Una breve lección de Maupassant

Natalio Blanco

Cambio 16

Madrid

La editorial canaria Artemisa ofrece bajo el bello título de La belleza inútil una de las historias más conmovedoras del coetáneo de Zola, en la que un matrimonio formado por una hermosa mujer y su celoso marido dan pie a una reflexión sobre la lucha del ser humano por sobrevivir en un mundo donde no parece haber sitio para él.

64 epigramas

Luis García

Oviedo Diario (Culturas)

Oviedo

Creía haberlo leído todo de Ambrose Bierce, autor de los fantásticos Cuentos de soldados y civiles. Craso error. Pero lo sorprendente no es la apreciación anterior, no soy tan soberbio. Lo extraordinario y a la vez estimulante es que de vez en cuando aparezcan pequeñas editoriales independientes como el caso de Artemisa, que nos entregan a los lectores pequeñas obras maestras que, como gotas de agua finas y transparentes calan en nuestras conciencias de lectores como un diluvio. 64 epigramas se llama esta joya literaria. Joya tanto por el contenido de alguna de las sentencias de Bierce vertidas en el volumen, como porque en este caso los árboles sí que dejan ver el bosque. Juzguen ustedes si no: “Aflicción es el nombre que da el egoísmo a la carencia”.

El puño de Güiraldes

José Luis de Juan

Diario de Mallorca (Bellver)

Palma de Mallorca

No es Rulfo ni Borges, aunque sin duda Ricardo Güiraldes influyó en algunos narradores hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX, como Cortázar y García Márquez. Tardomodernista de Buenos Aires, fundador con Borges de la revista Proa y como él también cosmopolita y europeísta, Güiraldes sin embargo se mantuvo fiel a una tradición oral y a un folclorismo que tanto el porteño ciego como el tímido y cazurro mexicano supieron tamizar adecuadamente para oídos universales. Por eso ha envejecido peor y a veces su “poesía en prosa” resulta demasiado rebuscada, aunque tenga fogonazos que valen la pena y describa un estado de espíritu que nos acerca a una época y un lenguaje salpicados de literatura.

Ricardo Güiraldes escribió acerca de estos Cuentos de muerte y de sangre: “Quisiera que mis cuentos fueran extractados, breves, concisos. Lo que más me gusta de mi mano es el puño”. Breves sí son estos cuentos y precursores de microrrelatos como los de Augusto Monterroso, maestro de la ironía y de la palabra llana. Eso del puño es todo un manifiesto y denota la tensión que recorre este interesante libro: la pugna entre una poesía desgarrada y un oído cruel. Pues cruel es el tono, o al menos descarnado, crudo. Los personajes se definen a brochazos y se presentan de inmediato, sin necesidad de mucha descripción, como en el caso de “Facundo”: “Era un inconsciente de veinte años, proyecto tal vez de caudillo; impetuoso, sin temores e insolente ante toda autoridad”. Güiraldes sabe que es mucho mejor sugerir y dejar que el lector complete la escena que mostrarla minuciosamente. La imaginación es siempre más truculenta que la palabra.

Además de los cuentos propiamente trágicos, en los que la violencia es explícita o se adivina de una manera menos brutal, como en el “El pozo”, prodigio de economía narrativa y de sugerencia, quizá el cuento mejor de los que escribió Güiraldes, este volumen presenta también otras narraciones breves bajo el subtítulo de “Antítesis”, “Aventuras grotescas” y “Trilogía cristiana”. En ellos el autor despliega temas fantásticos, costumbristas y de carácter religioso. En todos palpita una prosa original y criolla, cincelada a hachazos, brusca y expeditiva. A veces aparecen personajes que luego formarían el entramado humano de su obra más conocida, la novela Don Segundo Sombra, obra dedicada a la formación del gaucho y a su disolución en el mundo moderno.Y sobre todo se desliza la Pampa y se mueven los gauchos de un modo sin parangón en otros autores argentinos, y con pocas palabras y un lirismo seco, sin nostalgia. Por ejemplo en este pasaje: 

“La Pampa era entonces un vivo alarido de pelea. Caciques brutos, sedientos de mal, quebraban las variadas fronteras. Tribus, razas y agrupaciones rayaban el desierto en vagabundas peregrinaciones pro botín”.

