La traducción poética

Guillermo Urbizu

El semanal digital

Madrid

Hace ya muchos años -demasiados quizá, en 1986- el poeta Jaime Siles publicó en la editorial Devenir una serie de traducciones de algunos de sus poetas de cabecera. Aquel libro se tituló Transtextos. El que acaba de aparecer en las librerías -publicado por ediciones Artemisa-, teniendo como tiene el mismo título, es un libro muy distinto. Por una parte la sabiduría poética de Siles ha experimentado una madurez extraordinaria, y por otra el número de sus traducciones ha crecido exponencialmente. Todos los poemas que aquí aparecen han dejado de ser -en exclusiva- un perfecto disfrute filológico. Están marcados por la evolución poética del poeta, por su profundización interior. “Al fin y al cabo -nos dice-, no es el sentido sino la fuga de sentido lo que nos reescribe”.

La poesía completa de Siles quedaría coja sin estos versos traducidos de una tradición literaria que le conforma e impulsa el alma de su propia identidad poética. Desde Arquíloco y Catulo, pasando por Coleridge (su versión de La balada del viejo marinero es espectacular, apareció en Círculo de Lectores), Seferis, Celan, Penna, Quasimodo, Piera o Manssur… En definitiva, Siles no deja de sorprendernos. Es uno de los grandes. Y un servidor aprovecha para releer Himnos tardíos (Visor) y Pasos en la nieve (Tusquets).

Y me quedo también con el eco intemporal del verso de Wordsworth: “-¿Lo que es? -¡no: lo que puede ser!”.

Una necesidad cubierta

Antonio Jiménez Morato

Vivir del cuento

Madrid

http://vivirdelcuento.blogspot.com/2006/05/una-necesidad-cubierta.html

Constato, no sin placer, todo hay que decirlo, el auge de las pequeñas editoriales. Sobre todo en los medios más o menos restringidos de los suplementos literarios –que, según el último estudio sobre hábitos de lectura, influyen en menos de un cinco por ciento de población lectora, cuánto ruido para tan pocas nueces–, donde aparecen cada vez más textos de estas pequeñas empresas editoras y menos de las grandes que, en gran medida, no publican textos especialmente interesantes, la verdad.

De entre ellas me gustaría destacar a la editorial canaria –sí, en Canarias no sólo hay cayucos, pateras y hoteles de veraneo, también hay gente que escribe y piensa– Artemisa, que recientemente ha reforzado de un modo muy inteligente su catálogo con la aparición de dos colecciones hermanas.

Las informaciones que he recogido me dicen que la editorial está fundada por un arqueólogo en paro que, no dudó en ponerse a trabajar como albañil e invertir sus ahorros en montar esta editorial. Sólo por eso, todo hay que decirlo, habría que darle un abrazo a este hombre.

Pero vamos a pasar a las dos colecciones de las que hablo. De la más pequeña, la colección Clá no puedo decir mucho porque, aunque sabía de su inminente aparición, no ha sido hasta hoy que he visto las cinco novedades que sirven como pistoletazo de salida a la misma. A falta de una lectura detenida me abstendré de comentario alguno sobre la colección y los cinco títulos que de momento la componen.

La otra es la colección Clásica, que viene a dotar de coherencia a un catálogo que, en un principio, parecía algo desorientado. Pero la aparición de esta colección supone un envite muy serio al resto de las editoriales, tanto las grandes como las pequeñas. Primero por la selección de obras, donde se aprecia una voluntad clara de recuperar obras importantes, prestigiosas –en algunos casos fundamentales– en nuevas traducciones y ediciones dignas. Vayan las felicitaciones pues a Jordi Doce, Francisco León y María Sanfiel por la colección que dirigen, y su editor por darles cancha para montar esta colección. La han abierto con Blake, Bierce y Voltaire. Prometen a Wordsworth y Stevenson entre otros. Además de la acertada decisión de considerar clásicos a autores que permanecían en los márgenes de los manuales, el hecho de centrar muchos de los textos en una revisión de lo fantástico los hace especialmente irónicos y adecuados para todo paladar que quiera pasar un buen rato.

Pero, a qué mentirnos, estos libros entran por la mirada. Lo comentaba hace pocos días y vuelvo a hacerlo ahora: vuelve la portada tipográfica, la clásica, la que no se pasa, y parece que para quedarse. La variación de colores, las distintas ubicaciones de la justificación vertical de la caja de texto, son ideas que, por su sencillez y acierto, resultan magníficas.

