Artemisa muestra en Madrid su empeño en descubrir clásicos

Redacción

El País

Madrid

En 2003 el joven arqueólogo canario Ulises Ramos sufrió un grave contratiempo económico, se colocó como albañil y aun así consiguió fuerzas, y economía, para sacar adelante su proyecto editorial, Artemisa, para el que tenía como cómplice a su colega la también arqueóloga Marian Montesdeoca, además diseñadora. Ulises alternaba sus tareas de mampostería con el trabajo editorial, y el día que se produjo el estreno de Artemisa ante las autoridades universitarias y la prensa acudió aún con las manos encallecidas por los bloques y los ladrillos.

Esta semana han presentado en Madrid algunas de sus colecciones, entre las cuales hay un predominio de los libros clásicos y una preocupación extremada por el diseño. “Si los libros no son buenos, y si no están bien hechos, nosotros no nos divertimos. Somos fetichistas de los libros”. Para muestra de lo que hacen, en la colección que denominan precisamente Clásica, estos libros que ya circulan por las librerías españolas: Presente en una ejecución y otras historias de fantasmas, de Ambrose Bierce; Tiriel y el libro de Thel, de William Blake, y Micromegas y otros relatos filosóficos, de Voltaire.

Como un guiño para apasionados y coleccionistas, han hecho unos libros mínimos, que como no llegan a ser volúmenes grandes han editado en una colección que llaman Clá. Entre los libros que han lanzado, 64 epigramas de un cínico, de Bierce; El espectro y otros cuentos, de Horacio Quiroga; Sobre la existencia de los vampiros, de Feijóo, y Gracias y desgracias del ojo del culo, de Quevedo.

Otra colección de Artemisa es Niké, donde ya han publicado La oscuridad, de Philippe Jaccottet; Ábaco, los diarios del joven escritor canario Francisco León; Curvas de nivel, lecturas literarias, de Jordi Doce; Fama del día, de Melchor López, y Los rostros del tiempo, de Juan Malpartida. En Madrid presentaron también la poesía reunida, y autorizada, de un escritor singular, el también novelista barcelonés afincado en Jaca Francisco Ferrer Lerín.

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«Mi vida es totalmente antipoética», afirma Ferrer Lerín

Antonio Lucas

El Mundo

Madrid

Un libro rescata la obra del pionero de los poetas novísimos, genio del póquer y protector de aves carroñeras

En Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1941) se dan tres frentes de pasión: la poesía (la literatura a lo ancho), el póquer y el estudio de las aves carroñeras. No sabemos si en este mismo orden.

Lo primero, sí, fue la poesía. ¿O fue el póquer? Lo último, seguro, la afición por los necrófagos en vías de extinción, en especial por el buitre leonado. Pero todo junto, y un millón de aventuras más, conforma la leyenda de Ferrer Lerín, un escritor guadianesco cuya obra entera -puesta en limpio por el autor- rescata ahora, junto a numerosos inéditos, la editorial Artemisa bajo el título de Ciudad propia. Poesía autorizada.

Fue jefe de expedición (en la sombra) de la aventura novísima, empollada bajo el ala tutelar del crítico literario Josep Maria Castellet, que puso en órbita a nueve jóvenes poetas de la década de los 70 con su antología Nueve novísimos, fundando así un nuevo tiempo en la poesía española de la segunda mitad del siglo XX.

Nunca le importó demasiado a Ferrer Lerín no figurar en aquel volumen junto a algunos de sus compañeros de urticarias juveniles barcelonesas (Vázquez Montalbán, Pere Gimferrer, Leopoldo María Panero, Félix de Azúa…). Su vida gustaba entonces de otras extravagancias, que tenían como credo el póquer y una voluntad de trashumancia por numerosas universidades, hasta concretar la licenciatura en Filología Hispánica.

