Santa Cruz de Tenerife 1914-1918

Ricardo Martín de la Guardia

La Opinión de Tenerife

Santa Cruz de Tenerife

En el verano de 1914, tras estallar la guerra en Europa, el gobierno español presidido por Eduardo Dato declaró “la más estricta neutralidad”, postura que aceptaron las demás fuerzas políticas con la excepción del Partido Radical de Alejandro Lerroux. Pronto, sin embargo, comenzarían a sufrirse en los distintos sectores sociales las consecuencias económicas del conflicto. Ante esta situación, tanto clamaron las voces discrepantes de la política gubernamental que en diciembre de 1915 el conde de Romanones fue llamado por el Rey para formar un nuevo gabinete. Esta vez el proyecto reformista del Ministro Santiago Alba se encontró con la incomprensión no sólo de los nacionalistas catalanes y de la derecha maurista sino también del movimiento sindical: cada vez más activo y pugnaz a lo largo de 1916 a causa de los problemas de abastecimiento y del aumento generalizado de los precios, su actitud contribuyó a que la crisis social se desencadenara finalmente en 1917.

Dentro de este marco cronológico, Julio Yanes sitúa su foco de atención en Santa Cruz de Tenerife, capital de un archipiélago canario volcado durante los primeros años del siglo veinte en el floreciente comercio de exportación de tomates, plátanos y patatas, cuya demanda se redujo bruscamente con motivo de la conflagración. A pesar de que resultó crucial tanto para las Islas como para la Península, este periodo comprendido entre 1914 y 1918 no ha conseguido suscitar un interés historiográfico en consonancia. El autor del presente libro, excelente conocedor de la bibliografía relacionada con las Islas Canarias, traza una panorámica de lo que se ha hecho, y gracias a ello podemos precisamente entender la necesidad de estudios como éste que prologamos.

Hace ya algunos años, Julio Yanes había atendido a otra parcela de esta misma época histórica en una obra sobre la emigración que provocó los problemas económicos derivados de la guerra. Además, de alguna forma, su excelente Tesis Doctoral en Historia sobre la actividad del periodista Leoncio Rodríguez y La Prensa también nos había dejado algunas páginas memorables sobre los avatares del día a día de la ciudad y sus gentes, cotidianidad que se verá seriamente fracturada por la Guerra Europea.

Con la autoridad ya demostrada en sus numerosos trabajos anteriores sobre la historia de la prensa en el Archipiélago, Yanes apura las fuentes hemerográficas disponibles; frecuenta las páginas de El Progreso, La Opinión, La Gaceta de Tenerife o La Prensa para quintaesenciar cómo periódicos de distintas tendencias ideológicas reflejaron el devenir de la vida ciudadana en aquellos complicados años. Las impresiones e interpretaciones entreveradas en el discurso presentan de forma sugestiva las dificultades de la supervivencia. No deja el historiador que sólo la prensa le muestre su peculiar visión de los acontecimientos, sino que también acude a los datos desnudos que proporcionan los boletines de estadística municipal para contrarrestarla. La enumeración de escuelas, tasas de alfabetización, tablas salariales –en definitiva, el necesario contrapunto de la realidad oficial– matizan las versiones personales. A ello añade el indispensable análisis de las actas municipales, testimonio de las reacciones de las autoridades ciudadanas ante los bruscos cambios operados por la Gran Guerra.

Todo ello contribuye a alcanzar un triple objetivo que el autor declara expresamente: plasmar “las vivencias cotidianas de la población en lo que concierne al trabajo, la alimentación y el descanso, las corrientes de opinión que pulularon por la ciudad y, finalmente, la reacción de los distintos sectores ante la problemática diaria”. Se trata de una empresa nada fácil que Yanes resuelve con maestría al insertar las imágenes en una suerte de cuadro multicolor donde con trazo firme resalta lo más vívido y lo convierte en historia.

