va perdiendo, quizá como un sentido homenaje. ¿Es así?

El humor es una forma de plantar cara a situaciones límite que, de otra forma, resultan insoportables. No obstante, muchas de las escenas que parecen esperpénticas son una estricta descripción de la realidad. Más que homenaje al mundo rural se trata de una reivindicación. Creo que la dominante en el background español ha sido y sigue siendo rural. Todas las grandes ciudades de España se han nutrido de las gentes de los pueblos de sus alrededores. Lo malo no es ser rural sino dar la espalda a lo que nos identifica. La España moderna se ha construido sobre una amnesia voluntaria, histórica y social. Nadie quiere hoy recordar quién fue, de dónde vino. Los niños descritos por Juan Goytisolo en Campos de Níjar se pasean ahora en 4×4 con los bolsillos repletos de billetes. Y no está de más recordar qué era España hasta ayer mismo. Llamando a las puertas del cielo es eso, un recordatorio con un pellizco de mala leche.

Un muerto habla en primera persona. ¿Es un avance de lo que se va a encontrar: muerte y desarraigo?

El narrador muerto pertenece a una tradición que remonta a François Villon, María Luisa Bombal o Rulfo. El libro tiene diversas lecturas. Una es la historia de cada una de las muertes de los personajes, que traga con la que merece (casi siempre). El desarraigo es lo peor que nos puede suceder. Somos lo que comemos y el paisaje que guardan nuestros ojos. “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”, dice Pavese. El desarraigo es una muerte antes de tiempo.

¿Su pasión por la fotografía se ve reflejada en el estilo directo de esta novela?

Hay tres fotógrafos españoles extraordinarios que son como una puesta en imágenes de la novela, igual que aquellas fotos fijas que se ponían antes en los cines anunciando la película: Cristóbal Hara, Cristina García Rodero y Juan de la Cruz Megías. Las fotos cuentan más por lo que callan que por lo que dicen. En Llamando a las puertas del cielo ocurre algo parecido. Y comparte con la fotografía, no tanto los tonos sepia de la nostalgia (ausente en el libro), como la intensidad de la narración concentrada en un encuadre preciso y limpio.

Para escribir una novela sobre un mundo tan particular como éste parece necesario haber mamado los códigos rurales de una época que se diluye.

Yo nací en un pequeño pueblo del interior, Villanueva de Huerva, aunque enseguida mis padres emigraron a la capital. Durante toda mi infancia y adolescencia he mantenido mis lazos con el lugar y la casa donde nací. Intelectualmente he crecido en la ciudad. Mi crecimiento emocional es campesino. La primera vez que tuve en mis brazos a una mujer fue en la plaza de mi pueblo, bailando un bolero. Mi primer beso sabía a carrasca y cigarrillo americano.

Sus personajes rezuman vida propia. ¿Por qué el mundo rural da siempre tan buena cosecha literaria?

Los personajes de mi novela rezuman la misma vida que los personajes neoyorquinos de Auster, porque tienen derecho a estar donde están. Y están, ya lo creo que están.

Transición

Agustín Sánchez Vidal

Heraldo de Aragón

Zaragoza

Cada aniversario de la famosa Transición española sirve, como mínimo, para añadir una capa más de maquillaje sobre los afeites y afeitados con que se ha venido aderezando este tramo histórico, según las necesidades políticas de quienes gobiernan en cada momento. Sucede, sin embargo, que tenemos la suficiente buena memoria como para recordar lo sucedido de verdad, sin que nos lo edulcoren al estilo “Cuéntame”.

Lo que más se echa de menos en estos desfiles conmemorativos de figurones con frase -los supuestos “protagonistas” es el reconocimiento de lo que le costó al sufrido pueblo español semejante proceso, los testimonios evocados por la gente del común, a pie de obra. Y por eso se agradece tanto una novela como Llamando a las puertas del cielo, que acaba de publicar Antonio Ansón. Ahí está el patético esfuerzo de un país rural que se las hubo de apañar, como Dios le dio a entender, para dejar atrás su secular atraso, sacar pecho, ponerse sus mejores galas y ser admitido en el aquel selecto club llamado Europa.

