Los sueños de Artemisa

Juan Manuel García Ramos

Canarias 7

Las Palmas de Gran Canaria

No hay nada mejor en este mundo que soñar las cosas antes de llevarlas a cabo.

Así obramos siempre en cuestión de amores y es muy oportuno extender esa práctica al resto de nuestras actividades.

Yo conozco a unos editores que sueñan antes los formatos de sus libros y luego los hacen realidad dichosa. Acaso sean los libros más bellos que conozco, pues sólo están hechos de letras, de colores, de buen papel y de gran profesionalidad a la hora de cazar las implacables erratas.

Me enamoré de esos libros al descubrirlos por primera vez en la librería de los bajos del Círculo de Bellas Artes de Madrid y me llevé una sorpresa todavía más agradable cuando leí que estaban concebidos en Tenerife por dos personas que aún no conocía: Marian Montesdeoca y Ulises Ramos Cordero.

Por casualidad, me enteré de que Marian Montesdeoca era una alumna de doctorado del profesor Antonio Tejera Gaspar, y desde que tuve conocimiento de esa relación me apresuré a comentarle al catedrático de Arqueología de la Universidad de La Laguna mi deslumbramiento por esos objetos impresos.

Semanas después una llamada de Ulises Ramos me sorprendía en mi domicilio. Ulises me confesó que había sido alumno mío en una materia de literatura que se impartía y se imparte en su facultad de Historia y que ahora como profesional me proponía una nueva edición de la novela colombiana La vorágine -una de las lecturas del programa que yo le había explicado en su día-, con un prólogo a mi cargo y el cuidado general de esas nuevas páginas.

La idea de vincular a José Eustasio Rivera con aquellos libros que yo había descubierto en Madrid me interesó enseguida y durante los meses de este último verano releí con furia y placer la novela en cuestión y, ya en octubre, el trabajo estaba listo para ser distribuido en el mercado de la lengua española. Hoy creo, junto al poeta mexicano José Juan Tablada -que se nos anticipó a todos-, que es imposible leer esa novela colombiana, desde la tradición literaria occidental, sin vincularla a un texto narrativo de Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas.

Con Artemisa hemos hecho otro libro de pequeño formato aprovechando el quinto centenario de la muerte de Colón en Valladolid en 1506, un volumen donde va un ensayo introductorio de los avatares de la figura de Colón a lo largo del tiempo y de sus irreprimibles coqueteos con la historia y la literatura, y un análisis pormenorizado de la novela hispanoamericana que con más humor ha rescatado para la literatura la personalidad del almirante genovés: Los perros del paraíso (1983), del argentino Abel Posse. En esa fábula, un Colón perdidamente enamorado de Beatriz de Bobadilla, Señora de La Gomera, y obsesionado por encontrar el Paraíso Terrenal en los nuevos escenarios transatlánticos se aproxima con gracia a ese personaje inclasificable que dudaba entre considerarse hijo de este mundo o enviado del Más Allá.

Pero colaboraciones con Artemisa Ediciones al margen, lo cierto es que el traslado de esa empresa a una de las casas de la calle San Agustín lagunera, diseñada en su día por el racionalista Marrero Regalado, donde Marian y Ulises viven acompañados de dos gatos, uno blanco y negro: Benito; otro atigrado: Jacinto; de un perro sato y tierno: Julio -en recuerdo de Julio Cortázar-, y de sus instrumentos de diseño y preparación de textos, se me ha convertido en una vecindad feliz y cuajada de historias seductoras.

Por ejemplo, esa vivienda racionalista había sido una casa de citas antes de ser destinada a domicilio de mis amigos, y muchas semanas después de que Marian y Ulises la hubieran pasado a habitar persistían en la noche timbrazos en el portero eléctrico solicitando los viejos servicios del amor.

Tanto Marian como Ulises aprendieron a disuadir a los amantes locos de sus aventuras lascivas transmitiéndoles con cortesía el nuevo uso del inmueble. Como se trataba de clientes educados, simplemente pedían perdón y me imagino que se irían desesperanzados viendo cómo en su añorado paraíso urbano la carne había sido sustituida por la letra, la fantasía sexual por la imaginación literaria. Acaso no repararon entonces que la diosa griega Artemisa fue siempre inaccesible al amor.

Artemisa Ediciones está en las inmediaciones de Artizar, la galería de Carlos Eduardo Pinto, ahora cedida a sus hijos, si no estoy mal informado, y del Instituto de Canarias, que algunos llaman Cabrera Pinto y yo me niego.

Todas esas referencias forman un recodo de fulgor cultural que da gusto andar por él, tener que ver con él, disfrutar de él.

Aunque yo no he llegado a exprimirlo del todo, pues una tertulia convocada por los citados Marian y Ulises, a la que asisten, entre otros y otras, mi amigo Bernardo Chevilly, empieza a revivir una vez más los viejos cenáculos laguneros, no sólo las ilustres tertulias de Nava, sino los viejos encuentros domiciliarios y extradomiciliarios en el elegante Hotel del Dr. Don Domingo Saviñón, con observatorio astronómico incluido y sala de música, por donde pasó Humboldt y Bompland cuando visitaron Tenerife, en la casa-palacio de Don Luis Román y Machado, en la misma calle San Agustín, donde se hablaba de Arqueología, Etnografía y Botánica, o en la casa-palacio de la culta Marquesa de San Andrés, en la antigua calle del Agua…

El triángulo histórico de La Laguna se llena ahora de librerías futuras, de cafés acogedores, de tascas y pequeños restaurantes esmerados, de bibliotecas surtidas y atendidas, de editoriales valientes y estéticas. Percibo un renacimiento de viejos tiempos gozosos, donde la cultura cobra el protagonismo que se le otorga en las ciudades que se quieren a sí mismas.

Pronto la casa de mis amigos dejará de ser reclamada como mansión de amor y dispensará placeres menos carnales pero no menos excitantes. Pronto los inspirados escritores comenzarán a tocar el timbre para solicitar con desesperación los excepcionales servicios de esos dos profesionales de la edición que son Marian Montesdeoca y Ulises Ramos Cordero.

En esas transacciones no se encontrarán con las mademoiselles acostumbradas, sino con las exquisitas ediciones de María Sanfiel de las historias de fantasmas de Ambrose Bierce, con los relatos filosóficos de Voltaire puestos en español por la misma Marian Montesdeoca, con los viajes de Melville en clave de Ana Lima, con los versos de William Blake armonizados por Jordi Doce, con las gracias y desgracias de Francisco de Quevedo o con los bellos y amargos cuentos de Horacio Quiroga. Por poner sólo algunos ejemplos del catálogo editorial.

También se tropezarán con una vieja reliquia: la Guía histórica de La Laguna, de José Rodríguez Moure, que doy por seguro de que estaría encantado de situar en su añejo callejero esta nueva estación de la cultura de la que me estoy ocupando.

Todo seguramente empezó en un sueño de Marian Montesdeoca y Ulises Ramos. En el reposo de la noche creyeron que serían capaces de fabricar los libros más bellos y luego sucedió todo lo demás.