Sin lugar a dudas, la espectacular reducción del tráfico portuario repercutió en todos los demás aspectos de la vida en las Islas. Entre 1912 y 1918 el número de vapores que atracaron en Santa Cruz de Tenerife descendió prácticamente un 90%. Este dato nos da idea de la reducción paralela del comercio exportador, que pasó, por ejemplo, de unos 3,5 millones de huacales de plátanos en 1913 a medio millón en 1917. La presencia en las aguas isleñas de submarinos alemanes desde finales de 1916 agravó los problemas.  Máximos exponentes de esta asfixiante sensación de aislamiento fueron la supresión del servicio a Nueva York decidida por la naviera Otto Thorensen a principios de 1918 y la incapacidad de poner en pie un flota canaria que diera a la fruta salida a los mercados exteriores. No obstante, un factor positivo en tan desolador panorama estuvo relacionado con la transformación del sistema informativo de las Canarias, ese sistema “maniatado por la política y seducido por la información”, como ha analizado con brillantez el autor en un trabajo anterior. En efecto, gracias a la diversificación de los canales de difusión de noticias, causada en buena medida por la mejora del acceso a la radiotelegrafía, los periódicos tinerfeños, ahora más abiertos y receptivos a la realidad internacional, multiplicaron los ecos de la lejana guerra entre una población sometida tradicionalmente a la falta de información: durante los años de la guerra, especialmente durante los primeros, los periódicos incrementaron la tirada y dieron luz a ediciones dominicales y vespertinas para satisfacer la demanda de la población isleña.

Con todo, los efectos de la guerra sobre los cincuenta mil habitantes con que contaba la capital en 1914 fueron demoledores. La sombra creciente del desempleo oscureció las expectativas de la población y redundó en la conflictividad social. Julio Yanes analiza pormenorizadamente tanto la repercusión de la crisis como los intentos de paliar algunos de sus efectos más nocivos a través de iniciativas municipales, por ejemplo, los programas de obras públicas, el control de los precios y el reparto equitativo de los productos de primera necesidad. A pesar de las buenas intenciones, la práctica paralización de la actividad del puerto y del comercio de la fruta no pudo compensarse con los trabajos ocasionales ni impedir el aumento del precio de los bienes básicos: los sindicatos reaccionaron con manifestaciones, en ocasiones reprimidas violentamente, mientras amplias capas sociales buscaron cualquier resquicio que les permitiera sobrevivir. El autor cuenta casos verdaderamente significativos; entre ellos, la importancia que cobró, ya desde finales de 1914, el rastrillado del carbón –hasta entonces marginal– a la hora de recuperar los fragmentos de mineral perdidos años atrás en la bahía de Santa Cruz en las operaciones de carga y descarga: gente anónima “faenaba por la noche con el auxilio de alguna embarcación para, al amparo de la oscuridad, intentar burlar la vigilancia de la Comandancia de Marina, dado que ésta prohibía el arrastre de los fondos para preservar los criaderos de peces”. La pobreza, la mendicidad, la marginación se extendieron paulatinamente con el paso del tiempo, acusando los sustanciales recortes presupuestarios de las instituciones públicas encargadas de socorrer a los más necesitados. Como parecía lógico en esta situación, los problemas de abastecimiento de agua, la escasez de legumbres y verduras, los sobresaltos continuos por el temor a la falta de harina para fabricar el pan, el sobreprecio y las prácticas fraudulentas en la venta de alimentos no pudieron solucionarse por la intervención del Ayuntamiento de Santa Cruz ni del gobierno central en sus desvelos por mantener estable el coste de los alimentos y por garantizar el avituallamiento. Aunque es cierto que en los mercados europeos se mantuvo el precio de las patatas durante aquellos años calamitosos, este hecho favorable a los canarios no repercutió en el abaratamiento de tan importante producto para el consumo diario de las Islas, y 1917 fue año pródigo en quejas de los tinerfeños tanto por el acaparamiento de las existencias como por los elevados precios. Con abundantes estadísticas y cuadros de elaboración propia Yanes ilustra cuantitativamente un discurso ágil y fluido que involucra al lector en la vida cotidiana de los isleños.