El cuidado aspecto exterior de estos libritos –van siempre poco más allá de las cien páginas, no alcanzan las ciento cincuenta– es una muestra de buen gusto. Vaya por ahí nuestra felicitación a Marian Montesdeoca, la diseñadora.

El interior no está mal pero no alcanza la misma altura. La elección tipográfica no anda mal, el interlineado está justo pero aguanta la lectura, la inclusión de imágenes es adecuada –sobre todo en el volumen de William Blake, donde se revelan fundamentales–, pero hay algo que no encaja. Es posible que la voluntad de brevedad de los libros –no creo que sean los costes porque la edición, con sus guardas, con la elección del papel y demás es elegantísima y, hasta donde abarca mi experiencia, costosa– haya impuesto la necesidad de una caja tan desproporcionada. Es muy grande para el tamaño del papel, no respeta las paginaciones más clásicas, ni las proporciones de las cajas respecto al diseño del libro –lo que sorprende doblemente por comparación con el cuidado desplegado en el resto de los aspectos– y convierte a los libros en algo cansados para su lectura. Porque las páginas se hacen eternas y los pulgares se meten en la mancha de la impresión. Un poco más de margen, una caja más acorde con el formato, más pensada, es lo único que necesitan estos libros para convertirse en una colección deliciosa con títulos más que recomendables.

De los tres títulos editados hasta el momento he tenido el placer de leer completos el de Bierce y el de Voltaire, amablemente remitidos por la editorial.

La lectura de los cuentos de Bierce sirve para, junto a la reedición de su Diccionario del diablo, devolver a la actualidad a este autor. Los cuentos de este volumen son breves, todos ellos de temática fantástica, y en ellos se aprecia el pulido y acabado que da la práctica de la literatura periodística a un autor –avillana el estilo, dice siempre Umbral. Las narraciones son secas, y cuentan siempre con la colaboración del lector para terminar de unir las piezas del puzzle que es la historia en sí. Esto es lo que los convierte en textos modernos, por su escritura escueta, directa y la implicación que exige al lector. Pero, al mismo tiempo, se aprecia una excesiva superficialidad en los textos. Se parecen demasiado a esos cuentos que muchos escritores pergeñan –no se puede decir que estén muy acabados en la mayoría de los casos, la verdad– por encargo para ser publicados los meses de verano en los periódicos. Una vez resuelto el pasatiempo, el crucigrama, el autodefinido, no sirven para mucho más. Son textos efímeros, de una sola lectura, excesivamente ramplones, que no llegan a entrañarse en el lector.

En cualquier caso, son también una buena colección de textos de un autor que merece ser más conocido, leído y estudiado, porque su obra, como decía hace sólo unos días, no tiene nada que envidiar a las de muchos otros que sí están en los altares.

El otro libro es el de los cuentos filosóficos de Voltaire, que se abre con el clásico Micromegas. Dice la nota de prensa redactada por su traductora que los relatos de Voltaire están condenados a ser conocidos superficialmente, y dice una verdad irrefutable, pero se equivoca e las causas. Porque el olvido en el que ha caído Voltaire no es injusto. El tiempo, que suele ser el crítico más feroz e imparcial, ha dado ya buena cuenta de la literatura del siglo XVIII, en especial de la de la Ilustración, que se ha devenido en pasto de filólogos y estudiosos de la época. Hoy el lector tiene un concepto de la literatura, de lo que es literatura, que no concuerda en casi ningún aspecto con el de aquella época. Hoy un lector le pide al texto diversión y entretenimiento y si, además de eso, le proporciona cultura y nuevas razones para pensar, mejor que mejor. Pero los cuentos que Montesdeoca reúne en esta edición evidencian que la idea que de la literatura tenía Voltaire era muy distinta. Hoy un autor que quisiese hablar de lo que él habla escribiría ensayo, no narraciones que sirvieran como ejemplo de sus postulados filosóficos. En estos cuentos se aprecia una vocación meramente reflexiva, no una vocación narradora, y olvidar la narratividad de un texto hoy se paga caro. Sus cuentos han caído en el olvido porque son olvidables, porque no son cuentos, sino paradojas, como la de los diálogos platónicos. Pero mucho menos consistentes que la del griego y menos dotadas para proporcionar múltiples lecturas de sus postulados.

En cualquier caso, la colección Clásica se nos presenta como un proyecto ambicioso que viene a rellenar un hueco que cada vez se dejaba notar más en las estanterías de las librerías. Vaya nuestra más cálida bienvenida a esta colección que llega de ultramar, desde Tenerife. Aunque la impresión se haga en Barcelona, eso sí.