Y esta descripción del paisaje después de la tormenta, que encontramos en el cuento “La estancia vieja”, incluido en “Antítesis”: “Las zanjas plagiaban ríos; los charcos, lagunas. Los pájaros, pelotones de pluma, se inmovilizaban, los párpados a medio cerrar. Un ritmo lento, lleno de goce, silenciosamente intenso, moderaba los gestos hasta de la gente, que se acariciaba el cutis contra el aire fresco. Un ritmo lento, una quietud contemplativa abrazaba la pampa”. Como vemos, a veces el puño de Ricardo Güiraldes se aflojaba, la palma se abría y mostraba algo muy pequeño pero necesario, que Horacio Quiroga exigía a la estética del cuento: la exactitud.

Lecturas anticipadas: Cartas a un joven pintor

Redacción

El Mundo (El Cultural)

Madrid

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/19607/Cartas_a_un_Joven_Pintor

En el verano de 1921 Rainer M. Rilke y Balthazar Klossowski, Balthus, dos de los mayores genios de la literatura y el arte del siglo pasado, publicaron al alimón Mitsou,la historia de un gato perdido, ilustrada por el pintor y con prefacio de Rilke. Balthus tenía doce años, mientras que el poeta, amante de su madre, se hallaba en los últimos años de su vida y fue para el joven pintor una suerte de padre intelectual, consejero y amigo. Inédito hasta ahora en España, la editorial Artemisa lanza la próxima semana Mitsou en edición de Juan Andrés García Román. Además de la historia ilustrada por el joven Balthus, y del texto del poeta, el libro se enriquece con las “Cartas a un joven pintor” que Rilke dirigió a Balthus, de las que El Cultural ofrece las más destacadas. En ellas, por ejemplo, el poeta le aconseja cómo celebrar su cumpleaños y se confiesa en junio de 1926, seis meses antes de su muerte: “Ya no soy el ‘hombre viajero’: todo me detiene y ningún tren despierta en mí el menor atisbo de tentación”.

Cartas a un joven pintor

por Rainer Maria Rilke

Castillo de Berg-am-Irchel, 

Cantón de Zurich. 

Hacia finales de febrero de 1921

Hace muchos años conocí a un escritor inglés, Mr. Blackwood, que en una de sus novelas aventura una hipótesis muy seductora; pretende que en la medianoche se produce siempre una hendidura minúscula entre el día que acaba y aquel que comienza y que si una persona hábil se las arreglara para deslizarse dentro de esa hendidura saldría del tiempo y se encontraría en un reino independiente de todas las mudanzas que nosotros soportamos; en ese lugar se encuentran reunidas todas las cosas que hemos perdido. (Mitsou, por ejemplo, los muñecos rotos de los niños, etc., etc.)

Y es ahí, mi querido B…, donde debe deslizar-se usted en la noche del 28 de febrero para tomar posesión de su cumpleaños, que se encuentra allí escondido y sale a la luz… ¡sólo cada cuatro años! (Imagino una exposición de cumpleaños en el que el cumpleaños de otros se comparase con el suyo, siendo éste último tratado con esmero y sacado del almacén sólo tras largos períodos.) Mr. Blackwood, si no me equivoco, da a esta hendidura nocturna y secreta el nombre de “Crac”: ahora bien, por no disgustar a su querida madre y a Pierre, le aconsejo no desaparecer en ella, sino contemplar tal lugar tan sólo durante el sueño.

Su aniversario -estoy seguro- se encuentra muy cerca de allí, lo encontraréis a la primera, y es posible que tenga la oportunidad de entrever algunos otros esplendores más.

Al despertar el primero de marzo se encontrará rodeado de aquellos admirables y misteriosos recuerdos y, en lugar de que sea dada una fiesta para usted, será usted mismo generosamente quien la dé a los otros, al relatarles sus turbadoras impresiones y al describirles la naturaleza maravillosa de su raro cumpleaños, ausente, pero intacto y de la mejor calidad.

Este cumpleaños discreto y que la mayor parte del tiempo habita una especie de más allá le da derecho ciertamente sobre muchas cosas desconocidas aquí (se me antoja más importante y más exótico que tener un tío en América). Le deseo, mi querido B…, que sea capaz de aclimatar alguna de ellas a nuestra tierra, para que crezcan en ella a pesar de las dificultades de nuestras estaciones inciertas…, un poco como M. de Jussieu hizo con su cedro del Líbano, ¡que se ha convertido en la atracción del Jardín Botánico!

En cuanto a nuestro libro, debo terminar mi manuscrito en estos días, teniendo en cuenta esos pequeños cambios que M. Vildrac propone y espero despacharlo el primero de marzo, en honor de su cumpleaños. Y que así nos sea de buen augurio para nuestro éxito común y fraternal.