A pesar de las penurias, lamentos y estrecheces o, mejor dicho, como reacción frente a ellas, el tinerfeño buscó espacios propios de ocio, de evasión de una realidad arrolladora. El autor repasa con profundo conocimiento el sinfín de asociaciones recreativas y culturales que, según sus posibilidades económicas, agrupaban a una parte importante de la sociedad de Santa Cruz, desde el Real Club Náutico de Tenerife o el Casino (incluido el servicio de té al británico modo) hasta las tabernas más humildes. Como era de esperar, la guerra limitó mucho las actividades, el número de socios y las actividades económicas de estos centros.  Al margen de representaciones teatrales y zarzuelas, el cine mudo y el fútbol concitaron un enorme interés durante los años de la guerra, convertidos en la principal fuente de entretenimiento popular, puesto que incluso el afamado carnaval entró en tal decadencia que durante el fatídico año de 1917 su actividad se vio reducida a una murga preparada por los tripulantes del buque de guerra Laya de origen gaditano… Fueron malos tiempos para las actividades lúdicas, ni siquiera compensadas por la rápida expansión de la tradicional lucha canaria.

En definitiva, tenemos en nuestras manos un libro entretenido, cuidado, bien trabado, que incorpora todas esas pequeñas impresiones, menciones breves de prensa, expurgos de actas municipales y de archivos, para recrear la vida de los tinerfeños en aquellos años angustiosos. Es, sin lugar a dudas, un hito más en la ya extensa obra historiográfica de Yanes Mesa y en su empeño por darnos a conocer con rigor y exhaustividad la historia contemporánea canaria y, por tanto, española.

Entrevista a Julio Antonio Yanes Mesa: «Canarias puede evitar quedar aislada de la UE votando sí a la Constitución»

Cira Morote Medina

La Provincia/Diario de Las Palmas

Las Palmas de Gran Canaria

Julio Yanes ha publicado Santa Cruz de Tenerife durante la Primera Guerra Mundial, un análisis de las consecuencias del conflicto en la vida de la ciudad y de Canarias. El historiador cree que el nuevo Tratado puede evitar el aislamiento que ha provocado crisis en las Islas en otros tiempos.

-¿Cómo se planteó el estudio de la Santa Cruz de Tenerife durante la I Guerra Mundial?

-Pues me lo planteé en base a la infraestructura de comunicaciones de Canarias. Antes de la Guerra había enlaces marítimos fluidos, dado el interés de Europa Occidental por importar nuestros tomates, plátanos y papas tempranas. Con la Primera Guerra Mundial todo cambia. Las potencias en conflicto ya no demandaban plátanos y tomates. Ahora les interesaba hacer propaganda entre los estados no beligerantes. Entonces, los barcos dejaron de venir, pero comenzó una avalancha de mensajes de propaganda de ambos bandos a través de comunicaciones inalámbricas. Ese cambio es el que aborda el libro, en el que he utilizado la metodología de estudiar un microespacio en profundidad para luego sacar conclusiones generales.

-¿Estaba la gente en las Islas realmente informada de lo que ocurría en el conflicto?

-Es curioso, porque la Primera Guerra Mundial fue muy diferente a la Segunda, desde el punto de vista informativo. Mientras que en el segundo conflicto el franquismo filtraba las noticias, primero a favor de Hitler y después en contra, en el primero, la Restauración era muy permisiva con la prensa. Ambos bandos ficharon en sus filas a periodistas que se encargaban de las campañas propagandísticas, que cundían en las colonias británica y alemana en el Archipiélago. La gente pasaba hambre, pero discutía sobre la Guerra en la calle. Parte del desprestigio de la prensa nació cuando los lectores se dieron cuenta de que la información había estado mediatizada y manipulada por ambos bandos.