En ese tiempo, dio cuerpo a un libro de poemas sorprendente y un punto pionero, Las condiciones humanas (1964), de hermandades surrealistas y espíritu de vanguardia. Después se aventuró algo más allá con La hora oval (1971) y cerró el ciclo de sus poemas publicados con Cónsul (1987), donde desarrolla una escritura fronteriza, según Rafael Argullol, rompiendo el molde de los géneros.

Se estaba gestando una generación y él, como si lo intuyese, saltó del convoy para engordar una lejanía que se ha ido haciendo leyenda y también sustancia de otros escritores. Félix de Azúa le hizo protagonista de su novela Diario de un hombre humillado bajo el seudónimo de El Buitre. Y Enrique Vila-Matas lo incluyó en el índice onomástico de sus alucinados en Bartleby y compañía.

Pero Francisco Ferrer Lerín sobrepasa el corralito de las novelas. Gasta presencia de tahúr distinguido, con un traje impecable de lanzador de opas. Su fascinación literaria tiene raíz borgiana hasta el punto de no saber de qué ficciones está hecha su existencia, o de qué raras existencias se compone la arcilla de su ficción.Tiene una cultura vastísima de afán descubridor y, en su zodiaco de lecturas, acumula libros imposibles y otras conmociones. “Mi vida es totalmente antipoética. Y la lírica es lo más parecido a la masturbación. En mi juventud, en Barcelona, cuando comencé a escribir, a los 17 años, vivía de una clarísima influencia de Borges y pasaba mucho tiempo junto a Gimferrer, lo cual creo que a uno lo marca para toda la vida. Eso sí, yo he nacido con un don indudable: el póquer. Y me reconozco un genio de este juego”, dice.

Con el filo del naipe le ganó a Félix de Azúa un pequeño antro en Barcelona; a Leopoldo María Panero le desplumó más de una vez; los pichones (advenedizos en el argot de la baraja) que le ponían en suerte ya eran cadáver en la primera mano… “Hace tiempo que no ejerzo. Lo mío era la modalidad del chiribito, el póquer descubierto”, confirma.

ITINERARIO DISPARATADO

A la vez iba confeccionando un itinerario vital y literario disparatado: “He leído mucho, y de todo. Pasaba los días en las librerías de viejo. Por las noches recuperaba carne en el zoo de Barcelona con mi Renault 4 para la manutención de buitres y otros necrófagos… Alguna vez me acompañó en esta faena Javier Marías, fascinado… Y luego, como dije en mi novela Níquel, también he tenido vínculos con los Servicios de Inteligencia, que es la parte oscura de mi vida. Incluso una única experiencia homosexual con un lagarto ibérico en un parque de Barcelona”. Resulta difícil seguir a Ferrer Lerín, el humanista de los carroñeros, el espía, el escritor de culto.

-¿Lo es?

-Bueno, hay mucha gente que me lo repite. Lo que sucede es que, en muchos momentos, el personaje Lerín sobrepasa al escritor.

Su poesía (más allá de las novelas y los guiones que ha escrito) mantiene, tantos años después, el pálpito de una voz singular, con algo de collage, inoculada de cine negro, de referencias cultas, de citas aún hoy extrañas, de una libertad sin cauce y una ironía afilada.

-¿Pero, en todo este alud de circunstancias, la escritura es para usted una necesidad real?

-Es que yo tengo a veces un ruido en la cabeza que sólo se mitiga cuando escribo.

Bienvenidos a otros mundos.

Rara avis

Luis García Jambrina

ABCD las artes y las letras

Madrid

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=3787&sec=32&num=741

“Olvidaron mi acento. / Borrada la andadura / quemaron mi nombre”, así termina el segundo libro de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942), sin duda uno de los poetas más originales y problemáticos de la segunda mitad del siglo XX. Su dilatado silencio a partir de 1971 -sólo roto en 1987 por la publicación de su tercer y último libro de poemas y en 2005 por la aparición de su novela Níquel– y su temprano apartamiento del mundo literario para dedicarse a una de sus principales obsesiones, la ornitología, y en particular la defensa de las grandes especies necrófagas peninsulares en peligro de extinción (la otra obsesión era el póquer, con el que se ganaba la vida), acabaron por convertirlo en una rareza y en una leyenda.