Es su primera novela, pero en absoluto la obra de un primerizo. En ella se constata desde las páginas iniciales un escritor muy cernido, que ha llegado a ese punto por sus pasos contados y bien medidos. No es solo cuestión de estilo. Y menos aún de eso que demasiado a menudo suele mal entenderse por “estilo”, el que se deja notar, la prosa sonajero. Es cuestión de honestidad intelectual, de necesidad. De tener algo que decir, de respirar por alguna herida que convierta la escritura en un acto de reparación, en algo imprescindible. Y esto abunda mucho menos de lo que parece.

Desde luego, es el caso de Llamando a las puertas del cielo. Antonio Ansón es un escritor a tener en cuenta desde hace ya muchos libros. Solo que ahora ha dado el paso decisivo de mostrarlo a través de una ficción extensa y sostenida, de abrirse a públicos más amplios. Y vaya si lo ha conseguido.

Melchor López: la desnudez telúrica

Adelaida Ríos Cruz

La Opinión de Tenerife (2C)

Santa Cruz de Tenerife

Melchor López (Tenerife, 1965) publica su cuarto libro de poemas, Fama del día seguido de Escrito en Arrieta. Descontado el cuaderno Trece poemas (1993), su primer libro fue Altos del sol (1995), al que siguieron El estilita (1998) y Oriental (2003). No es, como puede verse, un poeta demasiado abundante, pues en casi quince años sólo ha dado a la luz cuatro entregas definidas casi siempre por su brevedad. Todas ellas, sin embargo, conforman un corpus poético ya sólido, marcado por la hondura de la voz lírica y por la recurrente reflexión sobre la condición insular. Común a todos estos poemas es también la flexibilidad de las formas y los procedimientos, que conduce al poeta a una alternancia del verso y de la prosa, en textos caracterizados siempre por una gran concentración expresiva y por un uso decididamente personal de ciertos recursos iterativos.

Tal vez convenga empezar por este aspecto, es decir, por el cuidado y la atención que Melchor López ha prestado, desde sus inicios como poeta, al plano técnico-formal, una dimensión no siempre tan vigilada como se debiera por parte de los poetas de las últimas generaciones. Si bien en los primeros libros de Melchor López se combinan distintas formas de versificación, entre las que destacamos la abundancia de «haikus» y «tankas» -composiciones extremoorientales, como es sabido, formadas por pentasílabos y heptasílabos-, en Fama del día se combinan versos de metro impar según el viejo y evolucionado modelo de la estancia y la silva. Sin embargo, en Fama del día llama la atención, por encima de todo, la estructura externa, marcadamente armónica, pues aparece compuesta por dos partes con un número idéntico de poemas (doce) en cada una de ellas y, en el medio, un eje o “pivote”, que además se llama así, “El eje”, y que relaciona la primera parte con la segunda. El eje, en este caso, versa sobre una montaña (“donde los infinitos del espacio / y del tiempo se suman”) que conecta al paisaje insular alumbrado por la imaginación metafórica de la primera parte con la parte tercera, más vinculada al universo íntimo del poeta, en la que los paisajes y los espacios se “interiorizan” y nos remiten también a momentos pretéritos que se funden con la propia infancia del “yo” lírico.

La reflexión sobre el espacio es ya antigua en los poetas canarios. Melchor López tiene su propia y personal idea interpretativa del paisaje insular. La suya es una percepción antinaturalista en la que impera un paisaje desnudo, no decorativo, una interpretación opuesta tanto a cualquier forma de tipismo o regionalismo como a toda tentación esteticista. El poeta tinerfeño nos muestra, en algunos momentos, imágenes ciertamente violentas del paisaje, unas imágenes que consiguen transmitir la agresividad de los elementos: “bestia famélica del viento”, “sol abrasador”, “oleaje perpetuo”. Ante los elementos, ante la presencia casi “animal” de la naturaleza, el hombre se siente empequeñecido, indefenso. No falta el testimonio de esa acción terrible de la naturaleza, como es el caso del poema “Estela para los trece paracaidistas muertos en Tefía», un testimonio en el que se entrevera, por otra parte, la crítica política, con la cual el hondo lirismo que domina en el libro no entra en contradicción en ningún momento. Se trata de una simple voluntad de coherencia por parte del poeta.