-Habla usted en su libro de un importante retroceso del empleo en esos años…

-Sí, aunque hay que tener en cuenta que, en aquellos tiempos, muchos ejercían una pequeña actividad de subsistencia y que el concepto de empleo hay que contextualizarlo en la época. La reducción del 75% del empleo que yo cito en el libro parte de la investigación sobre la siniestralidad laboral, que, si al principio de la Guerra, era de un 100%, al final, era de un 25%, por lo que se deduce que se redujo el número de asalariados en un 75%. La actividad en el Puerto se rebajó a una décima parte y la exportación se colapsó prácticamente. A esto se añade que a finales de 1918 y en 1919 hubo una sequía que agravó la situación.

-¿Qué se comía en Santa Cruz en esos momentos críticos?

-Los datos apuntan a que los alimentos que llegaban por el Puerto se redujeron en un 50%, lo que quiere decir que se pasó verdadera hambre. Es importante destacar la labor de las llamadas cocinas económicas, que eran centros donde las clases más pudientes ofrecían alimentos a entre 2.000 y 3.000 personas al día, en una ciudad con algo más de 50.000 habitantes. La carne, por supuesto, era un artículo de lujo y lo que palió ligeramente la situación fue el consumo de papas guisadas y arrugadas, hasta que se produjo la sequía.

-¿Lo pasaban igual de mal las clases acomodadas?

-No, claro. La crisis se cebó con los más humildes. Un dato ilustrativo es que las sociedades aristocráticas como el Casino de Santa Cruz o el Club Náutico fueron reduciendo sus actividades de ocio, pero las asociaciones de vecinos casi desaparecieron. Por supuesto los más acomodados tuvieron que reducir su nivel de vida, pero no es comparable con lo mal que lo pasaron los demás.

-Hace en su libro un exhaustivo análisis del ocio en la época, ¿cómo se reflejó la Guerra en las actividades lúdicas?

-En aquella época la cultura de masas aún no había llegado. Estaba empezando a germinar la afición al fútbol y al cine, pero no mayoritariamente. Las actividades de ocio se producían en cotos privados. La gente se asociaba según su estatus. En los barrios había sociedades recreativas que organizaban excursiones de vez en cuando, etc., y en carnavales se hacía alguna cosita, pero, en realidad, el ocio se concentraba en las clases medias embrionarias y en las más acomodadas. El pueblo no tenía tiempo de divertirse, porque siempre estaba trabajando. La segmentación de la población se nota en detalles como la crónica de las fiestas de Carnaval, que reunían a los más ricos en el Casino y a los pobres en el Entierro de la Sardina, que era un acto considerado por los más pudientes una cita para “mamarrachos”.

-O sea, que el ocio no servía para evadirse de los problemas a la mayoría de la población, ¿no?

-No, en absoluto. Además, a medida que avanzaba la guerra, el ocio se fue reduciendo, hasta casi desaparecer por completo. Una cosa que llamó mi atención es el incremento de la violencia en el fútbol y en los carnavales, lo que es un síntoma inequívoco de la tensión que se soportaba por los efectos de la crisis económica.

La pregunta

¿Su forma de estudiar la Historia, centrada en la vida cotidiana, es una forma de acercarse más al lector?

-Yo creo que todo conocimiento científico debe repercutir en beneficio de la sociedad. La labor de los historiadores es recuperar la memoria colectiva, para que las decisiones se tomen aprendiendo de los errores del pasado. Una sociedad sin memoria va dando tumbos y, por eso, creo necesario que el mayor número de personas posible acceda a este conocimiento. Esta investigación puede demostrar que Canarias depende de Europa y que es necesario votar sí a la Constitución europea para evitar sufrir crisis como la de la Primera Guerra Mundial.

Historia y Periodismo

Julio Yanes (Güímar, Tenerife, 1951) prepara otro libro, tras Santa Cruz de Tenerife durante la Primera Guerra Mundial, editado por Artemisa Ediciones. Trabajador incansable y paciente profesor, tiene en cocina un estudio sobre la emigración canaria a Cuba entre 1920 y 1936. En contacto con la Historia y el Periodismo, encuentra en la prensa un material de trabajo privilegiado. / José Luis González