«Ciudad propia», la poesía al completo de Ferrer Lerín

Antonia Merino

Diario de Jaén

Jaén

El escritor catalán Francisco Ferrer Lerín presentó ayer en Jaén su último libro de poemas Ciudad Propia. Poesía autorizada. El acto, celebrado en el Antiguo Casino de Artesanos, contó con la presencia de José Viñals, Guillermo Fernández Rojano y José Manuel Molina Damiani.

Tras años de silencio Francisco Ferrer Lerín regresa a la literatura primero con la novela Níquel, y posteriormente con Ciudad propia. Poesía autorizada. Esta última se presentó ayer en sociedad en la capital jiennense. La obra, según el autor, es una reedición en un volumen de sus tres libros de poemas: De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987). Ha sido editada por el grupo “Artemisa” de la Universidad de La Laguna, de Santa Cruz, tras una propuesta a Ferrer Lerín para sacar de nuevo el libro, que se reedita con sus prólogos originales. La obra recoge, además, un bloque de poemas inéditos, antiguos actuales, “con una introducción de un experto de ese mundo fronterizo existente entre la prosa y la poesía”, según explica el propio autor. El libro contiene, por otra parte, unas notas del autor acerca de determinados poemas, que a juicio de Ferrer Lerín, son difíciles de interpretar, sobre todo, cuando se pretende ir más allá de lo que significa. Es como la pintura abstracta. El prólogo de la obra es de Carlos Jiménez Arribas y las notas bibliográficas han corrido a cargo de Javier Ozón.

Para tratar de explicar su poesía, el escritor recuerda que él forma parte de la generación de los “novísimos”, que se sitúa entre finales de los años 50 y primeros de los sesenta. “Cuando en este país dominaba el compromiso social”. “Nosotros, señala, éramos realmente rompedores”. En su caso, Ferrer Lerín afirma que su poesía “es, al principio gráficamente poética, en el sentido de que cuando alguien la lee se da cuenta de que hablamos de verso, y luego entro en el terreno fronterizo de la prosa poética, difícil de distinguir. La forma es de un relato, pero, indudablemente, hay un ritmo y una musicalidad que asemeja a la prosa”.

Francisco Ferrer Lerín, para “ver” y “oír” en Jaén

Manuel Ruiz de Adana

Diario de Jaén

Jaén

Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1941), escritor de culto y padre nutricio de la generación poética de los novicios (los nueve antológicos vates de Castellet que fundaron un nuevo tiempo en la lírica española de la segunda mitad del siglo XX), visitará ahora, de nuevo, tierras jiennenses, esta vez de la mano del gran poeta jaenero Manuel Molina Damiani, para presentar en la noche de mañana, 15 de mayo, en el viejo Casino de Artesanos de Jaén capital, el último de sus libros, Ciudad propia. Poesía autorizada, una obra publicada recientemente por la joven y creativa editorial canaria Artemisa Ediciones; y que ha sido saludada a lo grande en las páginas literarias y culturales de los principales diarios españoles, entre otros, El País, El Mundo y Abc.