Considerado por el propio Gimferrer, de quien fue amigo en los comienzos de su trayectoria literaria, como un pionero y fundador -aunque no fuera luego incluido en la famosa antología de Castellet- del ala extrema de la escritura novísima, es también, en opinión de Carlos Jiménez Arribas, uno de los principales cultivadores y renovadores del poema en prosa en los años sesenta y setenta.

Ciudad propia. Poesía autorizada nos ofrece los tres libros de poesía publicados por el autor (el primero, con algunos recortes y supresiones), y desde hace tiempo inaccesibles para el lector, con sus prólogos originales (de José Corredor Matheos, Pedro y Pere Gimferrer, respectivamente), más una muestra de sus “Poemas no recogidos en libro e inéditos”.

FANTASÍA Y VERSO LARGO

De las condiciones humanas (1964) recoge poemas escritos en 1962. Se trata de un libro breve en el que se anticipan algunos aspectos fundamentales de lo que luego será la poética novísima: el culturalismo, el aprovechamiento de lo camp, la herencia surrealista y la incorporación de modelos extranjeros, como la escritura de Perse o Pound. También destaca su propensión a la fantasía y al verso largo, que muy pronto le llevará al poema en prosa.

La hora oval (1971) es, en realidad, una muestra antológica de toda la poesía escrita por Ferrer Lerín entre 1960 y 1970; de hecho, cada sección se corresponde con un año de escritura. “Quizá el conocimiento de su existencia -escribía Gimferrer en el prólogo- haga parecer menos nuevas algunas cosas que han aparecido después en la poesía española”. Su escritura es, en efecto, de una gran radicalidad, tanto en los temas (véase, por ejemplo, la presencia obsesiva del motivo del “crimen”) como en las formas. De gran interés son, a este respecto, los textos en prosa, que, si bien en muchos casos pueden leerse como narraciones breves, adquieren un mayor sentido y toda su capacidad renovadora leídos como poemas, tal y como plantea Jiménez Arribas. Por otra parte, encontramos propuestas en verso tan sugerentes como ésta: “Luchar contra el anquilosamiento de las palabras / moverlas disponiendo nuevas mallas sacudir la estructura del poema / despertarlo” (“Tzara”).

Aunque publicado en 1987, Cónsul incluye poemas fechados entre 1964 y 1973, aunque la mayoría son posteriores a 1970. Con él culmina, sin duda, la trayectoria poética de Ferrer Lerín, que, por otro lado, ha ido evolucionando hacia una mayor contención y rehumanización, sin renunciar, eso sí, a la conquista de nuevos territorios para la poesía ni a su afán renovador y experimentador. “La honda expansiva de una explosión verbal como la que presenciamos en estos textos -explica de nuevo Gimferrer- pedía el silencio, el puro vaciado de expresión y sonido, a modo de destino natural, por la simple ley del equilibrio”. Por último, esta edición rescata algunos poemas inéditos de los años sesenta y primera mitad de los setenta, y ofrece, como primicia, diversos textos pertenecientes ya a la década en la que ahora nos encontramos. En ellos, se observa que Ferrer Lerín se inclina ahora por el verso corto, sin abandonar por ello el cultivo del poema en prosa, e intenta abrir su poesía a nuevos tonos, vías y temáticas (“Hablo / de familias como la mía que / todo lo deben al amor / por la aventura y / al temor / a molestar, al amplio, / desconsiderado / y cruel / temor de caer / en el ridículo”).

