Un libro recupera las cartas que se cruzaron Rilke y Balthus

Antonio Lucas

El Mundo

Madrid

Después de vagar por media Europa con un hatillo de poemas y un traje bien cortado, Rilke llegó a Suiza y allí descubrió, en 1919, que aquel Balthasar Klossowski, el hijo de su amante Baladine, el niño de 12 años que quería ser pintor, era capaz de manejar el lápiz con soltura, con énfasis, con fulgor.

Rilke tenía 44 años y la obra bien perfilada. Había publicado Elegías de Duino y los Sonetos a Orfeo, ya no era el poeta errante, sino que iba en busca del silencio sagrado, del retiro final (o casi), siempre con una mujer cerca como estímulo intelectual y tantas veces como sostén pecuniario: Lou Andreas Salomé (de la que también se enamoró Nietzsche) y la aristócrata Marie de Thurn und Taxis fueron dos de ellas.

Pero el descubrimiento del niño Balthus despertó en el poeta una vocación de gurú, de casi padre. De aquella relación salió el prólogo al primer libro de dibujos del joven aprendiz de pintor y una serie de cartas que publica ahora la editorial Artemisa en el volumen Mitsou, historia de un gato, seguido de Cartas a un joven pintor, traducidas y prologadas por Juan Andrés García Román.

Este cruce epistolar es la revelación de una amistad en la que el intercambio de intuiciones se va haciendo más sólido y cómplice con los años. El correo se prolonga de 1920 a 1926, año de la muerte de Rilke. Y la formalidad de las primeras cuartillas desemboca al final en una devoción mutua entre dos de los grandes creadores del siglo XX: “Aun tan joven como es usted, su instinto artístico me parece lo suficientemente profundo como para llevar en sí mismo un juicio inconsciente (…)”, apunta el autor de El libro de Horas.

Por entonces el pintor preparaba su primer viaje a París. “Parta, mi querido amigo, y sea feliz: quién podría decir más, a sabiendas de que es París quien lo espera”. Allí le aguardaba el impulso febril del arte, el brinco de las vanguardias calentándose con un fuego sin pronóstico, la ansiedad colectiva… “Quiero ser el primero en darte tu libertad”, le escribió Rilke.

Balthus tomó esa antorcha y se lanzó a la selva invocada de la pintura, el joven con maneras de príncipe mayor. El poeta, a su vez, se apagaba en el castillo de Muzot-sur-Sierre, perdiendo la costumbre de vivir.

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Abrevadero de estudiosos

Antonio Jiménez Morato

Vivir del cuento

web

http://vivirdelcuento.blogspot.com/2007/03/abrevadero-de-estudiosos.html

La idea que el lector tiene de Robert Louis Stevenson estará siempre marcada por sus dos libros más famosos: La isla del tesoro es un clásico de las lecturas juveniles y El caso del doctor Jeckyll y Mister Hide se ha convertido en un arquetipo literario al que siempre se retorna narrativa o conceptualmente. Es el autor de dos libros que todo el mundo dice, o cree, haber leído, pero que, por desgracia, muy pocos han, realmente, experimentado.

Hay, por lo tanto, que insistir, siempre, en que se lean esos dos libros, que son, con casi total seguridad, lo mejor de su obra. Pero, también, se impone, a la luz de la edición de estos ensayos por parte de Artemisa y de una edición de Losada, que coincide con muchos de los artículos aunque es un poco más amplia, el debate sobre la vigencia de su producción ensayística.

Leyendo los siete artículos que incluye este libro uno comprueba la calidad de la prosa de Stevenson, la capacidad de allanar conceptos y de presentarlos al lector de un modo fácil, una engañosa facilidad que se evidencia a la luz de la lectura del primero de los artículos. También depara este libro razones más que sobradas para considerar a Stevenson algo más que un autor sencillo, puesto que en estas páginas vemos a un literato consciente de su oficio, que reflexiona sobre algunos aspectos del mismo y confiesa detalles y pormenores de su propia producción.