En la presentación de la obra en Madrid y en otras capitales españolas se ha encomiado que Ciudad propia. Poesía autorizada no sea en sí misma estrictamente una antología y tenga también mucho de nueva obra, pues si en ella se recoge gran parte de los tres libros de poesía publicados anteriormente por Ferrer Lerín (De las condiciones humanas, 1964; La hora oval, 1971; y Cónsul, 1987), el autor ha añadido a todo eso casi una treintena de poemas inéditos. Hace menos de un año Ferrer Lerín visitó otra vez tierras jiennenses para presentar en Jaén capital su novela Níquel, ese auténtico bombazo literario que ha roto muchos de los viejos esquemas de las novelas españolas al uso; en el decir de intelectuales, escritores y críticos de la talla de un Fernando Savater, Félix de Azúa o de un casi Nobel y “novicio” el gran Pere Gimferrer. Ahora Ferrer Lerín reitera visita, una más entre otras muchas, pues él lleva visitando asiduamente tierras de Jaén durante los últimos cuarenta años, por tres razones poderosas: por su cariño a Jaén (incluso al Jaén emigrante en Cataluña), por su presencia continua en nuestra provincia en tareas de investigación ornitológica y estudios de campo en la materia (basta recordar que Ferrer Lerín logró en tierras de Jaén la identificación científica y la catalogación dentro de la fauna europea de una nueva ave de las grandes rapaces parduscas negras que se creía africana hasta entonces, 1982, el Aquila rapax belisarius), y tercera razón, por su matrimonio con Concepción Jiménez Castro, una toxiriana de pro con ascendencia porcunesa que fue concejal socialista en Torredonjimeno y hoy también lo es (como teniente alcalde de Cultura) en el Ayuntamiento socialista de Jaca, ciudad donde reside el matrimonio desde hace bastantes años. Y ya que estamos hablando de las razones poderosas de Ferrer Lerín, no olvidemos las también poderosas razones que podemos tener en Jaén para ir a “ver” a “oír” a Ferrer Lerín este lunes 15 de mayo en el viejo Casino de Artesanos de la capital jiennense. En definitiva, “ver” y “oír” a Ferrer Lerín es mucho más que “ver” y “oír” a un gran escritor. Luis García Jambrina ha dicho de Ferrer Lerín que está fuera de toda duda que es uno de los escritores más originales y problemáticos de la segunda mitad del siglo XX. Pero el mismo García Jambrina ha subrayado el dilatado silencio literario de Ferrer Lerín, de 1987 hasta la aparición de su novela Níquel en 2005, y por consiguiente “el temprano apartamiento del escritor del mundo de las letras para dedicarse a dos de sus principales obsesiones, la ornitología, y en particular la defensa de las grandes especies necrófagas peninsulares en peligro de extinción, y el póquer, un juego con el que llegó a ganarse la vida”. Ambas obsesiones, dice García Jambrina, acabaron por convertir a Ferrer Lerín en una rareza y una leyenda. Y así es.

Pero Ferrer Lerín empezó siendo leyenda muy joven. A los 20 años ya era célebre como virtuoso de las letras y genio del póquer. Y entre los veinte y los treinta se convirtió en el nuevo heraldo y el arquetipo perfecto de la gran Barcelona universalista de los años sesenta del siglo pasado, la ciudad deslumbrante donde vivían muchas de las mayores glorias literarias de la centuria, desde García Márquez a Vargas Llosa, y donde la celebridad se asociaba con dosis variables pero necesarias de talento, la gracia, la belleza o la riqueza. Y Ferrer Lerín, que tenía en dosis enormes casi todo eso (era alto, guapo, culto, inteligente, divertido y extravagante), alumbró un personaje  que cautivó a la época y que todavía nos sigue cautivando cuarenta años después, ahora ya transformado incluso en leyenda mediática. Hay pues que ir a verlo y oírlo.

Artemisa bucea en la profundidad de los clásicos de la literatura

Luis Alemany

El Mundo

Madrid

No hay quien lea a Voltaire en este país. “Hay muy pocos textos traducidos y, además, las traducciones se hicieron antes de los años 70 y son horribles, es la verdad. Castellanizaban los cuentos, inventaban cosas para acercar los textos a los lectores españoles… Los criterios para la traducción han cambiado mucho, se es mucho más respetuoso y hace falta poner al día esos textos”.

Lo cuenta Ulises Ramos, uno de los dos nombres propios que están detrás de la pequeña puesta al día del filósofo francés. Una apuesta ambiciosa para una indie del negocio editorial como Artemisa, la sociedad que Ramos y Marian Montesdeoca dirigen desde la muy ilustrada (pero también lejana) ciudad de La Laguna, Tenerife. “Canarias tiene un mercado pequeño en el que las editoriales sobreviven gracias a las subvenciones públicas, que, a cambio, nos limitan a temas canarios”.

En esa liga jugaba Artemisa hasta hace un par de años, cuando sus responsables decidieron lanzarse a por mercados de más calado: ampliar los mecanismos de distribución, llegar a la península y abrir la mirada en la búsqueda de textos. En otras palabras: asumir nuevos riesgos y ampliar mercados.

Poco a poco, Ramos y Montesdeoca van reuniendo un buen catálogo con el que defender su apuesta. Libros impecablemente editados como Micromegas y otros relatos filosóficos, la recopilación de narraciones con los que esperan aliviar (aunque sea modestamente) el déficit de buenas ediciones de Voltaire en España. El título abre una nueva colección que incluye nuevos descubrimientos del gigante romántico inglés William Blake (Tiriel y el libro de Thel), y del escritor satírico estadounidense Ambrose Bierce (Presente en una ejecución y otras historias de fantasmas).

La editorial lagunera, además de redescubrir textos olvidados, también recupera figuras completas. Es el caso del poeta barcelonés Francisco Ferrer Lerín, hermano mayor de los novísimos y titular de una biografía extravagante que incluye largos periodos de silencio. El último de ellos acaba de ser roto por Artemisa con la reciente edición de Ciudad propia. Poesía autorizada.