Siente éste siempre necesidad de comunicarse con el espacio insular, con los áridos paisajes característicos de las Canarias orientales (incluidos los de la isla de Lobos y el Roque del Este, objeto una y otro de sendos poemas), que es siempre, antes que nada, necesidad de alcanzar la visión poética a través de la identificación de la palabra con el mundo natural («El viento, la voz”). De este modo, la soledad como metáfora equipara la isla con una embarcación que marcha a la deriva: el mar, que por un lado identifica, por otro aísla, crea un aparte. Este recurso, en una mirada más universal, coloca también al planeta surcando sin rumbo los mares estelares. Así pues, la soledad insular es proyectada y convertida en una soledad universal. El mar vuelve a ser en este poeta, igual que lo ha sido y lo sigue siendo en otros autores de las Islas, un elemento ineludible para comprender la presencia del ser en el cosmos. Como escribiera Pedro García Cabrera en su ensayo “El hombre en función del paisaje”: “La isla, para definirse, necesita -imprescindiblemente- del mar […] nuestro arte debe construirse, esencialmente, con mar […]”.Y en él se funda también la palabra de Melchor López: “Allí vibran las islas / como hitos milenarios / en el mar, en las auras / crecientes de la tarde”.

Otros temas preocupan al poeta tinerfeño: la muerte que permite que las cosas, los objetos, nos sobrevivan; el poder de lo telúrico; la religiosidad basada en la humildad y la templanza, como ya se cristalizara en su libro El estilita, la capacidad de la imaginación para seguir sus impulsos sin perder nunca de vista la realidad visible… El componente erótico igualmente concurre en Fama del día. Las Nausícaas homéricas -que podríamos asociar con el mito de Dácil, pues seducen y son seducidas por el desconocido-, esperan bajo el sol a Príapo, el dios menor griego, personaje fálico por excelencia. Por otra parte, se manifiesta la inexistencia de una ruptura definitiva con el pasado: el poeta regresa a universos pretéritos como el de la infancia y rememora hechos que hacen pensar en textos de carácter intimista propios de la escritura diarística: “Los goznes de la gran puerta del año / giraron de repente, y el pasado ocupó, / desbordante, las amplias cámaras del presente”.

El hombre se siente unido a la tierra. El poder telúrico lo envuelve. Según la simbología, la conexión entre la piedra y el alma es muy estrecha. La piedra y el hombre presentan un doble movimiento de subida y de bajada: el hombre nace de Dios y vuelve a Él; la piedra desciende del cielo y, transmudada, se eleva hacia él. La montaña en la que el hombre coloca su mano le transmite poder. Melchor López es un poeta muy atento a estos valores simbólicos y, como poeta que es plenamente comprometido con la modernidad literaria, logra en este libro transmutar en intensas imágenes su manera de estar en el “mineral inédito” del mundo, su manera de interpretarlo y de vivirlo. Démosle la última palabra: “Ya baja la luz, ya subo hasta ti, Sol”.

 

Ansón en «La ciudad invisible»

Alfredo Laín

RNE (Radio 3)

Madrid

http://palabrayvoz.blogspot.com.es/2007/06/llamando-las-puertas-del-cielo-antonio.html

La editorial Artemisa, radicada en La Laguna, edita la novela Llamando a las puertas del cielo, del zaragozano Antonio Ansón.
En su libro, Ansón cuenta (y yo cortapego de la editorial) “la historia de una generación que se hizo adolescente en esos pocos años que fueron, como el propio Ansón los caracteriza, ‘el limbo del tránsito de una generación que llegó tarde para hacer la revolución y temprano para apuntarse a las floreadas camisas de los modernos'”.
Tal y como Antonio Ansón, que es un apasionado de la fotografía y la imagen diría, es “la instantánea de una sociedad rural que llama a las puertas de Europa, es una metáfora sobre la aldea que llevamos dentro”.
Entre El camino y On the road (por aquello del inglés) pasearemos esta tarde con el propio autor para conocer el paisaje y el paisanaje del pueblo en el que transcurre Llamando a las puertas del cielo: Valcorza.

