El hundimiento

Pablo D´Ors

ABCD las artes y las letras

Madrid

La oscuridad narra el encuentro, en una gran capital europea, entre un discípulo, de quien poco llega a saberse, y su maestro, un viejo prematuro que ha abandonado a su esposa e hijo por causa de una profunda crisis. La trama del relato es mínima: no importa qué sucede, sino esos diálogos (¿de sordos?), que no son sino monólogos, entre personajes que no son sino arquetipos; de ahí que carezcan de nombre, como bien se nos recuerda en el epílogo.

La oscuridad de que aquí se trata es la de un hombre sabio que, dolido por el repetido rechazo de una mujer (“El amor es un momento de una historia divina, iluminado por un astro desconocido”), se aparta de todo y de todos para vivir una existencia claustrofóbica, un poco al estilo de cualquiera de los personajes de Thomas Bernhard, el famoso escritor anti-austriaco. Sin llegar al tremendismo bernhardiano -donde el despecho y el escarnio adquieren el rango de necesidad ontológica-, ni, por supuesto, a su inigualable estilo hipnótico, sin alcanzar tampoco la excelencia filosófica de El hombre sin atributos de Musil, novela que el autor tradujo y con la que, por su extensión, se presupone que convivió durante años, Philippe Jaccottet (Suiza, 1925) escribe un texto híbrido, casi metafísico y, ciertamente, muy nihilista, en la línea del Sartre más difícil y amargo, de quien es claramente heredero.

Fingida conversación

A partir de la habitación en sombras del maestro (una especie de madriguera polvorienta), trasposición espacial de su estado anímico o, por ser más precisos, espiritual, quizá lngmar Bergman podría haber hecho una película de este texto ensayístico y poético, el único de narrativa en la bibliografía de Jaccottet, muy conocido en Francia por su poesía. En este escenario neutro y, en todo caso, opresivo, se desarrolla esta fingida conversación: el soliloquio de un enfermo que se ha precipitado por la vía del solipsismo y de la auto-destrucción.

Según nos recuerda Rafael-José Díaz, en esta nouvelle casi todo es vacío, abismo, muerte y, por supuesto, oscuridad. Aunque el lector se esfuerza al principio por comprender la razón histórica de semejante estado anímico (algo que, como es de suponer, también intenta el propio discípulo -quizá demasiado invisible-), pronto comprende que la anécdota es una simple excusa para desgranar un conjunto de reflexiones de orden existencial sobre la vacuidad del porvenir y la necesidad de la ilusión, tan estúpida como necesaria.

Sin consuelo

Lástima, sin embargo, que el narrador, si con honestidad puede llamársele así, no se demore más en ese periodo previo a la depresión (“nos entregábamos sin reservas intelectuales a las alegrías del pensamiento”) en que el maestro caído, otrora brillante, descollaba por su talento y reconocido prestigio; sólo así habría conseguido interesarnos por el destino de este hombre acabado, del que al final sólo importa la elegancia y finura con que justifica su propio hundimiento (“toda afirmación es engañosa, puesto que lo único que se puede hacer es entrar en la oscuridad de la edad apoyándose exclusivamente en ella misma”).

Esto no es posible porque la historia carece de tiempo y de espacio (algo que es más propio de la poesía que de la narrativa); y porque la sabiduría de este profesor, tan cercana a la ignorancia, no deja resquicio al consuelo y ni mucho menos a la identificación, ese placer tan reconfortante como elemental.

Prosa muy pesimista y esencial (lo que dice de su personaje: “elegía las palabras como obstáculos para cubrir su retirada”, puede muy bien atribuirse al propio Jaccottet) que pide ser leída con el mismo talante de fascinación por la angustia con que, probablemente, fue escrita.

Libro donde la desesperación, omnipresente y espesa, no es sólo el tema, sino el personaje y hasta la trama, deliberadamente esquelética. Aunque, sin duda, la calidad literaria de esta obra de Philippe Jaccottet sea alta (hay muchas reflexiones de sobrecogedora lucidez: “¿Será, me decía para tranquilizarme, que he adoptado el ropaje del desesperado para triunfar mejor?”), por su hondura sin concesiones no extraña en exceso que, en España, el manuscrito sufriera diez rechazos editoriales antes de conseguir su publicación.

Pequeños grandes libros. Laie recomienda la colección /Clá, de Artemisa

Librería Laie

http://www.laie.es

Barcelona

Los libros pequeños son una gran instrumento para difundir textos breves que por su singularidad merecen una atención especial. Además, los editores también acostumbran a tener especial cuidado del libro como objeto.

Últimamente han aparecido cuatro colecciones que siguen esta línea. En el caso del Círculo de Bellas Artes de Madrid y del Centre de Cultura Contemporània (CCCB) de Barcelona, el propósito es salvar del olvido algunas conferencias y coloquios especialmente relevantes. Artemisa Ediciones y Gustavo Gili ofrecen selecciones de literatura o de ensayo de arte que vale la pena destacar de entre el conjunto de la obra de los autores.

Raro. «Ciudad propia. Poesía autorizada», de Francisco Ferrer Lerín

Juan Carlos Abril

Clarín

Oviedo

Después de un silencio de casi dos décadas aparece la poesía completa de Francisco Ferrer Lerín, subtitulada aquí significativamente autorizada. Se rescatan, pues, los tres libros que el autor ha publicado, a saber: De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971), y Cónsul (1987), más un nutrido de inéditos que bien podrían conformar un volumen por sí solos y que aportan asimismo algunos bellos poemas hasta ahora desconocidos. La labor de Ferrer Lerín es lenta y suficientemente laxa como para pensar que la poesía no ha abandonado al autor ni al contrario, pero rigurosa. De hecho, una suerte de continuum a la inversa, un descontinuum, podría erigirse como la técnica empleada en todo el volumen que hoy aquí nos ocupa, pues curiosamente, ma non troppo, hay textos intercambiables en las cuatro partes a las que nos hemos referido, esto es los tres libros más los inéditos.