Pero, haciendo el arqueo final, qué se nos ha quedado fijado en la mente tras la lectura del libro: Pues que Stevenson es un autor con una clara intuición y que sabe discernir aspectos relevantes de su profesión, pero no es, desde luego, un ensayista fundamental. Algunos de los textos aquí recogidos tienen un interés para el estudioso, para seguir de la obra de Stevenson. La génesis y el prefacio de El señor de Ballantrae, el artículo sobre La isla del tesoro o el otro sobre los libros que le han influido no son textos que interesen a un lector que no sea seguidor ya de Stevenson. “Sobre algunos elementos técnicos de estilo en literatura” es un interesante artículo que le resulta mucho más relevante a un lector sajón que a uno de cultura hispana. Las apreciaciones fonéticas, que son fundamentales en la literatura de lengua inglesa, son menos relevantes en una lengua como la española, con palabras más largas y un ritmo distinto. Se da en este caso, como en muchos otros textos que se traducen al respecto de autores anglosajones, un evidente problema de falta de visión del editor, que se ciega por su conocimiento del inglés que, en la mayoría de los casos, no tiene el destinatario del texto y que, y ahí radica lo verdaderamente problemático del asunto, aunque lo sepa tampoco le sirve para nada porque no usa esa lengua. A mí, como escritor, me sucede siempre lo mismo en estos casos, pienso que el texto está muy bien y qué bonito todo lo que dice, pero hasta que no me ponga a escribir en inglés no le veo demasiado interés al asunto.

“La moral de la profesión de las letras” y “Un comentario sobre el realismo” serían, por tanto, los dos artículos que podrían interesar a un mayor espectro de lectores. Y están trufados de apreciaciones, intuiciones, muy interesantes. Lo que sucede es que, vistos desde hoy, dichas intuiciones han sido ya estudiadas de un modo más extenso e intenso, y los referentes desde los que escribe Stevenson se han vuelto muy caducos. Por ejemplo, la continua referencia a Scott –que es un autor cuya valoración ha ido menguando de modo exponencial a medida que, precisamente, aumentaba la del propio Stevenson- o a Zola –que es hoy pasto de estudiosos de la novela decimonónica pero que ha envejecido hasta carecer casi de interés fuera del estudio filológico.

Las conclusiones que se sacan de la edición de este libro es que es siempre conveniente acercar títulos y textos no traducidos al lector hispano, y que los interesados en la obra de Stevenson deben estar frotándose las manos ante las novedades aparecidas en tan breve plazo de tiempo. Pero tampoco hay que dejarse engañar, el interés de los textos recogidos en este libro para el lector medio es muy escaso, y no sirven para engrandecer la posición de Stevenson, porque no son, desde luego, lo mejor que salió de su pluma.

Recomendación: «Mitsou, historia de un gato»

Natalio Blanco

Cambio 16

Madrid

La infancia como epicentro del que surge toda la creatividad desplegada en esta exquisita obra de la editorial tinerfeña por dos autores del pasado siglo, que de forma conjunta —Balthus con sus 40 viñetas impactantes y Rilke con una prosa bastante cercana al estilo naif— presentan en un alarde de originalidad extrema.

La visión sobrecogedora

Ángel Rupérez

El País (Babelia)

Madrid

http://www.elpais.com/articulo/ensayo/vision/sobrecogedora/elpepuculbab/20070310elpbabens_12/Tes

Una de las mejores rutas para adentrarse en la poesía visionaria de William Blake es a través de sus primeros libros: Tiriel y El libro de Thel. Mientras el primero son las peripecias de un Lear errante, el segundo formula las preguntas inquietantes de siempre.

Con apenas treinta años, el poeta maldito William Blake (1757-1827) concibió dos historias –Tiriel y El libro de Thel– que anunciaban mundos de fecunda progenie y hermética significación. Ambas fueron escritas hacia 1789, por las mismas fechas que sus geniales Cantos de inocencia y Cantos de experiencia. No consiguió nunca Blake hacerse entender en su tiempo y su marginalidad fue atronadora (aún nos sacude y conmociona), tal vez como nunca se haya visto caso igual en la historia de la literatura occidental. Se autoeditó prácticamente todos sus libros y los ilustró él mismo, con una imaginación plástica que en ocasiones aplaca la turbulencia de sus invenciones verbales y en otras la prolonga en una suerte de torbellino icónico pleno de sobrecogedoras visiones.