El otro día en Zurich di orden para que se le enviara un pequeño, pero muy pequeño, paquete, para ese día que substituye a su cumpleaños invisible; espero que llegue con puntualidad. En lo que a mí respecta, sí estaré presente sin falta a través de mis mejores deseos y por medio de toda esta amistad que pongo a su disposición.

René

Castillo de Muzot-sur-Sierre, Valai.

16 de enero de 1922

Mi querido amigo B…,Le debo una buena carta por la suya de Navidad y otra a Pierre por la suya: pero no será la de hoy. He escrito demasiadas; mi pobre pluma parece haberse achatado a fuerza de realizar tan largos paseos casi por todos los países de Europa e incluso más lejos; y quisiera tenerla descansada para su ejercicio “in situ”: el trabajo, que debería ser su gimnasia preferida y diaria.

Pero es preciso cuando menos, querido amigo, que le dé las gracias, y muy encarecidamente, por esas páginas que me ha escrito. Me ha parecido muy hermoso el pequeño adorno chino; después de éste -estoy seguro— habrá hecho otros; ¿se está realizando el encargo?

Aquí todo transcurre como de costumbre y yo bendigo esta regularidad de la cual tenía tanta necesidad para poder reemprender mis trabajos y mis pensamientos, todos ellos como de otro tiempo en un mundo que no deja de correr. ¡Y su querida madre enferma! ¿Está mejor ahora? Ella dio una sorpresa tan admirable y conmovedora con la acuarela improvisada que esbozó sobre la vieja fotografía de mis padres. Son asombrosos el encanto, el estilo y, por añadidura, la justa semejanza que ha sabido evocar al reproducir esas formas entreborradas y un poco imprecisas; se trata de una obra verdaderamente inspirada y aún sigo asombrándome al admirarla cada día. Dios mío, si los tres reencontraran de nuevo las condiciones que les permitieran a cada cual hacer aquello de lo que es capaz… Si se les diera un poco de espacio y les abandonara todo inútil desánimo…

¿Le ha hecho llegar Rothapfel (desde Heidelberg) los originales de Mitsou? (Me lo había prometido así). ¿No se han estropeado demasiado? Casi cada día me trae una nueva carta (le enseñaré las más interesantes) que me habla amablemente de Mitsou; yo lo distribuí ampliamente entre Navidad y Año Nuevo.

Así pues, mi tan querido B…, ánimo: el invierno pasará; con la primavera regresan las ideas claras y saldrá usted de debajo de las nubes berlinesas. Muchos recuerdos a Pierre; estoy encantado de haber acertado con su gusto al enviarle el pequeño volumen de Gide. Mi querido colaborador, su amigo siempre:

René

Castillo de Muzot-sur-Sierre.

Junio de 1926

Mi muy querido B…, Entonces es cierto que va a viajar pronto a esa bella Italia que tengo a sólo dos pasos de mi casa, ¡sin que dé nunca esos dos pasos! Se me espera en Milán, en Venecia, en Florencia, y tengo en mi pasaporte el visado que necesitaría, pero yo ya no soy “el hombre viajero”: todo me detiene y ningún tren, ni siquiera ese grande y rápido, color de abejorro y con todos sus letreros que veo pasar diariamente desde mi balcón de Bellevue, despierta en mí el menor atisbo de tentación. Acabaré por tener pequeñas raíces barbadas y hará falta venir a regarme de vez en cuando (pero no demasiado: pues eso me traería a la memoria la sensación de tener los pies fríos).

Mi querido amigo, quería decirle que no parta sin enviarme su Poussin (o sea, el mío, lo digo con orgullo). Es como si mis paredes hubieran cambiado de traje para recibirlo dignamente; tan bonito se ha puesto esta vez el cuarto con los tableros verdes de mi invención que no quisiera volver a colgar en su lugar los viejos grabados (a pesar de que los echaré de menos por la tan grata compañía que me hicieron).

Me gustaría, B…, conocer su opinión sobre el asunto de la iglesia de J. M. Sert, actualmente expuesta en París. ¿Ha visto esas decoraciones y suscribiría el artículo de Claudel que le adjunto (¡quien por cierto hay que ver lo magníficamente que se expresa a veces!)? Según él, habría, pues, una pintura de nuestro tiempo que ha logrado aquel milagro de crear un forro entero de pintura en el manto de Dios. Sólo un español o un ruso podría, en nuestra época, ser capaz de una tarea tan enorme, de tal compendio de pintura que debería ser una suma de vida y de fe. ¿Me dirá unas pocas palabras al respecto? Si no le disgusta demasiado tomar un momento entre sus dedos una humilde pluma en lugar de un pincel, mándeme noticias de vez en cuando, también cuando esté en Italia. ¿Adónde irá primero?