Como nos indica en el poema “Octubre 1969 (I)”, el propio autor, o un personaje que debe parecerse bastante a él mismo, se interroga constantemente “A veces me pregunto que cuál es el camino / si debo de ser un caso aparte que no sabe / lo que quiere (…)” (p. 162), porque nos hallamos ante un caso de un raro por vocación o por decantación. El hecho patente es éste y las causas que lo han llevado a tal estado no importan. Habría que recordar aquí en primer lugar la intrahistoria del grupo novísimo y su amistad con el Gimferrer de antes de 1966, y la influencia que proyectó sobre éste para luego irse diluyendo, una relación que situaría en un lugar más destacado a Ferrer Lerín, aunque luego éste no alcanzara las cotas -y las repercusiones- literarias del Gimferrer de Arde el mar o de La muerte en Beverly Hills; y no sólo eso, sino que su vocación extraliteraria le ha garantizado una leyenda pareja a su voluntad: la de un raro. Como tal habría que leer sus textos, su influencia y sus contradicciones que, como toda buena obra, posee.

La otra de las premisas que la trayectoria de Ferrer Lerín nos ofrece sin ambages, a la que no ha renunciado y casi se puede asegurar que no renunciará, es la noción de vanguardia, noción escurridiza que siempre debería estar presente en los debates de cualquier época, que afecta al sentido generacional de la historia de la literatura y que hoy tristemente no se halla en las polémicas literarias actuales. Sin embargo, la revisión posmoderna de este concepto durante la segunda mitad del siglo XX en el pensamiento crítico español la ha revestido de cierto sentido historicista asociado a lo que se estudia en los manuales como las “vanguardias históricas” del primer tercio del siglo XX, acuñando este término: las vanguardias históricas sensu stricto fueron las que aportaron las indagaciones formales y líricas más brillantes; y paréntesis aparte se considera la aventura novísima, hoy día reducida a pocos menos que tres o cuatro libros y a ciertas componendas editoriales -y amicales- más que a un movimiento que respondiera verdaderamente a una realidad literaria o social. Podría ser, por supuesto, pero no debemos olvidar en este contexto que la noción de vanguardia no pierde fuerza en circunstancias determinadas, según qué vientos editoriales soplen, sino que es una noción inmanente que pertenece a la propia realidad social y dinámica del hecho literario. No existen nuevos temas sino nuevos modos de desarrollarlos.

Por todo esto la pertinencia de la publicación de Ciudad propia. Poesía autorizada, está más que justificada ya que esta compilación —a pesar de sus puntos de inflexión o, mejor, gracias precisamente a esos puntos de inflexión en los que deja al descubierto, sobresalientes, algunas composiciones antológicas—, pretende completar y datar con más puntería y énfasis cuál fue el trasunto de aquellos años sesenta en un grupo minoritario y a la postre excepcional en la Barcelona de entonces. En el primer libro de Ferrer Lerín se puede rastrear algún poema conmovedor como «Memoria de un recuerdo» (p. 66) y otros versos inmejorables enmarcados en cierta épica muy del gusto de la juventud más madura (vid. “Los justos”, pp. 74-76) y que podrían tener góticos seguidores, propios de la onda dark o de la Tierra Media. Y habría que señalar que De las condiciones humanas no es un libro “joven” —escrito no obstante con veinte años— sino un libro que respira juventud y desenvoltura, descaro y frescura a la par que una preocupación ante iitteram por las espinosas cuestiones inherentes al esencialismo mologuista y al logocentrismo antropocéntrico de nuestros días, que bien merecen nuestra más estimada consideración. Por cierto, este poemario presenta una unidad compositiva superior al resto de los otros libros, que mejor se podrían proponer como ‘colecciones’ de poemas y que responden internamente a procesos distintos de escritura, diversos estados de ánimo y apuestas diferentes según la suerte estilística del momento, pero siempre desde el inconformismo estético más rebelde e iconoclasta, sin renunciar ni un ápice a sus propuestas fundacionales, y desde esa especie de correlación textual a la que aludimos desde el inicio: el poema “3-XH-68” (p. 151) así lo conformaría, pues la materia ahí tratada va en consonancia a esas peliagudas problemáticas de la identidad, que no existe como hecho estable, y a ese vacío interior que no se puede rellenar ya con nada. Hay que enmarcar la poesía de Ferrer Lerín en esta suerte de sinuosidad discursiva para poder comprenderla mejor. En este sentido, las prosas poéticas van tomando cuerpo cada vez más en La hora oval hasta configurarse en el eje central de este conjunto, y plantearse más o menos como eje también del siguiente, Cónsul. Y tanto en uno como en otro vamos a textos eclécticos que despertarán los huecos más insospechados de nuestro inconsciente, el gusto por la sangre y las diégesis detectivescas, o los procedimientos simbióticos y alucinatorios más interesantes al analizar, por ejemplo, la complejidad sensorial de un llamador de una puerta en “La mano” (p. 125), las reflexiones enjundiosas de “El fracaso” (pp. 126-127), o el thriller “Se describe una vida extraña” (p, 138). El thriller será, además, un subgénero que Ferrer Lerín frecuentará con soltura y rigor hasta llegar a memorables muestras como “Rinola Cornejo y El Estrangulador de Boston” (pp. 217-219).

Para la curiosidad del lector queda descubrir por sí mismo la última parte —donde encontrará composiciones sorprendentes de igual calibre— de esta Ciudad propia. Poesía autorizada, libro imprescindible de cualquier biblioteca poética hoy en España.