¿Lo próximo? Según explica Ramos, habrá algún rescate más sacado de la bibliografía de Bram Stoker que acompañará al esfuerzo por dar un empujón la colección de libros de casi bolsillo, en cuya agenda aparecen nombres tan diversos como Jerónimo Feijóo, Horacio Quiroga o Francisco de Quevedo.

No es poco para una editorial que también se precia de mimar hasta al extremo el aspecto de sus libros y que, casi, canta victoria. “De momento, los dos vivimos de la editorial”, sentencia Ramos, satisfecho con su apuesta.

Ciudad propia: poesía autorizada

Túa Blesa

El Mundo (El Cultural)

Madrid

http://www.elcultural.es/HTML/20060504/Letras/LETRAS17152.asp

Durante años el nombre de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) ha estado asociado a todo tipo de leyendas -la más repetida y básica: “¿pero de verdad existe Ferrer Lerín?”- y a ser lectura de culto para unos pocos, además de trasunto de El Buitre en Diario de un hombre humillado de Félix de Azúa y personaje de un capítulo en Bartleby compañía de Enrique Vila-Matas.

Tras años de silencio, la publicación de la novela Níquel el año pasado confirmó su regreso, magnífico por cierto, a la literatura y ahora Ciudad propia lo ratifica al presentar los tres libros de poesía publicados anteriormente (De las condiciones humanas, 1964; La hora oval, 1971; y Cónsul, 1987), con alguna supresión, libros inencontrables desde hace tiempo, a lo que se añade casi una treintena de poemas inéditos, de ayer y recientes, por todo lo cual no es exageración decir que éste es un libro nuevo. Y, desde luego, entre las novedades está el oportuno prólogo de Carlos Jiménez Arribas, preciso y acertado en su información y sus comentarios, y una nota biográfica de Javier Ozón, que desmiente y confirma a un tiempo las leyendas aludidas y a todo eso se agregan unas notas del propio autor que son, en sí mismas, toda una prolongación de los poemas.

Y hay que decir que se trata de un libro de no poca relevancia. Lo es, por una parte, por su significación histórica y al respecto hay que repetir lo dicho por Pere Gimferrer, quien dio a este poeta el título de nada menos que “pionero y fundador” “del ala extrema de la poesía novísima”, lo que obliga, al menos ahora que están disponibles estos textos, a reescribir ese capítulo de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado. Pero, sobre todo, está la lectura, una verdadera experiencia de lectura, de esta obra destacadísima, original, novísima sin saber que lo era y que, incluso en sus poemas más antiguos, está llena de novedad.

Formalmente, hay dos tipos de textos: unos en verso y otros en prosa. Algunos de estos últimos se escribieron cuando esa forma era una extrañeza en la poesía española y eso ya les da un valor singular. La mayoría, además, desarrollan una narratividad inusual en poesía y en un estilo neutro donde los haya, el del informe, y un grupo de ellos narra en su historia una escena de violencia y a menudo un asesinato -o varios, tal como sucede en el inolvidable “Obras públicas”)-, que se leen como si fuesen micronovelas, o pasajes, de la serie negra, lo que supone toda una apertura en lo que a la temática del poema se refiere. Y otra apertura más se da en aquellos casos en los que el poema se presenta como una mínima obra dramática, con sus personajes y diálogos.

El poema es, entonces, el lugar de la escritura sin más, escritura liberada de las ataduras genéricas, de las temáticas y formales -constricciones que aquí quedan desbaratadas-, como auténtico hecho artístico, fruto de una voluntad de escribir libre que estuviese fundando la literatura.

Si las poéticas novísimas incluyen el llamado culturalismo, el practicado por Ferrer Lerín es, además de anterior, de lo más peculiar, pues las menciones de autores u obras, etc. son insólitas: de Ossián y Fénélon a Tzara o Truman Capote, pasando por otros más tópicos como Mallarmé, y todo ello antes de que este estilema se convirtiese en un gesto repetido y manierista.

Toda la escritura de Ferrer Lerín se funda, aparte de en lecturas de lo más diverso que van de los clásicos a las vanguardias, en un ejercicio de imaginación plena, obra trazada al margen de lo que hayan sido las modas a lo largo de las más de cuatro décadas que recorre, y en una variedad de registros y formas tal que hay que hablar de una auténtica reinvención de la literatura, y de ahí su radical actualidad.