La edición se completa con una interesante “Historia de los poemas”, a cargo del autor, y una nota biográfica preparada por otros de sus admiradores y estudiosos, Javier Ozón Górriz. He aquí, pues, un libro que recupera y hace accesible, en una edición modélica, la obra de un poeta que, entre otras cosas, había sido engullido por su propia leyenda y que ahora vuelve a cobrar vigencia, como una forma de escritura radicalmente distinta y alternativa a la que ha predominado en estos últimos veinte años. Desde luego, una rara avis.

Ábaco de la memoria

Alejandro Rodríguez Refojo

La Opinión de Tenerife (2C)

Santa Cruz de Tenerife

El año pasado salía a la luz Ábaco (Artemisa, 2005), titulo que recoge sus Diarios desde 1997 hasta 2004, y que constituye su primera entrega en esta modalidad de escritura. Si la poesía está ligada al tiempo y la memoria, la escritura diarística no lo está en menor grado. ¿En qué medida ha influido su labor poética en la escritura de sus diarios, y viceversa? Es decir, ¿qué proceso de ósmosis se establece entre una y otra, si es que se establece alguno?

-En mi caso, la imbricación de lo poético y lo diarístico es enorme; no diré que absoluta, aunque a veces debo esforzarme para diferenciar entre uno y otro proceso: sé muy bien que la escritura poética, tal y como yo la entiendo, es de una naturaleza más salvaje, más radical, que la diarística. Muchas veces he anotado en el diario textos que se han transformado en poemas, casi siempre en prosa. Y al revés: muchos poemas in nuce no llegan a desarrollarse y acaban en el diario. Comencé a escribir diarios, bien que de forma dispersa, hacia 1992, creo, en libretas, porque sentía muchas dudas al escribir poemas. Creí entonces que si escribía poemas en una libreta de diario la sensación de fracaso ocasionada por los malos poemas seria menor. Y creo que funcionó. E incluso llegué a publicar fragmentos de esa etapa en revistas, bajo el título de Naranja.

Pero lo cierto es que comencé a escribir diarios en serio cuando mi vida se vio inmersa en asuntos delicados y no porque yo deseara establecer algún tipo de escritura total. Todo es más pedestre en mi caso. Mi diario comienza con una crisis -podemos llamarlo así-, comienza para expiar una crisis, y se dilata en el tiempo porque yo sentía una gran necesidad de memoria, una necesidad de fijar y recordar algunos detalles de mi vida bajo esa crisis. Luego siguió creciendo y transformándose. Sin embargo, ahora que he publicado parte de estos diarios, caigo en la cuenta de que, muchas veces, las adherencias de episodios, vivencias, detalles, ideas, etcétera, se producen por puro azar. Un día tenemos una idea, o un sueño, o nos ocurre algo importante, pero no podemos anotarlo porque, sencillamente, no tenemos un trozo de papel y un lápiz. Nos decimos, lo escribiré en cuanto llegue a casa, pero no lo hacemos porque se nos olvida, porque ha surgido otra cosa, porque hemos ido a otra parte. De manera que muchas veces quedan fijados allí gran número de cosas circunstanciales, absurdas, y aun innecesarias. Lejos de disgustarme, toda esa aleatoriedad me interesa mucho. Me da la sensación de vida.

-A medida que el lector va avanzando en la lectura de Ábaco, comprueba cierta evolución que me gustaría comentase aquí. Le pongo un ejemplo: durante el periodo 2000-2003 usted realiza muy pocas anotaciones, sobre todo en 2003, del que puede decirse que está casi en blanco, si lo comparamos con otros años. Por otro lado, es posible advertir a partir de 2001, aproximadamente, un mayor protagonismo de la vida intelectual del “yo”, por decirlo así, en el día a día de la mente. ¿Cómo concibe usted un diario?