Tiriel es manifiestamente el relato más árido y sombrío. Cuenta la historia de un Lear destronado por sus propios hijos que vagabundea inútilmente en busca de cobijo o redención sin más salida a su angustia que la muerte que encuentra al final. Los escenarios son netamente oníricos, los personajes tienen nombres de leyenda fantasiosa en extremo, las pasiones son tétricas y radicales, el hombre es un títere de su destino errático. La claridad narrativa no se corresponde con el significado que nace de las peripecias de este Lear errante. Surge de ellas una especie de aturdimiento alegórico, algo semejante a la necesidad de hilar significaciones que a la vez es imposibilidad de hacerlo con tranquilidad porque estas invenciones huyen de los corsés que reducen a idea clara lo que esencialmente es trastorno, agitación e ímpetu indomable (las palabras no doman ese ímpetu sino que lo anuncian como pueden): “Mi destino es viajar por riscos y montañas, no por valles amables. / En mi locura y mi desdicha, no debo descansar ni conciliar el sueño”. Pero Mnetha respondió: “No vagues solo en la penumbra; / quédate con nosotros y permítenos ser tus ojos; / yo te daré alimento hasta que la muerte te reclame”. El error sería decir: meras palabras de la imaginación, puras contraseñas de la ficción. El acierto es decir: lee esto como si fuera la verdad de un hombre porque probablemente será la verdad de un hombre. “Permítenos ser tus ojos”: ni siquiera Shakespeare escribió algo semejante.

El libro de Thel no es menos perturbador pero su apariencia es más mansa y arcádica. Los ecos spenserianos y miltonianos suavizan la alegoría salvaje y radical, el terremoto espiritual que anida en estos versos luminosos como sólo pueden llegar a serlo en la versión lírica de Blake. Thel se pregunta sobre lo que todos nos preguntamos: ¿por qué nada es duradero? ¿Por qué necesitamos vivir el acabamiento y la finitud como lo más esencial de nuestras vidas? A Thel le responden el lirio, la nube, el gusano y el terrón de arcilla en una sucesión dialógica sencillamente portentosa, fuente de toda imaginación ingenuista que oculte más o menos perturbadoras intenciones (¿nos acordamos del Lorca del Poema del cante jondo, sin ir más lejos?). El espíritu de los Cantos de inocencia y los Cantos de experiencia está aquí instalado, con toda su gracia y también con toda su maldición oculta. Nadie calma del todo a Thel que al final se ve enfrentada con su propia muerte y sale despavorida al oír que de su propia tumba salen preguntas que atentan contra toda clase de aherrojamientos, prisiones, simplificaciones y ataduras, en la mejor tradición del insumiso, radical, salvaje y marginado Blake: “¿Por qué una tierna brida sobre el joven fogoso? / ¿Por qué un pequeño velo de carne sobre el lecho de nuestro deseo?”.

Nunca entenderemos adecuadamente a este poeta, jamás dormitará tranquilamente en nuestras lecturas.

Francisco Ferrer Lerín

Mateo de Paz

Blog de Mateo de Paz

http://mateodepaz.blogspot.com/2007/03/francisco-ferrer-lern.html

Ciudad propia. Poesía autorizada (Artemisa Ediciones, 2006) es la obra de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942). Digo la obra porque en ella se incluyen los tres libros que el autor ha publicado hasta la fecha –De las condiciones humanas (Trimer, 1964), La hora oval (Llibres de Sinera, 1971) y Cónsul (Península, 1987)- más casi una treintena de inéditos. La edición ha sido realizada por el poeta y traductor Carlos Jiménez Arribas, quien ya lo estudió en su tesis El poema en prosa en los años setenta (Uned, 2006). Incluye además los prólogos de las primeras ediciones de los libros a cargo de José Corredor Mateos, Pedro Gimferrer y Pere Gimferrer, respectivamente, además de una interesantísima nota biográfica escrita por el albacea de la obra, Javier Ozón Górriz. Con Ciudad propia se desentraña el misterio del genético jugador de póquer, del ornitólogo profesional, del poeta situado en las notas a pie de página de un capítulo sin texto escrito, en definitiva, el misterio de una obra perdida durante más de cuarenta años. Frecuente en el recuerdo de amistades notables (Azúa, Gimferrer, Panero, Frederic Amat, Javier Marías, etc.) es deudor de la zoología de Borges, de Tzara, de Saint John Perse, Pound, Rulfo o Kafka. Se hace necesario recordar las palabras que Enrique Vila-Matas le dedica en Bartleby y compañía: Ferrer Lerín “estudia a los buitres -dice-, tal vez también a los poetas de ahora, buitres la mayoría de ellos. Ferrer Lerín estudia a las aves que se alimentan de carne -de poesía- muerta”. La veneración de algunos novísimos, como Félix de Azúa o Pere Gimferrer, ha hecho pensar a fanáticos y primeros exploradores de su obra que fue injustamente excluido de la fotografía novísima. Pero el narrador y poeta barcelonés ha dicho que “nunca” pensó en “constituir grupos”. Su labor silenciosa es efecto de ese escritorio solaz que ocupan los hombres solitarios, aquellos que no aparecen en la fotografía o han salido movidos porque algo les incomodaba. Practica una literatura fronteriza, cuyos poemas en prosa, según Jiménez Arribas, “muy escorados hacia la narratividad, cobran nueva luz si son leídos como poemas”. Según esto, acaso algunos poemas en verso, como a veces sucede, cobren nueva luz si son leídos como narraciones. Practicar esta arriesgadísima manera de entender la poesía no siempre termina en recompensa. Sin embargo, Ferrer Lerín es un ejemplo a seguir por poetas que practican únicamente el verso clásico, se vuelven traducciones de sí mismos o de iconos encumbrados al Parnaso del aburrimiento. El siguiente poema se titula “Tzara” y pertenece a La hora oval (1971), toda una poética:

Luchar contra el anquilosamiento de las palabras

moverlas disponiendo nuevas mallas sacudir la estructura del poema 

despertarlo

se trata de agarrar un objeto ver su nombre pesarlo medirlo olerlo observarlo

darle libertad para que se manifieste

para que se realice totalmente

cambiar la decoración la situación de los muebles del salón de todos los días

la palabra corre y se adhiere

aparece un grito una modulación un fondo un sentido

se crea sonido de frases con los elementos volcados

se crea sonido de frases con los elementos bajo otros aspectos

valorar lo que tenemos

llegar a exprimir el color y la forma de las letras unidas

cuidar y dar vida al poema exhaustivo que creamos

madurar la idea sobre la posibilidad lingüística

conocer el léxico tanto que huelga la estrecha gramática

las frases nacen limpias

criticamos los versos con los versos

demostrar nuestro convencimiento con la anarquía en la elección

cavilando nuevos programas

saber qué se vierte sobre la hoja blanca

aquí ahora poder columbrar nuestra diaria vida

desconocida

la vida ceñida que desatamos

hasta que auténtica se refleja en lo que no se limita a un modo

que incumbe el total de mis actos

que a modo de canto damos lúcidos

porque se domina el oleaje y el calado de la semántica.

«Entre escritores es difícil una buena relación porque la tarta a repartir es pequeña»

Luisa Pueyo

Diario del Alto Aragón (Dominical)

Huesca

Francisco Ferrer Lerín tiene la doble condición de científico y literato, y si en la primera se muestra especialmente preocupado por el cambio climático y el calentamiento del Planeta, en la segunda está de enhorabuena: en 2005 publicó su primera novela, Níquel; el año pasado vio reeditados en un sólo volumen de más de 300 páginas, Ciudad propia. Poesía autorizada, sus tres libros de poemas, De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987), junto a algunos versos inéditos; y en abril verá la luz Bestiario, que amplía a todos los animales el trabajo iniciado con su tesis doctoral Los ornitónimos del Diccionario de Autoridades.

Este último libro lo publica Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores. “Es la primera vez que trabajo con una gran editorial y que me van a pagar de verdad. Cuando me dijeron que me iban a dar un adelanto, casi les digo que no, porque no estoy acostumbrado. Bromas aparte, es un libro que está muy bien, de recuperación de todas las entradas de carácter zoológico mágico de viejos diccionarios, manuales apócrifos y algunas mentiras que se han colado”. También es un proyecto “que vengo arrastrando desde que estuve en la Universidad de Granada como profesor de Lingüística Catalana. Aproveché para hacer mi tesis doctoral, pero no pudo ser porque asesinaron al único profesor que podía llevarla”.

Licenciado en Filosofía Hispánica, este poeta barcelonés de 65 años, padre de la “Generación Novísima”, lleva la mitad de su vida afincado en Jaca, ciudad a la que llegó para trabajar en el Centro Pirenaico de Investigaciones como ornitólogo becario dedicado a la protección de las aves por las que siente especial pasión, las grandes rapaces, sobre todo las necrófagas.

Ferrer Lerín, que combina sesudas argumentaciones con la ironía y el humor, explica que con la reedición de su poesía ocurrió “eso con lo que todo escritor sueña: que llama a tu puerta un editor diciendo que quiere publicar tu libro. Para mí no es difícil escribir, sino publicar en condiciones. La propuesta me llegó hace un año y en cuestión de dos meses, el libro estaba en la calle. El mérito es de los canarios Artemisa Ediciones, gente muy joven y entusiasta, a la que la vida les va a tratar duro porque vender libros de poesía es muy difícil, aunque hay que decir que la primera edición de Ciudad propia ya está agotada.