Sé que ha aparecido el Malte [Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke] en francés pero todavía no he visto ningún ejemplar; quiero telegrafiar a Betz sobre este asunto…

Muchos recuerdos afectuosos a los tres. Un abrazo muy fuerte.

René

Recomendaciones: «El arte de escribir»

Natalio Blanco

Cambio 16

Madrid

El autor de La isla del tesoro reúne en esta singular obra sus reflexiones sobre la técnica narrativa y desvela los orígenes y el proceso de gestación de sus obras más conocidas. Su traductora, María Sanfiel, ofrece también varios ensayos del autor poco conocidos en castellano y un análisis del panorama literario del momento.

La belleza inútil

Laura Castro

solodelibros.es

http://www.solodelibros.es/10/01/2007/la-belleza-inutil-guy-de-maupassant/

Qué hermoso título, La belleza inútil, para este breve cuento de Guy de Maupassant. Apadrinado por Flaubert y perteneciente al grupo naturalista de Zola, Maupassant tuvo una brillante carrera literaria y una vida de dandy que le permitió codearse con lo más alto y lo más bajo de la sociedad francesa de la época simultáneamente. Esta sociedad aparece reflejada fielmente en sus obras, en las que siempre hay un deje de burla para con las clases más favorecidas, a las que, sin embargo, el autor se obstinó en pertenecer.

La belleza inútil apareció en 1890, cuando el autor, aquejado por la enfermedad mental que le obligó a recluirse en un sanatorio y que finalmente acabaría por llevarle a la muerte, sus obras se caracterizan por un profundo pesimismo y un deseo de mostrar al hombre como un ser abandonado a su suerte en un mundo hostil por un dios ignorante.

En el relato, sobre la historia de un matrimonio formado por una mujer muy hermosa y un marido celoso, se lleva a cabo una brillante reflexión sobre la continua lucha del ser humano para sobrevivir en un planeta donde no parece haber lugar para él. Plantas y animales están perfectamente adecuados a sus medios naturales, pero no así el hombre que ha tenido que utilizar todo su ingenio para adaptar su medio no sólo a sus necesidades sino, sobre todo, a sus gustos.

Todo lo bueno, lo hermoso y lo bello que encontramos en el mundo, todo lo confortable y amistoso con lo que el hombre cuenta, ha salido de su propio cerebro. El arte, la moda, la cocina, la religión, la filosofía, la arquitectura, son los refinamientos con los que el ser humano lucha para no sucumbir en un mundo que Dios creó para todos los animales de la creación, excepto para aquel que hizo a su imagen y semejanza. Para Maupassant la voluntad de Dios se identifica con el instinto animal, que el hombre debe vencer y domar.

El hombre no se acepta como bestia, sin otro destino que nacer, reproducirse y morir. Para maquillar esa realidad última e incuestionable se ha visto obligado a valerse de lo único que lo diferencia del resto de los animales: el pensamiento. El pensamiento, que es a la vez su salvación y el origen de la insatisfacción de “la pequeña bestia descontenta e inquieta que somos”:

“¿Sabéis cómo concibo yo a Dios? Como un monstruoso órgano creador, desconocido por nosotros, que siembra por el espacio millares de mundos, como un único pez pondría huevos en el mar. Crea porque es la función de Dios; pero es ignorante de lo que hace, estúpidamente prolífico, inconsciente de las combinaciones de toda clase producidas por sus gérmenes esparcidos. El pensamiento humano es un afortunado accidente de las casualidades de sus fecundaciones, un accidente local, pasajero, imprevisto, condenado a desaparecer con la tierra, y a resurgir quizás aquí o en otra parte, igual o diferente, con las nuevas combinaciones de los eternos comienzos. Es culpa de este pequeño accidente de la inteligencia que estemos muy mal en este mundo que no está hecho para nosotros, que no está preparado para alojar, nutrir y satisfacer a seres pensantes, y también es por él que tenemos que luchar sin tregua, cuando somos realmente refinados y civilizados, contra lo que se sigue llamando los designios de la Providencia.”

Un texto brillante, repleto de sagacidad e ideas de la más luminosa originalidad.