-Creo que esa evolución a la que se refiere tiene que ver con la datación de la crisis de la que le hablaba. Me parece que Ábaco, en efecto, cruza de un espacio inicial de reflexión sobre lo personal, las emociones, sobre algunas cosas que me parecen absurdas y bellas o sobre simples visiones que me producen gran placer, a otro de reflexión sobre aspectos, no externos, sino más objetivos: el fenómeno de lo literario, conversaciones con otras personas, lecturas. Pero esto es muy general, creo, porque las reflexiones que hago sobre algunos pintores o sobre películas, por ejemplo, están muy determinadas por las vivencias personales y cotidianas de cada momento. En cuanto a la dispersión… ¿Qué le puedo decir? La vida, el tiempo, los acontecimientos imponen sus leyes, y son inquebrantables. El año 2002, por ejemplo, no está representado en este diario. Apenas escribí. Me dediqué a leer y a mirar. Y en cierto modo siento a veces un vacío de la existencia en ese año.

¿Cómo concibo un diario? De ninguna manera. O, mejor ducho, concibo el diario como una escritura en la que no hay reglas de ninguna clase. Yo simplemente escribo, trato de reconstruir un recuerdo, anotar lo esencial de una vivencia del día anterior, o de esa misma mañana. No sigo modelo alguno. Lo único que me he impuesto por ahora es la datación del día y del mes en cada anotación. Y fue una decisión que tomé desde el principio porque me interesaba mucho retener en mi segunda memoria -como llamo yo a este diario- la fijación del hecho en un día de un mes de un año precisos. A veces voy atrás entre las páginas y me digo “ah, esto sucedió un viernes, era el 25 de agosto y hacía sol”, por ejemplo. Aunque sé de antemano que esto no es del interés del lector.

-Está claro que son los diarios de un poeta. Hasta qué punto la progresiva indagación en la actividad poética ha modificado su visión del mundo y su código ético.

-Hasta el punto más profundo, supongo. Mire, yo no sé si soy o no poeta, y me importa bien poco si me ven o no bajo ese nombre. Yo sé que en mi mente se desarrolla una actividad de tipo creativo e imaginativo en la que el lenguaje es fundamental. Se trata además de una actividad reflexiva que, de manera natural y a lo largo de los años, ha determinado la formación de mi espíritu, la formación de mi ser. Es imposible delimitar o separar esa actividad imaginaria del resto de las actividades que me definen como ser humano. No es posible. Aquello que se produce en el ser de forma inevitable modifica al ser inevitablemente. La modificación es consustancial al creador porque la creación o indagación poética posee una naturaleza metamórfica, una naturaleza experimental o exploratoria. El código de la poesía no es el logos, no es ese tipo de conocimiento delimitador. El metamorfismo del lenguaje poético implica que ese lenguaje está siempre destruyéndose y reconstruyéndose, en exploración continua, no se deja atrapar por ideas fijadas, ni conceptos establecidos, ni prejuicios de ningún tipo. La poesía es la visión y la lengua salvajes, y en ocasiones revela facetas de nosotros mismos que se hacen muy duras de aceptar. Pero, como decía Rilke, ¿para qué quiero una vida consolada?

-Uno de los aspectos más interesantes de Ábaco es el proceso de transformación del “yo” del que dan cuenta los primeros años, de 1997 a 2000 aproximadamente. Un proceso de transformación vital que corre paralelo con el acendramiento de una actitud crítica ante el panorama poético español de esos años -y ante la cultura española en general-, y que es, a mi entender, inseparable de una concepción de la lectura-escritura como transformación del ser absolutamente desdeñada por la actual sociedad del espectáculo, que sigue vigente hoy en día. ¿Cuál cree usted que debería ser la posición o la actitud de la poesía en este panorama desalentador?