La obra ha recogido críticas entusiastas de quienes ven en Ferrer Lerín un poeta singular e irrepetible, como le han calificado los intelectuales que acudieron en febrero a la presentación de la obra en Barcelona, con Félix de Azúa, su gran amigo, como maestro de ceremonias. Sus primeros amigos poetas “van quedando reducidos prácticamente a la nada, unos porque mueren, otros porque enloquecen, pero he recuperado a Félix de Azúa, mi amigo del alma. Los que me acompañaron en la presentación pertenecen a generaciones posteriores, y con ellos me llevo realmente bien”.

“Todo escritor tiene en otro escritor un competidor, y esto lo expresaba muy bien Cabrera Infante, al decir que cuando le presentaban a un escritor, aunque tuviera 15 años, veía en él un enemigo; pues mucho más si era de su propia generación”, y esto se debe a que en el mundo literario “es mucho más difícil mantenerse en buena relación con los compañeros porque como los beneficios económicos son siempre exiguos, la tarta a repartir se queda pequeña”.

Mientras como escritor se plantea las cosas de forma relajada, como científico está “muy preocupado por el cambio climático, concretamente por el calentamiento global. Mucha gente se lo toma a broma y frivoliza al decir que es cosa de los ecologistas, pero desgraciadamente los ecologistas casi siempre tienen la razón. El aumento de temperaturas es alarmante, e incluso gobiernos de ideologías reaccionarias comprenden que hay que cambiar las cosas”. Prueba de lo que sucede es “un caso curioso, yo diría que dramático, aunque pueda parecer pintoresco, que se da en la Jacetania: la colonización por aves como la abubilla o el abejaruco, característicos de lugares con temperaturas muy altas. Más llamativo aún es que desde hace 4 años se ha instalado una pequeña colonia de currucas cabecinegras, un pajarito muy pequeño propio de zonas de costa como las que en Cataluña se llaman garrigas. Esto era impensable cuando yo llegué aquí, hace casi 40 años”. Por eso entiende que, en lo que se refiere a la nieve, “hay que ir pensando en lo que se nos avecina y saber qué hacemos con las estaciones de esquí, y más con las que todavía hablan de aumentar la superficie esquiable”.

“En cuanto a ecologismo y a fuentes de energía -precisa-, se está produciendo una revisión profunda porque las energías alternativas no son en absoluto recomendables. Por ejemplo, está el impacto visual de los aerogeneradores o la espectacular mortandad que están causando en la fauna. En resumen, hay que reconsiderar la energía nuclear, algo a lo que quienes militábamos en movimientos hace 40 años nos oponíamos frontalmente”. “Con la energía nuclear no se puede jugar”, pero el avance de la tecnología y el que “prácticamente no cause calentamiento global” son argumentos a su favor. Un accidente como el de Chernobyl tiene más que ver con “la situación de la ex Unión Soviética, donde coger un avión o un tren entraña un riesgo gravísimo. En Francia, donde el 80 por ciento de la energía viene de las nucleares, es impensable”.

Por otro lado, no hay que olvidar la repercusión directa en el ser humano de las guerras, “que no son como en la Edad Media, cuando, por decirlo de forma que resulta incorrecta, aligeraban la población en el Planeta, mientras que hoy día la madre de todos los problemas es la explosión demográfica”.

¿Hacia dónde vamos?, según Ferrer Lerín, “hacia la inteligencia”. “En 1997 hubo una reunión en París en la que las cabezas supuestamente mejor amuebladas del mundo vaticinaron un siglo XXI laico, en el que la mujer sería determinante y, como consecuencia de esto, la población podría controlarse. Nada de esto se está cumpliendo. El problema de África, por ejemplo, en cuanto a explosión demográfica, es tremebundo. Es ahí donde está el germen de buena parte del dolor de la humanidad, el de esos niños moribundos y esas madres que están pariendo sin cesar. Esto sucede porque la mujer no tiene ningún poder decisorio y vive en sociedades absolutamente machistas. Además, está por medio la religión -la losa mayor que tiene la humanidad, la que ha tenido siempre-, contraria al uso del condón, que sería decisivo para frenar más que el sida, tanta mortandad”.

El laicismo “no sólo no se ha conseguido, sino que hay un rebote. A todos estos desgraciados que no tienen más remedio que dejar sus países y ven ir a Europa, aquí se les ataca y se les imputa, por el Islam”, pero con el catolicismo “yo recuerdo que de niño me recriminaron por ir a misa de 12 con pantalón corto. Mientras no se resuelvan estos problemas, que están absolutamente ligados, no tenemos nada que hacer”, concluye.