Voltaire lúcido y paródico

Javier Ozón Górriz

La Vanguardia

Barcelona

http://www.infofilosofia.info/modules.php?name=News&file=print&sid=431

Voltaire, como tantos otros clásicos, es un autor omnipresente en tratados y enciclopedias cuya obra apenas goza de espacio en las librerías españolas, circunstancia normal en un autor del siglo XVIII pero que nos lleva a celebrar cualquier esfuerzo por remediarlo. Micromegas y otros relatos filosóficos recoge siete cuentos breves, escritos en clave de parábola y que llevan el calificativo de filosóficos porque exponen el pensamiento de su autor y carecen sustancialmente de anécdota. Lo cual no los convierte en ensayos o panfletos. Milagrosamente son cuentos, escritos con una heterodoxia y ligereza de estilo que sólo pueden compararse con la profundidad de sus contenidos, si convenimos en que poner a la raza humana en su justo lugar es una empresa de enorme calado.

Por abreviar, citaremos el argumento del primero de ellos, “Micromegas”, concebido bajo el influjo de los Viajes de Gulliver. Micromegas es un gigante nacido en la estrella Sirius, de gran tamaño e inteligencia, que llega de viaje a la Tierra acompañado de un académico que ha conocido en Saturno. Después de rodear el globo terráqueo en pocas horas, los viajeros caen en la cuenta de que el planeta está habitado por unos seres diminutos con los que entablan conversación y cuyo ingenio -pues lo que han interceptado es un barco en el que viaja una expedición científica- no deja de asombrarlos, así como algunas de sus insólitas costumbres, entre las que destaca su manía de matarse los unos a los otros por un trozo de tierra para entregárselo más tarde a tal o cual hombrecillo, llámese sultán o César. La crónica concluye con un cierto enojo de los viajeros al comprobar que aquellos seres infinitamente pequeños tienen “un orgullo casi infinitamente grande” y con el regalo de un ensayo sobre el porqué de las cosas que más tarde, al abrirlo, resulta estar en blanco.

El libro entero es, por decirlo resumidamente, un irónico tratado de la naturaleza humana que encadena con pasmosa facilidad comentarios jocosos y episodios desternillantes. Y hay que decir que en conjunto hemos progresado tan pobremente que dichas parodias siguen teniendo plena vigencia, como la del preceptor que, en el relato que lleva por título “Jeannot y Colin”, explica a los padres del primero las razones por las cuales no es necesario instruir a su hijo en materias como las lenguas clásicas, la astronomía o la geometría, cayendo en la más huera de las retóricas, tras lo cual dice Voltaire: “El señor y la señora no comprendían en absoluto a qué se refería el preceptor, pero estuvieron enteramente de acuerdo con él”. Ejemplo perfecto de la congénita incapacidad de Voltaire para la amargura o, si se prefiere, de su natural disposición a convertir toda su obra en una celebración de la alegría de pensar, aunque sea a costa de los más hilarantes extremos de la estupidez humana.

Y hay que añadir que Voltaire no sólo es un elocuente polemista, sino también un formidable prosista que merece un puesto junto a las más grandes plumas de la literatura occidental: Cervantes, Sterne, De Quincey, Schopenhauer, el mismo Diderot, pongan ustedes a quien quieran, que el gozoso estilo de Voltaire no le desmerecerá, mucho menos si se inscribe en el marco de una edición, como la que aquí presentamos, de tan perfecta factura. Porque un libro, como todo el mundo sabe, debería ser dos veces hermoso: por lo que parece y por lo que es, y este Micromegas -compruébenlo ustedes- cumple holgadamente ese doble precepto.

Narrativa: «El socio»

Natalio Blanco

Cambio 16

Madrid

Un hombre sin escrúpulos embauca a su honrado socio para hundir un barco de su propiedad y así poder cobrar la prima del seguro. Con este sencillo planteamiento, el autor de El corazón de las tinieblas navega en las procelosas aguas de la condición humana llevada al límite de sus consecuencias.