-Hace unos meses he terminado un ensayo sobre este asunto interesantísimo del que me habla; se titula Liberación de la poesía. Yo no sé exactamente si este proceso es visible o tan visible en mis diarios. Puede que sí y que yo no sea consciente de ello. Ahora bien: sí reconozco haber sido muy crítico -crítico hasta donde me lo permiten mis conocimientos, claro- con el panorama poético español. Aún continúo recibiendo comentarios sobre el prólogo que escribí para La otra joven poesía española. Pero por mi forma de ser -soy anarco-pesimista por naturaleza- he desarrollado siempre una aversión absoluta hacia el gregarismo, hacia las opiniones consensuadas, hacia los apriorismos. Y como dije antes, mi forma de ser no es separable de mi forma de escribir. Uno de los horrores más atávicos que siente cada ser humano -no del ser humano como colectivo, sino de cada persona- es el horror a la modificación, a cambiar su forma de ser o pensar. La gran filosofía, la gran poesía, la gran ciencia, la gran ética son apartadas, ocultadas, o se vuelven objeto de mofa o de falsas definiciones, única y exclusivamente porque son agentes que modifican al ser humano, lo modifican continuamente, modifican su perspectiva de análisis, y por lo tanto su visión crítica aumenta, cambia, se transforma.

Las grandes revoluciones y crisis de la humanidad coinciden con grandes periodos de escritura y lectura radicales. La lectura-escritura son formas de revolución que afectan a las personas de manera particular. La masa siempre se disgrega, no cumple u olvida. Mil hombres empujados por una ideología que no conocen bien pueden ser neutralizados por uno solo que haya creado su propia ideología contraria: ese jamás se disgregará o se olvidará a sí mismo. ¿Usted cree posible que Nietzsche abdicara de sus ideas porque mil personas, o cuatro millones, le dijeran que estaba equivocado? Aquel que se ha modificado a sí mismo hacia adelante -para usar una expresión blochiana- jamás dará un paso atrás para contradecirse.

¿Cree que es lícito que un escritor “aspire al éxito”, como ha declarado recientemente un poeta de prestigio?

-Supongo que se refiere a Carlos Marzal. Yo creo que el poeta debe aspirar a crear su propio mundo, debe aspirar a hacer lo que tiene que hacer, a escribir lo que tiene que escribir. El solo hecho de inmiscuir la noción éxito de ventas en algo tan íntimo, algo tan enraizado en el ontos personal como lo es la revelación del mundo propio, del mundo personal, me produce una náusea indescriptible.

-Tanto Ábaco como Terraria (actualmente en prensa), su último libro de poemas, que ha obtenido por cierto el I Premio Internacional Màrius Sampere, han pasado inadvertidos en Canarias, y lo mismo ha ocurrido en el ámbito peninsular. Su penúltimo libro, Tiempo entero (2002), no tuvo mejor fortuna. ¿A qué atribuye este silencio o mutismo crítico?

-Bueno, puede que como poeta o escritor sea pésimo, ¿no le parece? Es algo que llegado el caso debería asumirse sin mayores problemas. Ahora bien, no me parece justo medirme ni medir el “oculto oficio”, como llamaba Ángel Crespo a la escritura, en relación a los suplementos y revistas literarias nacionales, sería un suicidio. Los medios difusores de eso que llamamos cultura tienen mucho trabajo, muchos libros que vender, muchos compromisos que satisfacer, muchas fotos que poner. He recibido suficientes felicitaciones y filípicas a través de cartas. Me conformo con esas.

Sobre el asunto del Premio Internacional Màrius Sampere, no querrá que me entristezca por haberlo recibido. Me resulta curioso comprobar que los medios canarios formados a tales fines no se hayan hecho eco. Sencillamente: quienes nos informan muchas veces no pueden estar informados de todo o están hastiados de tanta información, o tienen grilletes en las manos, que se ha dado el caso. De cualquier modo, este olvido insignificante y otros mucho mayores -como el sufrido por Poesía hispánica contemporánea. Ensayos y poemas (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, 2005)- demuestra el punto de retracción al que ha sido relegada la poesía y el punto de indiferencia que han logrado los aparatos difusores de la opinión pública cultural.